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18-Oct-2009

Bitácora del director

Pascal Beltrán del Río

Sindicatos: fin del voluntarismo


Si aceptamos la autodefinición de José López Portillo de que él fue “el último Presidente de la Revolución”, la pregunta que surge inmediatamente es quién será el primer Presidente con un proyecto de país que sustituya al nacional-populismo implantado por el PRI.

Fuera de un intento de Carlos Salinas de instaurar en México un modelo económico exportador —que terminó aplastado, como ya sabemos, bajo el peso de las perversidades y la corrupción que plagaron su sexenio—, ninguno de los presidentes que ha tenido el país desde 1982 ha convocado a la nación a reinventarse.

Es más, de Miguel de la Madrid a Felipe Calderón, la clase política mexicana ha vivido de la herencia del viejo régimen, ya sea la infraestructura petrolera que ha permitido a México llenar las arcas del erario sin hacer un esfuerzo real de recaudación o bien, el corporativismo sindical que hacía posible el control político del país.

Concentrémonos en este último: Como ha apuntado uno de los mejores historiadores del México contemporáneo, el doctor Ilán Bizberg, en su ensayo El sindicalismo mexicano frente a la globalización y la descomposición del régimen político (Revue de l’IRES, 1999) los presidentes Salinas y Ernesto Zedillo “mantuvieron por razones tácticas la alianza con los sindicatos oficialistas tradicionales, reagrupados en las centrales afiliadas al PRI, por la capacidad de control que se deriva de ellos”.

En los albores de la alternancia política de 2000 se podía imaginar que el corporativismo estaba condenado a muerte, especialmente porque el ideario del PAN abogaba por la libertad sindical. Sin embargo, por el control que aún era capaz de generar, resultó demasiado tentador para que el primer gobierno no priista en 71 años abjurara de él.

Pese a la imposibilidad de traducir ese control en apoyo legislativo, el presidente Vicente Fox no rompió con los grandes sindicatos. Recordemos cómo su secretario del Trabajo, Carlos Abascal, una vez encabezó una porra al fallecido líder de la CTM, Fidel Velázquez.

Así, el corporativismo sindical ha seguido ganando batallas después de la muerte del régimen que le dio vida.

El presidente Calderón arrancó su sexenio con otra alianza táctica: con la maestra Elba Esther Gordillo y su sindicato magisterial, el más grande de América Latina. El SNTE es una agrupación tan tradicionalista que incluso ha tratado de reeditar la forma en que se hacía política en la era del nacional-populismo —a escala, por supuesto—, con el patrocinio de un partido político, Nueva Alianza.

Los hechos que estamos presenciando desde que el secretario del Trabajo, Javier Lozano, negó la toma de nota a la cúpula del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), son cruciales para el futuro del corporativismo: pueden implicar el final de su utilidad como instrumento político —aunque no, claro está, de la existencia misma de los grandes sindicatos—, o una reafirmación de su poderío, que eventualmente podría anclarse con el regreso del PRI a la Presidencia en 2102.

El presidente Calderón aún tiene unos dos años por delante para trazar una nueva ruta de país. Sin embargo, esto implica desmontar antes unas estructuras que se siguen alimentando de la herencia del nacional populismo. Algunas de ellas, por cierto, se han extendido a su propio partido.

Fuera de los líderes sindicales, que miden sus ventajas en pesos y centavos, el resto de quienes apoyan en la calle al viejo sindicalismo creen —honestamente, pienso yo— que el nacional-populismo aún es una vía de desarrollo del país y un instrumento para la justicia social.

El reto de Calderón es desmentir esa visión y convocar a los mexicanos a construir una nación diferente, insertada en la globalización del siglo XXI. Un país sin corporativismo, pero también sin los 50 millones de pobres que muchos ultraliberales hacen como que no ven cuando pontifican sobre la inutilidad del Estado.

Aunque la eficacia prescribe no atacar todos los frentes simultáneamente, el Presidente debe saber que la alianza con Gordillo y otros baluartes del corporativismo no le dará más réditos. Tampoco le servirá tundir al SME si pretende poner a los electricistas recontratados en manos de ese otro gremio rancio —no nos engañemos— que es el SUTERM.

Calderón tiene un gran apoyo en las encuestas, pero de nada le servirá si no lo aprovecha para convencer a los mexicanos que la ruta nacional-populista está objetivamente agotada, que poco ganamos con aferrarnos a una historia nacional que tuvo momentos gloriosos, pero también bastantes derrotas.

Calderón deberá probar que la liquidación de Luz y Fuerza del Centro no obedeció sólo a un apremio fiscal y que el golpe al SME no tendrá como epílogo un apapacho al sobrino de La Güera Rodríguez Alcaine quien heredó la dirigencia del SUTERM a la muerte de su tío y ha llenado la Comisión Federal de Electricidad de parientes y amigos (Excélsior, 17/10/09).

No hay corporativismo bueno, menos después de que se ha esfumado el voluntarismo que hizo posible la Revolución institucionalizada. El Presidente, como él mismo debe darse cuenta, no lo puede todo.

Aclaración

Me llamó el senador Ricardo Monreal para decirme que él no ha vetado la candidatura a la CNDH de Emilio Álvarez Icaza, como escribí aquí la semana pasada. Me da gusto saberlo.

Estimado lector, lo invito a que me siga en twitter.com/beltrandelriomx

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