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26-Oct-2009

Razones

Jorge Fernández Menéndez

La decadencia de la política


La torpeza política parece ser una constante en el accionar de los partidos, el gobierno y las cámaras. Hace demasiado tiempo que nuestra clase política carece del toque fino, de la sensibilidad como para tejer acuerdos sensatos, de largo plazo, hacer más y hablar menos. Pareciera que no nos hemos podido recuperar, quince años después, de los traumas, la violencia, las ambiciones desatadas en 1994 y, desde entonces, lo que era excepción se convirtió en norma. En el pasado se pensaba que eran costos de la transición, de aprender a vivir en un sistema más abierto, plural y democrático. Pero ya ha transcurrido demasiado tiempo y la curva de aprendizaje parece ser, cada vez, más descendente.

En realidad, pareciera que no hemos aprendido nada: no tenemos, en muchos sentidos, una clase política más abierta, más plural, más democrática. Sí una dispersión de focos de poder que luchan entre sí, a través de una clase política, que salvo algunas excepciones muy destacadas, se ha vuelto cada vez más inculta, más intolerante, menos sutil. Y lo ocurrido en la última semana lo ratifica.

El escenario es el mismo. Cambian en ocasiones los actores, pero la trama no se modifica. Primer acto. La negociación del paquete fiscal se realiza en forma extraña. Ni el gobierno realiza la labor de presentarlo y sondearlo antes de su divulgación ni los partidos parecen tener interés en impulsar algo que vaya más allá de sus intereses absolutamente coyunturales. Se llega a la fecha límite prácticamente sin acuerdos y, repentinamente, entre el sábado y el domingo de la semana pasada, se establece uno entre la Secretaría de Hacienda, los gobernadores priistas, diputados y una parte de su dirigencia, donde se deja fuera de la jugada a los senadores del tricolor. A regañadientes, el acuerdo es aprobado en San Lázaro y que nadie diga que no participó de él: el paquete fiscal fue aprobado por 415 votos contra 24, eso quiere decir que priistas, panistas y perredistas lo apoyaron, algunos mostrando desacuerdos en puntos específicos, pero todos se llevaron algo: los gobiernos de los estados diez mil millones de pesos adicionales; el PRD obtuvo para el DF cinco mil millones de pesos de endeudamiento extra; el gobierno federal logró cerrar la brecha presupuestal para 2010. Que el paquete fiscal sea intransitable para las clases medias no pareció preocuparles.

Segundo acto. Lo que no está bien amarrado se termina zafando. Y el acuerdo no estaba bien amarrado porque, en una muestra más de la debilidad de nuestra clase política, nadie quiso pagar el costo político. Y todo se zafó de la forma más insólita: fue nada menos que el presidente nacional del PAN, César Nava, el que “responsabilizó” al PRI del paquete fiscal, algo que era en buena medida falso, porque ese paquete tiene una paternidad compartida entre el PRI y el PAN, y ello desató las furias del priismo más primitivo, que no quiere saber nada de acuerdos y que considera que ni el poder ni la responsabilidades se comparten. El adjetivo más suave para la torpeza del presidente del PAN fue el muy homofóbico “puto”. Y todo parece haberse roto en medio de una tormenta declarativa indigna, por lo menos en sus términos, de llamarse política.

Pero al mismo tiempo se escenificaba otro acto, el tercero, deleznable: el show ejercido en torno a la comparecencia del secretario del Trabajo y Previsión Social, Javier Lozano. Si ya el espectáculo durante la aprobación del paquete fiscal había sido lamentable, lo sucedido en la comparecencia nos deja con escasez de adjetivos. Los Fernández Noroña, los Muñoz Ledo, los Jaime Cárdenas y muchos otros, no actúan como dicen serlo, como hombres de izquierda, ni mucho menos como demócratas, actúan igual que lo hacían las camisas negras del fascismo, apoyándose en el insulto, la violencia, el agravio, la provocación, y aprovechándose de un fuero que los hace sentir impunes. Si los insultos que ellos y otros profirieron contra JavierLozano se los hubieran lanzado a alguien en la calle, los hubieran tundido a golpes. Pero fue en el Congreso de la Unión, “envalentonándose” porque tienen como rehenes a funcionarios que, ellos lo saben, no pueden defenderse. Son personajes fascistoides y, el espectáculo, tan lamentable como la indolencia de los diputados que lo permiten.

La decadencia es la marca de la política nacional.

Son personajes fascistoides y, el espectáculo, tan lamentable como la indolencia de los diputados que lo permiten.

Son personajes fascistoides y, el espectáculo, tan lamentable como la indolencia de los diputados que lo permiten.

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