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07-Nov-2009

Hemisferios Políticos

Gemi José González

La nueva Europa


Hace unos días la Unión Europea por fin dio un paso más en su proceso de integración después de un acelerado camino hacia la consolidación, en el que los tratados para hacer más fuerte a la zona se sucedieron de manera sistemática. A Europa le ha costado mucho trabajo avanzar hacia la siguiente etapa “natural” en este proceso: su Constitución como una nueva nación.

Así, hace unos años los europeos disminuyeron de forma importante la velocidad en la que se estaban conformando sus instituciones comunes. Los ciudadanos de los países que integran este bloque hicieron una pausa de reflexión y optaron por no darle un voto ciego a lo negociado por sus dirigentes para ser aprobado en 2004.

En esa ocasión, lo que estaba en juego era precisamente la Constitución Europea; sin embargo con el voto de los holandeses y franceses en contra, fue imposible su ratificación. Éste, sin duda fue un duro golpe para los europeístas.

Para entonces, ya habían firmado consecutivamente los famosos tratados de Maastricht, Ámsterdam y Niza. Pero Europa no llegó. La conciencia ciudadana se opuso, no sólo en esos países sino en muchos otros más; en los que por supuesto, al constatarse los rechazos mencionados, ya ni siquiera se hizo el esfuerzo de someter ese texto a las urnas.

Después de años de negociaciones y de una intensa labor de comunicación por parte de los Estados a sus gobernados, las deliberaciones culminaron con un texto distinto, conocido como el Tratado de Lisboa.

Este nuevo instrumento dota a Europa de instituciones más democráticas, le da más fuerza a su Parlamento e integra la Carta de Derechos Humanos, lo cual la hace vinculante para todos los países miembros.

Construir una nueva nación no es fácil. Menos aun cuando se está diseñando un nuevo sistema de entendimiento jurídico y político.

Además, el entramado institucional de la Unión Europea, no sigue precisamente la lógica de la división de poderes como tradicionalmente la conocemos.

Así, este nuevo Tratado es mucho más claro en cuanto al rol de sus instituciones. Habrá un presidente de la Unión Europea, con funciones sustancialmente administrativas, que durará dos años y medio; además de un jefe diplomático común, con el cargo de alto representante. Otra de las novedosas aportaciones, es un nuevo sistema de votación en la toma de decisiones, que equilibra mejor las cuotas de poder que cada país tiene.

Las excepciones y resistencias que hubieron para la aprobación de este Tratado, giraron en torno a paranoias de interpretación en la incorporación de la Carta de Derechos Humanos. Las últimas, fueron las del presidente de la República Checa, Vaclav Klaus, quien finalmente cedió y dio su aval al acuerdo.

Este tema ha sido muy delicado. Los derechos humanos se han convertido en el eje de la Unión, pero también han sido un factor de discordia. Al respecto, es muy significativo que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, esté en la ciudad de Estrasburgo; la frontera entre Francia y Alemania y territorio disputado durante siglos por estos países.

Hay que recordar que a Europa no le quedaba otra opción más que volverse una, para nunca más destruirse. La concordia y la imaginación, en lo que fue un campo de batalla durante más de dos mil años, han encontrado un nuevo camino. Así, y a pesar de las voces antagonistas, hoy se fortalece y avanza hacia una nueva etapa que ha sido construida con civilidad y esmero.

Enhorabuena por este acuerdo y bienvenida sea, la nueva Europa.

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