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29-Oct-2009

El hilo negro

Victoria Schusseim

De avestruces y borregos


De pronto me di cuenta de que estaba de un humor espantoso; días y días, desde que me despertaba hasta que me iba a dormir: yo, que por lo general disfruto de todo, estoy de buen humor y hasta me hago chistecitos a mí misma. No era que amaneciese nublado, no, porque nada me gusta más que los días nublados. Tengo alma de escocesa, supongo, porque adoro los días grises, la lluvia y el frío; si tengo la suerte de que me toque niebla, mucho mejor. Después de hacer un inventario mental (¿hijas?, bien; ¿nietos?, bien; ¿cuates?, bien), como quien se pasa la lengua por los dientes, uno a uno, para ver cuál es el que duele, me di cuenta de que lo que me dolía era el país. Mucho. Como una muela del juicio.

Electricistas, impuestos, gobernadores preciosos y de los otros, nuestro gobierno hipertrófico (en el gasto, no vaya a creer ni por un instante fugaz que en sus inexistentes talentos), nuestro plan A y no se diga el B, nuestros legisladores, nuestros ejecutados y narcotraficantes, nuestros educandos y educadores, informantes y desinformados. Por donde le busque, parece una película de terror (con Elba Esther Gordillo en su aclamada caracterización de Chucky, la muñeca asesina).

Decidí iniciar un periodo de abstinencia informativa. Una especie de veda. No digo que dejar de leer el periódico, porque eso forma parte de mis procesos vitales, metabólicos, casi, pero sí hacerlo muy selectivamente, tratando de brincarme cualquier cosa que me exacerbe el mal humor. Masticando del otro lado, para seguir con el símil de la muela. Con las noticias por televisión no tengo problemas. Hace tiempo no las veo. Me imagino que si ya tengo que vivir con todos los descalabros que nos imponen, por lo menos nadie puede obligarme a verles la cara a los responsables. Bueno, no. Ahora que lo pienso me doy cuenta de que en realidad dejé de verla hace años, porque cada vez que aparecía la pareja presidencial me daba grima. Ya tengo bastante controlado el vicio de oír noticias mientras manejo, que desarrollé en los últimos años, y estoy reencontrándome con la buena música, que por lo menos me calma los nervios en los embotellamientos, mucho más de lo que puede decirse de los noticieros.

Y ahora, al cabo de una semanita de dieta, descubro que estoy mejor, mucho mejor. A punto de recomendarles a todos ustedes que sigan mi ejemplo, que se conviertan, como yo, en avestruces, con la cabeza bien escondida en la arena. Al fin, si nada de lo que hagamos parece servir, podemos protegernos el hígado. ¿No?

Y de pronto me cae, como una roca de las que nunca aplastan al correcaminos, una percepción aterrorizante. Eso, exactamente eso es lo que ha venido haciendo este país. Bueno, mejor no hacerse guaje; lo que hemos venido haciendo los mexicanos desde hace una eternidad de tiempo: lo que bien se llama ser borregos. Así, clarito, sin necesidad de apelar a zoologías fantásticas.

Pensar que, porque un partido inepto y corrupto sustituyó a otro, corrupto y muy experto, ya estamos viviendo en una plena democracia, no llega a falacia; es una simple imbecilidad. Y ni usted ni yo somos imbéciles. Ni avestruces. Ni borregos.

Qué horror. No se vale rajarse. No se vale aborregarse. No sé usted, pero yo, si no le importa, me voy a leer el periódico. Enterito.

No se vale rajarse. No sé usted, pero yo, si no le importa, me voy a leer el periódico. Enterito.

El hilo negro

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