04-Oct-2009
La estación
Gerardo Galarza
Bossa nova
Es una obviedad decir que el éxito, en cualquiera de las actividades humanas, produce alegría. Ayer lo pudimos ver gráficamente en las páginas de todos los periódicos del mundo: miles de brasileños, encabezados por su presidente, Luiz Inacio Lula da Silva, celebraron la obtención de la sede de los Juegos Olímpicos de 2016 para Río de Janeiro.
Desde el punto de vista deportivo, la celebración está más que justificada. Pero, atrás de ella hay otra más importante: una demostración de confianza de los países del Comité Olímpico Internacional (COI), que son prácticamente todas las naciones, al buen presente y al promisorio futuro de Brasil, representado por su antigua ciudad capital.
Si, sé que el COI no es un organismo que agrupe a gobiernos. Sin embargo, es tan poderoso que el viernes pasado, a su reunión en Copenhague, asistieron los presidentes de los mandatarios de los países en los que se encuentran las ciudades que compitieron por esa sede (Chicago promovida por Barack Obama, presidente de Estados Unidos; Tokio por Yukio Hatoyama, primer ministro de Japón; Madrid por el rey Juan Carlos y José Luis Rodríguez Zapatero, presidente de España, y Río de Janeiro por el ya citado Lula), sin contar con un gran número de personajes del deporte, los espectáculos, las empresas, la política, la cultura.
No les falta razón a los brasileños para festejar. Más: en 2014 serán sede del Campeonato Mundial de Futbol, por si se dudara de que el mundo entero les tiene toda la confianza: su política y economía nacionales se las han ganado. Y el de Lula es considerado un gobierno de izquierda, pero no de locuras, sino de aplicaciones de medidas que han resultado en beneficio de todo su país. Proviene de un Partido del Trabajo de a deveras, de los trabajadores, sin nada que ver con la esquizofrenia de su homónimo mexicano que se apresta a relanzar la candidatura presidencial de López Obrador.
Que Brasil no tiene solucionados todos sus problemas es cierto, pero algo sabrá el mundo para confiar en él. No fue fácil ganar a las ciudades con la que compitió: las tres de Primer Mundo.
Lo que hoy vive Brasil, lo vivió México a principios de la década de los años sesenta del siglo pasado. Obtuvo la sede de los Juegos Olímpicos de 1968 y la del Campeonato Mundial de Futbol de 1970, lo que nadie antes había logrado. Eran los tiempos de “el milagro mexicano”, del “desarrollo estabilizador”, de Antonio Ortiz Mena, hoy reconocido post mortem con la medalla Belisario Domínguez del Senado. El futuro era nuestro y el mundo lo creía así, pero en algún momento lo perdimos, lo dejamos ir.
Hoy, de acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) en información publicada en Excélsior, México es el país que más resentirá la crisis financiera que sufrió todo el mundo. En otras palabras: nos pegó más que a todos los demás. Eso se llama vulnerabilidad.
Obvio, hoy como cada año, a cambio de una verdadera reforma fiscal, México busca su nuevo boquete fiscal, abriendo nuevos hoyos y no precisamente de petróleo. El próximo año, la historia se repetirá. Brasil y otros países seguirán avanzando mientras tanto. Y no sólo en lo referente a la economía, la situación de los sectores ya conocidos por citados, como el energético, el educativo, el de seguridad pública, el de salud, el de telecomunicaciones, la infraestructura, el hidráulico, el turístico… todos tendrán el mismo futuro deprimido y deprimente.
No hace más de 50 años, México era el líder del bloque latinoamericano, el hermano mayor de la zona, el ejemplo a seguir, el espejo en el que muchas naciones querían verse. En algún momento o en muchos momentos, el rumbo se perdió. Y, perdón por la insistencia, o cambiamos de página o Brasil, la bossa nova (la nueva vía) de América Latina, no será el único que nos deje atrás.
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