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24-Oct-2009

Opinión del experto

Raúl Fuentes Aguilar

Alexander von Humboldt, benemérito de la patria


(Primera de dos partes)

El 29 de junio de 1859, en Veracruz, el presidente Benito Juárez expidió un decreto declarando benemérito de la patria a Alexander von Humboldt:

“Que deseando dar un público testimonio de la estimación en que México, como todo el mundo tiene la memoria del ilustre sabio y benéfico viajero Alejandro Barón de Humboldt, y la gratitud que México le debe por los estudios que en él hizo sobre la naturaleza y productos de su suelo, sobre sus elementos económico-políticos y sobre tantas útiles materias que, publicadas por su incansable pluma, dieron honor y provecho a la República, cuando aún se llamaba Nueva España, he tenido a bien decretar lo que sigue:

“Artículo 1. Se declara Benemérito de la Patria al señor Barón Alejandro de Humboldt.

“2º. Por cuenta del tesoro de la República se mandará hacer en Italia una estatua de tamaño natural, de mármol, que represente al Sr. Humboldt, y una vez traída de allá se colocará en el Seminario de Minas de la Ciudad de México, con una inscripción conveniente.

3º. Se remitirá el original de este decreto a la familia o representantes del señor Humboldt, y un ejemplar de cada uno de los cuerpos científicos a que perteneció, suplicando a sus secretarios que se conserve en sus archivos”.

Al desembarcar en el puerto de Acapulco, el 22 de marzo de 1803, Humboldt tenía ya una experiencia de casi cuatro años en la exploración de otras regiones de la América tropical. Así, preparado, se entregó con entusiasmo durante ocho meses a explorar e investigar distintos tópicos dentro del entonces reino de la Nueva España.

El ascenso hacia la capital de la Nueva España fue lento, debido al gran número de acémilas que traían para transportar su ya cuantiosa colección de especímenes biológicos y minerales.

Humboldt observó el estado del camino, en los fértiles campos de trigo del valle de Chilpancingo; bajo a las minas del distrito de Taxco-Tehuilotepec; observó los cañaverales de los llanos de San Gabriel y se asombró de los cambios del clima que acompañaban a las variaciones repentinas de altitud a lo largo del camino Acapulco-México. Los viajeros pasaron la Serranía del Ajusco y al descender a la cuenca lacustre de México y acercarse a la capital llegó a su encuentro un mensajero con una carta de bienvenida del virrey Iturrigaray. La carta decía: “He tenido siempre en alta estima las labores de aquellos hombres dignos de mi particular reconocimiento y homenaje, como su excelencia se han dedicado a las importantes investigaciones de las ciencias naturales y van dedicando sus estudios al bien de la humanidad y otros fines recomendables. En este sentido, pues, contesto a su excelencia la nota, el oficio que me envió desde Acapulco, con fecha del 28 de Marzo, complaciéndome en prestar a usted todo aquel apoyo que pueda serle útil y acompañarle con mis órdenes por las provincias de mi dependencia. Envío a usted por consiguiente los pasaportes y demás documentos que me ha solicitado. Iturrigaray”.

El virrey cumplió fielmente su oferta; tuvo gran significación el hecho de que pusiera a la disposición de Humboldt los archivos del virreinato, donde éste recopiló numerosos datos estadísticos, incluyendo el censo mandado a levantar en 1793, por el virrey Revillagigedo, que Hum-boldt utilizó como base de su obra: Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España. Humboldt se reunió con su compañero de clases en Freiberg, Andrés Manuel del Río, quien ya era profesor en el Real Seminario de Minas y estaba desarrollando una labor que lo convertiría en famoso minerólogo. Del Río, así como otras personas interesadas en las ciencias prestaron a Humboldt una valiosa colaboración y eficaz orientación para sus viajes e investigaciones en México.

La apasionante e interesante Nueva España detuvo a Humboldt más de lo que originalmente había proyectado. Como llegó a Acapulco muy tarde para abordar el galeón de Filipinas en 1803, se le hacía mucho esperar otro año para seguir el viaje de circunnavegación del globo, ya que sus instrumentos empezaban a deteriorarse y no podía comprar otros nuevos. Temía que la rápida marcha de las ciencias podría hacer anacrónica su empresa si posponía mucho más su regreso a Europa, por lo que pensó hacer solo la travesía rápida desde Acapulco a Veracruz, y de ahí embarcarse enseguida a Europa. Pero la noticia de que la fiebre amarilla o vómito negro reinaba en Veracruz, lo convenció de que era necesario esperar hasta el otoño y llegaría a Europa en la primavera de 1804, según expresó en una carta a Wildenow, fechada en México el 29 de abril de 1803. Pero un interesante asunto tras otro lo detuvieron en territorio mexicano hasta el 7 de marzo de 1804.

Humboldt hizo de la Ciudad de México el punto de partida de sus excursiones en la Nueva España. Durante su estancia en la ciudad salía a menudo a visitar sus alrededores, sobre todo Chapultepec, la Sierra de Guadalupe, el Peñón de los Baños y el Pedregal del Xitle.

Acerca del guía que lo llevó a visitar este último lugar, cuenta Krum-Heller una interesante anécdota: “Preguntado a este indígena sobre cómo había ocurrido la excursión, contestó: qué sabio va a ser este señor; me preguntó cómo se llamaban mi mujer y mis hijos, cómo se denominaba el azadón, cómo la pala, etcétera. Cosas tan sencillas que yo las sé y otra cosa: hace como los muchachos de escuela, que juntan piedras para atiborrarse los bolsillos”.

El 15 de mayo Humboldt emprendió su viaje a la Sierra de Pachuca, con el objetivo principal de conocer las explotaciones mineras, aprovechando su estancia para realizar estudios en sitios de interés tanto pintoresco como académico de los pórfidos del cerro del Jacal, las capas de obsidiana del cerro de las Navajas (Oyamel), los basaltos columnares y la cascada de Santa María Regla, los manantiales termales de Atotonilco, y las impresionantes formaciones antropomórficas de los Órganos de Actopan. Regresó a México el 27 de mayo.

El 1 de agosto salieron los viajeros en su gran excursión a Guanajuato y al Volcán del Jorullo. En Guanajuato, Humboldt se alojó en la casa del conde de Valenciana, Diego Rull. Demoró un mes en conocer las minas y algunos fenómenos geológicos de la comarca, como la Sierra de Santa Rosa y los manantiales termales de Comanjilla. El 9 de septiembre emprendieron viaje, a través del Bajío para llegar al Jorullo. Regresaron a México vía Valladolid, Acámbaro, Maravatío, Ixtlahuaca y Toluca, tomándose el tiempo necesario para subir al Nevado de Toluca el 28 de septiembre. De regreso a México el 10 de octubre, Humboldt se dedicó a componer memorias y mapas y a recopilar datos de toda índole. Del 9 al 12 de enero de 1804 Humboldt acompañó al virrey Iturrigaray en su viaje de inspección al sistema de desagüe del Tajo de Nochistongo, experiencia que le fue sumamente útil en su análisis de la historia del problema de las inundaciones de la Ciudad de México.

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