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15-Oct-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
Extraños compañeros de cama
El hilo negro
¿Se acuerdan de esa regla aritmética de más por menos, menos, y menos por menos, más? Muchas veces la aplicamos peligrosamente en la vida cotidiana con cosas como “el amigo de mi amigo es mi amigo” o, peor aún, “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Con esta lógica termina uno por encontrarse metido en la misma cama con gente a la que no quiere tener tan cerca, como por ejemplo los muchos que, años ha, terminaron compartiendo almohada con los ayatolas por el común aborrecimiento a los gringos.
Mi historial con Luz y Fuerza es largo y sombrío. Desde un cambio de medidor (no solicitado, conste) y un primer recibo de más de 56 mil pesos, hasta la triste historia de un empleado de esa empresa que apareció un día y me ofreció, módica lana mediante, hacer que los medidores de mi casa se moviesen más lento y, por lo tanto, pagase yo menos de luz. Como opté por rechazar su propuesta, supe después que, según me dijo el portero, igual hizo algo en los mentados medidores. Ahora, en una casa de dos personas, pago más de tres mil pesos bimestrales. No les cuento las visitas a diversas oficinas, las colas, las señoritas pintándose las uñas detrás del mostrador. ¿Para qué? A todos nos ha pasado.
Tengo claro que la empresa, que además brinda un servicio infame y cobra la que tal vez sea la tarifa más alta del mundo, es mi enemigo.
Pero, ojo, eso no quiere decir que Lozano y Calderón sean repentinamente mis héroes, que me vaya a meter a la cama con ellos, ni que el sindicato sea una bestia más o menos negra ahora que cuando fue durante décadas niño consentido del PRI.
Para eso faltan muchas cosas. La primera, desde luego, esperar para ver qué pasa con el servicio que me brinda quien resulte ser el sucesor y, sobre todo, de a cómo nos toca. Todo: las liquidaciones, los subsidios, el próximo recibo de la luz.
Porque, claro, si estábamos en las garras de un monstruo voraz e ineficiente (cierto), esperamos comenzar a vivir en una especie de bienaventuranza eléctrica, con precios sensatos, servicio eficiente y empleados atentos que no te mandan a la siguiente ventanilla porque se van a comer el lunch.
Y luego, por supuesto, suponemos que las cosas aquí no quedan. Porque si de sindicatos corruptos se trata, la lista es larga, larguísima. Y se le suma la de los abusos de la iniciativa privada, amparada muchas veces en su carácter virtualmente monopólico. Teléfonos. Televisión. Gas. Comunicación por internet. Somos rehenes de casi todo: desde el cemento hasta las tortillas.
Aquí los espero, arropada en mi más profunda suspicacia, en mi certeza de que no van a mover un dedo contra Cemex ni contra Elba Esther Gordillo ni Romero Deschamps. Que no van a ir más allá de un movimiento puramente cosmético contra una compañía que es algo así como el negro de la feria, al que todos le dan de palos, y que, saben, no tiene legítimos defensores.
Y aquí solemnemente hago un juramento público: si me equivoco, si mañana deponen a alguno de esos bichos negros y peludos que exhiben sus relojes, sus ranchos y sus yates, sus condominios en San Diego, si descalabran esos monopolios, recibo en mi cama a Lozano, a Calderón y hasta a Martín Esparza.
Por mí no se preocupen: yo duermo en la sala.
Si estábamos en las garras de un monstruo voraz e ineficiente (cierto), esperamos comenzar a vivir en una especie de bienaventuranza eléctrica.
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