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06-Nov-2009
El espejo de tinta
Arturo Xicoténcatl
Palmeras borrachas de sol
Con el fin de reflejar y explicar el carácter de Lord Gordon Byron el escritor francés André Maurois traza el perfil sicológico de la familia del desgraciado poeta, por vía materna y paterna. Refiere que los Gordon eran hermosos, orgullosos, crueles y seductores. A los nueve años de edad el propio Lord Byron ya era amante de su institutriz May Gray. Uno de ellos, tras asesinar a cinco huérfanos, a los que deseaba arrebatar sus bienes materiales, fue condenado a muerte. Su esposa que lo adoraba mientras él estaba loco por su querida, la señora Bignet, se fue a humillar ante el rey. El dolor de la mujer fue tan grande que, conmovido, el rey levantó la condena. Al bajar del patíbulo Gordon, un verdadero bribón, le dijo a su salvadora. “¡Quítate, tú no vales ni un dedo de mi amante!”.
Bien. Ya estamos en plena fiesta. En los próximos días, como corresponde a los países tercermundistas, sedientos de reconocimientos y premios, se hará más ruido que una troupe de payasos y saltimbanquis de la Edad Media. Y ahí, junto a ellos, se sumarán los protagonistas de siempre, emperifollados y caminando con más fatuidad que un pavo real con su cola tornasolada, moviéndola en todo lo alto.
Es la historia archiconocida: los apetitos comerciales, políticos, sociales, burocráticos, materiales, superficiales, recreativos, de desconocimiento de las altas autoridades deportivas, de los medios de comunicación y el criterio de un jurado que como cetonias –está más que dirigido–, vuela atado de un hilo sujeto por el índice pueril y caprichoso, se asienta, una vez más, en el Premio Nacional del Deporte.
Como diría aquél, ni son todos los que están ni están todos los que son. Aún no se toma la responsabilidad de establecer los criterios de este premio cada vez más devaluado y alejado de criterios sustentados, naturalmente, en los principios deportivos. Imperan, además de los intereses, políticos y comerciales, los populistas y populacheros, la politiquería, el sentimentalismo ramplón ligado al ejercicio demagógico, lacrimógeno, de las buenas obras de caridad y compra de votos para la reina de la primavera, con el dinero del gobierno.
Es parte del folclore caribeño y del desbordado entusiasmo, que bajo la candente atmósfera del trópico, lleva impulsivamente a que se premie incluso a las palmeras borrachas de sol, pero muy borrachas de sol. La ignorancia lleva a decisiones de lo más limitadas. Hay quienes porfían obstinada, confusa y demagógicamente en premiar la popularidad en lugar de clase deportiva de tal manera que el PND, o lo que queda de él, se concede al mejor del barrio y no a quien sobresale en el campo internacional. Seamos claros: no es lo mismo calificar a un Mundial de Futbol en la zona más pachucha y débil del planeta como es evidentemente la centroamericana, que obtener una medalla en Juegos Olímpicos o Mundial de Atletismo, Natación, Taekwondo, etcétera.
Siempre quedará en el olvido, por no gozar ni del mimo ni de popularidad, aquella gesta del equipo de waterpolo que dirigió el húngaro Kalman Markovitz. Oro en los Juegos Panamericanos ante trabucos de orden mundial, como en 1975 lo eran Estados Unidos y Cuba. Y un año después, en aquel grupo formado por Daniel Gómez, Maximiliano Aguilar, Francisco y Juan García, Arturo Valencia El Cráneo, Javier Guerra, Jorge Coste, Victorino Beristáin, Alfred Schmidt, brilló Armando Fernández en los Juegos de Montreal, al ganar el subcampeonato olímpico de goleo con 19 tantos tan sólo a dos goles del húngaro Tamas Farago, pero con tres partidos menos. ¿No es esto clase deportiva?
Y qué decir del entrenador Mario Tovar, olvidado en vida y en muerte, o de Guillermina Oteyza, formadora de generaciones y generaciones de nadadoras de sincronizado.
Los argumentos del PND son deleznables. Ante el desmedido populismo del futbol habría que decir como aquel Gordon: no tiene un dedo de la clase del deporte amateur. Y dicho sea sin arrogancia.
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