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01-Nov-2009
Bitácora del director
Pascal Beltrán del Río
Confianza efectiva, no divulgación
El periodismo es un oficio donde la confianza es fundamental: el público debe confiar en que la información que el medio le provee es verosímil, la fuente debe confiar en que el reportero reproducirá de manera fidedigna los datos que le proporciona, y éste debe confiar en que una institución a la que acude para comprobar una noticia u obtener una explicación no hablará de ella con una tercera persona antes de que sea publicada.
Cuando se rompe la confianza en cualquiera de esos eslabones, se pervierte el proceso por el que el periodismo recaba informaciones de interés público, las jerarquiza y contextualiza, y las da a conocer.
Para hacer su trabajo, los periodistas tienen varios retos: determinar si un hecho es de interés público o no, entender ese hecho y poder explicar qué importancia tiene, cuáles son sus antecedentes y posibles consecuencias, distinguir datos duros de simples opiniones…
Se exige a los periodistas —con razón— que se abstengan lo más posible de contaminar la noticia con sus apreciaciones personales; que, ante la duda, busquen comprobar sus datos con dos o más fuentes; que, mediante la consulta con expertos o testigos, se vuelvan conocedores de una materia de la que, a veces, poco o nada habían oído hablar antes.
Para hacer todo esto, los periodistas generalmente tienen que recurrir a diversas personas, además de sus jefes, con quienes comentarán el tema en el que están trabajando. Es indispensable que puedan confiar en que estos individuos le darán a las conversaciones un carácter confidencial.
En esos casos, el off the record no necesita ser explícito: está sobrentendido. De lo contrario ningún reportero se atrevería a confirmar sus datos con las fuentes. Si tuviera la más mínima duda de que una fuente va a quemar su información, ninguna noticia se podría confirmar.
Por eso es grave lo que hizo la oficina de comunicación social del Banco de México el jueves pasado. Dos reporteros de Excélsior acudieron a ella para buscar más datos sobre un presunto error, casi imperceptible, en la edición especial de los billetes de 100 pesos, impresa para conmemorar el centenario de la Revolución Mexicana.
Alguien podría preguntar por qué quiso este diario confirmar un dato tan contundente, tan obvio. La respuesta sencilla es que siempre es mejor ofrecerle al público una información completa, pero, además, no podíamos eludir un dato conocido: en ocasiones, las casas de moneda incluyen en los billetes imprecisiones a propósito con el fin de prevenir la falsificación.
Teníamos que saber si la frase “Sufragio Electivo” había sido colocada ahí a sabiendas o si había sido un error de dedo o, de plano, un desconocimiento de una frase histórica fundamental. Quienes se rían de esto último no podrán olvidar que un Presidente de la República dijo “Borgués” en público al referirse a Jorge Luis Borges.
Por eso, mis compañeros Engge Chavarría y Luis Carlos Sánchez llamaron por teléfono a Ingrid Contreras, de la oficina de comunicación social de Banxico, quien sirvió de enlace con su jefe, Claudio Guzmán.
La dependencia tomó nota de la petición de información de Excélsior, pero nos dio largas toda la tarde. Incluso se atrevió a llamarnos para que precisáramos dónde estaba el error en el billete. Evidentemente, después de más de un mes de que el billete estuviera en circulación, el Banco de México no se había percatado del error: lo supo por nosotros.
Una promesa de entrevista con un funcionario se fue prolongando hasta que Contreras llamó a Chavarría para decirle que Banxico había hecho público un comunicado sobre el asunto.
Se trata de un texto mentiroso en forma y fondo, con el que se quiso crear la impresión de que no fue Excélsior el que supo de la falla —gracias al pitazo de un Foro en Facebook— sino las instancias internas de Banxico.
El comunicado también insulta la inteligencia de los mexicanos cuando dice que el error “tuvo su origen en el archivo de cómputo”. Señor Guzmán, todavía no llegamos a la época de Terminator en que las computadoras se manejarán solas.
Luego dice que “la palabra ‘EFECTIVO’ se encuentra bien escrita en el anverso del billete” —qué bien, de dos le atinaron a una—, pero omite decir que ahí también hay un error pues dice “Sufragio efectivo y no reelección”. Las palabras con que Francisco I. Madero remata el Plan de San Luis, fechado el 5 de octubre de 1910 y que, años después, aparecían al calce de los documentos oficiales, son las siguientes: “Sufragio Efectivo, No Reelección”. La “y” sólo existe en la ignorancia del Banco de México.
Se puede alegar que la equivocación en el billete es anecdótica —una curiosidad para la numismática— o una falla garrafal, impresa 50 millones de veces, en un país donde la gesta de Madero es de las pocas coincidencias que tiene una clase política enfrentada y donde los festejos de 2010 no estarán marcados por mucho más que los billetes de 100 y 200 pesos.
Lo que no se puede negar es que el señor Claudio Guzmán ha hecho un pobre servicio al Banco de México. Con sus mentiras y engaños, este mal funcionario público, pagado por el contribuyente, ha envenenado la confianza que debe darse entre un reportero y una fuente, entre un medio de comunicación y una institución.
¿Ahora con qué confianza podrá un reportero de Excélsior consultar a Banxico antes de publicar una nota?
Lo adivinó: ninguna. Al menos, mientras ese señor siga ahí.
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