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08-Oct-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
Huele a mal, huele a mal
Si tuviera el menor talento como dramaturga escribiría una escena sensacional. Arpías despeinadas en torno a una hoguera, dando vueltas y gritando alrededor de algo que parece un caldero, donde arden llamas infernales. Tendría que ser de noche, claro, y sin luna, en un rincón remoto del bosque. Una legítima ceremonia de brujas, tal como se la imaginaban las mentes enfebrecidas de terror del siglo XIV.
Pero ya ve: soy un triste caso de vocación sin talento. Con mucha suerte lo que salió fue una escena de brujas de Walt Disney.
Aquéllos fueron tiempos oscuros. Los pobres ignorantes del siglo XIV, desde las tinieblas de su rusticidad, se veían acechados por el mal, por la posibilidad de ser embrujados, dañados por obra exclusiva de la palabra. Tal vez podríamos entender hoy los terrores colectivos que llevaron a Europa toda a participar en el aterrador fenómeno histórico de las cacerías de brujas. Casi todas eran mujeres, casi todas murieron quemadas vivas, tras haber sido sometidas a suplicios indescriptibles para que confesasen lo que fuese: el envenenamiento del ganado y las maldiciones que acababan con las cosechas, la muerte de infantes en el vientre materno, la cópula con el diablo. Las cifras varían: de una muy conservadora, con 60 mil víctimas, a varios millones. Y en todo, desde las acusaciones hasta las torturas y las ejecuciones mismas, había un intenso componente sexual.
La inquisición, claro, no andaba muy lejos, y dos de sus representantes escribieron un manual para la cacería de brujas. Eran unos dominicos germanos, Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger, y su obra, Maleus maleficarum (Martillo contra los maleficios), fue un sangriento best-seller durante más de dos siglos. Una rápida mirada a la librería virtual de Amazon permite comprobar que sigue a la venta (¡aproveche, hay uno de oferta en apenas 10.43 dólares!).
Disolvencia, dicen en cine. Ah, no, perdón, que quería que fuese una obra de teatro. Bueno, segundo acto.
No es el sombrío bosque europeo. No es de noche. No es un caldero. Las arpías ni siquiera están tan despeinadas. Es León, Guanajuato, a plena luz del día y, para más datos, en la plaza principal, justo enfrente del palacio municipal. Lo que queman en una tina galvanizada no son ojos de renacuajo y dedos de murciélago sino libros de texto de biología autorizados por nuestra Secretaría de Educación Pública. Bienes de la nación, de hecho. Eso sí, corean “¡Huele a mal, huele a mal!” y versifican torpemente consignas como “SEP: sí a la ecuación, no a la perversión”, “condón y masturbación no es la solución” o (la más poéticamente lograda), “disfrute sexual a temprana edad, enfermedades y embarazos tendrás”.
La primera reacción, inevitable, es morirse de la risa. Lo mejorcito de la clase media leonesa, las buenas conciencias, los sepulcros blanqueados, brincoteando alrededor de una tina llena de libros en llamas, como brujas de Macbeth en una puesta en escena de carpa. Todo por esas porquerías del sexo.
Pero la risa dura poquísimo. Las quemas de libros nunca auguran nada bueno. Recordemos las de Alemania, en los años treinta, y lo que presagiaron. No quisiera ver a las arpías leonesas desfilando con botas negras, a paso de ganso. Porque, dice Heine, donde empiezan por quemar libros terminan por quemar seres humanos.
No es el sombrío bosque europeo. No es de noche. No es un caldero. Las arpías ni siquiera están tan despeinadas. Es León, Guanajuato, a plena luz del día.
El hilo negro
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