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05-Nov-2009

El hilo negro

Victoria Schusseim

Apto sólo para mayores de 50


Mi papá decía “Todos quieren morirse sanitos”, riéndose de los que se quejaban de sus achaques. Él, por cierto, se murió sanísimo, y más lúcido que nunca, a los 90 años, cortesía de un médico uruguayo. Pero ésa es otra historia.

A lo que voy es a lo de “morirnos sanitos”. Las enfermedades, las debilidades, la pérdida de ciertas funciones, nos agarran completamente desprevenidos. Un poco como cuando uno sale de su casa, se sube al coche y, ¡mofles!, no arranca. Nos cuesta incorporar realmente que somos seres mortales, que, como dijo Manrique siglos y siglos atrás, “Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/que es el morir.” En realidad sería más sensato de mi parte dejar de escribir y transcribir íntegro su poema a la muerte de su padre, compuesto más de quinientos años atrás. Porque la muerte no sigue modas ni ha cambiado con el tiempo.

Algo que sí ha cambiado, y mucho, es el intento de obliterar la vejez. Cuando mi madre tenía mi edad ella y sus amigas y contemporáneas eran unas perfectas matronas. Según las inclinaciones y recursos, jugaban baraja, iban al salón, se convertían en mecenas de pintores o coleccionaban porcelanas de la Compañía de Indias. Otras tejían chambritas, iban diario a la iglesia, organizaban la kermesse de la escuela de sus hijos... o de sus nietos.

Hoy nos toca manejar como enajenadas por el Periférico, ir al gimnasio, hacer yoga, tener cuerpo de modelo, meternos bótox, levantarnos las pompas, arreglarnos las chichis, estirarnos el cuello, usar uñas postizas, tacones implacables.

A los señores no les va mucho mejor. Atacar la panza, jugar tenis, usar Grecian 2000 para retocarse las patillas. Y cuando nadie los ve, usar cremitas y lociones.

En medio de toda esa actividad, cualquier enfermedad, cualquier achaque, se ven como un ataque a traición, una puñalada trapera, y a medida que vamos pasando del ocasional analgésico para un dolor de cabeza a la pastillita que llegó para quedarse, y que se va multiplicando poco a poco hasta que terminamos cargando una cajita con divisiones para cada día, llena de pastillitas para la presión, la ansiedad, la circulación, la osteoporosis, la digestión (no, para la digestión suelen ser dos, incluida una, infaltable, para la vesícula), vamos sintiéndonos derrotados y abrumados.

Yo quiero hacer una nueva propuesta. ¿Qué tal si aceptamos nuestra ineluctable condición mortal? ¿Qué tal si aceptamos que nos moriremos, ni modo, aunque no sea del todo sanitos, pero que mientras estemos vivos podemos decidir en buena medida la calidad de la vida que llevamos? ¿Qué tal si nos colgamos del pecho cada achaque más o menos superado como una condecoración? ¿Tuviste un infarto y viviste para contarlo? Préndetelo al pecho como la orden de Isabel la Católica y sigue tu vida. Si te da tanto miedo morirte que te quedas sentado en un sillón, hablando con voz quejumbrosa y temeroso de mover un dedo, más hubiera valido que el infarto te hubiese liquidado a la primera.

Vivir es malísimo para la salud. Aceptémoslo con nuestra mejor sonrisa. Recordemos la frase que se atribuye a Mark Twain, cuando el día que cumplió 80 años le preguntaron qué se sentía ser octogenario, y respondió: “Si consideras la alternativa, se siente sensacional.”

Vivir es malísimo para la salud. Aceptémoslo con nuestra mejor sonrisa.

El hilo negro

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