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05-Nov-2009

Nudo Gordiano

Yuriria Sierra

Mouriño: la pregunta inevitable


Un año sin Mouriño. Dicen, el compañero insustituible de Calderón, su operador político, quien dialogaba con quien fuera necesario, el que se acercaba adonde el Ejecutivo no podía o no quería hacerlo. Juan Camilo Mouriño, el secretario de Gobernación que maniobraba entre el gabinete y Los Pinos.

Ubicado como el candidato panista para 2012, apenas para llegarle a Peña Nieto y Ebrard, que se apresuran a su campaña. Mouriño no sólo era algo más que quien atendía el segundo despacho más importante del país, Juan Camilo era el amigo del Presidente, así lo escribí hace un año: “Fue el interlocutor entre un Poder Ejecutivo que no encontraba oídos y un Legislativo áspero. Se convirtió, a nivel federal, porque lo era ya a nivel personal, en el brazo derecho del presidente Calderón”.

Lo fue. Calderón y su presidencia no han podido ser los mismos desde entonces. Calderón ahora actúa solo, la división que incluso existe en el partido oficial es evidente. Los caminos de diálogo con el resto de los grupos partidistas pasaron, de estar ásperos, a llenos de baches, cerrados y, entre más tiempo pasa, las barreras se vuelven más grandes y difíciles de derribar.

Porque ni los señalamientos fáciles lograron sacar a Mouriño de Bucareli, al menos no por sí solos. Ni el asunto de la nacionalidad ni el tráfico de influencias por el que se le acusó; ésos, quedaron reducidos a meros arrebatos partidistas que querían hacer mella en el gobierno de Calderón. Tan oportunistas que, cuando la vida sorprendió a todos con su giro irónico, todo se apagó.

Juan Camilo no era el Presidente, pero le cuidaba la espalda; no era el candidato oficial del PAN, mas los reflectores azules apuntaban a él; no era el presidente de su partido, sin embargo, su voz era escuchada en él; no era ni vocero ni diputado ni senador. Fue el secretario de Gobernación que mejor había desempeñado el puesto desde que se inició el gobierno de su amigo Felipe. Porque las condiciones con las que empezó el sexenio lo pedían. Porque las divisiones ya no estaban tan marcadas, porque el Ejecutivo tenía a su mediador, uno capaz de acercarse, sin importar la respuesta recibida.

Juan Camilo no era el secretario de Estado que México esperaba, era el secretario de Estado que Felipe Calderón necesitaba. Quien lo aconsejaba y le hablaba con el tono apropiado. Todos fuimos testigos de un Presidente que se sujetaba con fuerza de un pódium para no derrumbarse cuando tuvo que anunciar su muerte.

Y es que pareciera que, en estos doce meses, desde el avionazo en Las Lomas, el gobierno federal sólo ha dado tumbos. Las iniciativas que presenta se convierten en el boleto de entrada a laberintos sin salida. El PAN en eterna lucha interna, muy similar a la del PRD. Pero, sobre todo, seguimos viendo a un Presidente que a ratos se aterra en la toma de decisiones.

El anuncio de hace un par de días, sobre el fin de la investigación sobre las causas del accidente aéreo, la reserva por 12 años de la auditoría que la Organización de Aviación Civil Internacional realizó en el AICM, todo indicativo de que no hay más que decir.

Pero Mouriño se quedó como la pregunta inevitable que ya no encontrará respuesta.

Fue el secretario de Gobernación que mejor había desempeñado el puesto desde que se inició el gobierno de su amigo Felipe.

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