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08-Oct-2009

Economía sin lágrimas

Ángel Verdugo

En serio, ¿los privilegios del sindicato son la causa del desastre?


Durante las últimas semanas ha sido representada en el escenario político una ópera bufa con dos viejos rivales en los protagónicos, por un lado, el malo y parásito del erario como pocos: el Sindicato Mexicano de Electricistas y por el otro, el entrón del gabinete que después de haber enfrentado sólo con groserías y descalificaciones a Carlos Slim, ha debido pensar “qué me dura este pichoncito de Martín Esparza”.

El conflicto, que debería estar circunscrito al ámbito jurídico, ha rebasado éste para colocarse en el centro del escenario político. Una de las partes —“la buena”— ha hecho del sindicato el blanco de una campaña mediática que envía un mensaje parcial que parece haber prendido en algunos sectores de la sociedad: Luz y Fuerza se encuentra en las condiciones que conocemos debido a los privilegios del sindicato.

La realidad es muy diferente; ni el desastre de Luz y Fuerza se debe exclusivamente a los privilegios que ha conseguido el SME, ni la liquidación de sus trabajadores y fusión con la CFE resolvería el problema de fondo.

Parecemos olvidar que los privilegios del SME han sido concedidos —a lo largo de muchos años— por el responsable del desastre: el gobierno federal; además, las tarifas que cobran —tanto Luz y Fuerza como la CFE— no las fijan ellas sino el gobierno federal con base en criterios que nada tienen que ver con sus costos pues están basados en la política de subsidios que explica buena parte el desastre que hemos construido desde los años treinta del siglo pasado.

Somos tan ingenuos que no faltan por ahí los que creen el estribillo de los panegiristas del “lado bueno” de la ecuación y dejan de lado la causa fundamental del problema: el papel que nuestro caduco modelo de desarrollo asigna al Estado en la economía.

Hace poco más de dos años, CIDAC publicó un excelente libro de la autoría de César Hernández: La reforma cautiva cuya actualidad es singular. Releerlo —los que lo leímos— y hacerlo los que lo desconocen, es una obligación que calificaría —a riesgo de las críticas que desatará el adjetivo— de patriótica. Sus capítulos, desnudan a unos y a otros.

En consecuencia, habría sido más efectivo —en vez de tanta aparición mediática del secretario del Trabajo—, una reedición de varios cientos de miles de ejemplares y venderlos a precio bajísimo para que la sociedad —al menos una parte de ella— tuviera elementos objetivos y bien fundamentados de lo que sucede en el sector eléctrico mexicano.

Además, qué bueno sería que los ilusos que ya ven una reducción de tarifas después de la liquidación y fusión de darse éstas, pongan los pies en la tierra y desechen ese sueño pues en tanto no resolvamos el problema central y echemos al basurero de la historia tanta tontería surgida de ese mito de “la participación obligada del Estado en la economía”, los problemas en las “empresas” paraestatales se agravarán.

Seamos objetivos, maduremos ya; el problema no son los privilegios del SME o los de los sindicatos de CFE, Pemex, IMSS y del SNTE. Estos son efectos, no causas; leamos el Capítulo Económico de la Constitución pues ahí está la explicación del desastre.

Lo otro, simples fuegos de artificio y ansias de figurar de quien sólo vive para el reflector.

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