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01-Oct-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
No quiero escribir de Juanito
Francamente, no quiero escribir de Juanito. Toda esa farsa que sería risible si no fuese tan trágica —algo así como Sófocles en interpretación de carpa— me da una enorme pena ajena (“mu”, la llamaba José de la Colina: ni mí ni tú: mú, al que le pongo un acento diacrítico para que no se confunda con el mu de las vacas). El tema me tiene asqueada. Entre lo que sabemos y suponemos que ocurrió con ese pobre tipo, que nos evocaría al Sancho Panza de la ínsula Barataria si no fuese porque Sancho era infinitamente más sagaz y, por supuesto, más simpático, todos mis instintos claman en contra de agitar más agua o derramar más tinta.
¿Y entonces sobre qué escribo? Tengo que completar tres mil 300 caracteres (con espacios, diría Word). Y llevo 789. Si sigo dudando, cuando encuentre tema no me va a alcanzar el lugar: ya sólo me quedan dos mil 429.
Ya sé, ya sé: de Roman Polanski. Uy, no, creo que tampoco va a poder ser eso. Porque todos dicen que es inhumano lo que le hacen, que lo que hizo él fue hace mucho, que la víctima lo perdonó, que pobrecito, su mamá murió en Auschwitz, que a su esposa la mataron de una manera horrenda, que justo iba a recibir un homenaje y esas cosas no se hacen, que ya tiene 75 años y que además es muy famoso. Y yo creo, en cambio, que un perfecto desgraciado de cuarenta y tantos años, que se lleva, con toda alevosía y con engaños a una niñita de trece, para violarla vaginal y analmente, merece que lo refundan en la cárcel cuando puedan ponerle las manos encima. Y no necesito contar que mis bisabuelos vivían en el pueblo de Auschwitz y con ellos han de haber estrenado las cámaras de gas para darle más solidez a mi convicción.
Está visto que hoy no tendré tema. No sé qué hacer. Porque tampoco sé si debo escribir sobre el tifón de Filipinas o el tsunami que pegó en Samoa. Después de todo, ¿qué sé yo de tsunamis y tifones? Es verdad que una vez compré los derechos de un libro maravilloso, lo traduje y nunca pude publicarlo (los avatares de las editoriales pequeñas). Se iba a titular Los peligros de un planeta inquieto y lo había escrito un profesor Ernest Zebrowski. Librazo. No sólo explicaba qué es y cómo se origina un tsunami, sino que llegaba a conclusiones fascinantes sobre muchas cosas, entre ellas que lo peligroso de este planeta inquieto es que los seres humanos nos dispersamos por todos lados, incluidas zonas que están llenas de riesgos. Que desafiamos en nuestra insolencia las fuerzas de la naturaleza. Bueno, ya no me acuerdo si eso lo decía precisamente él o si ya es de mi cosecha. Pues no, ni modo que cuente el libro aquí, y menos ahora que sólo me van quedando... ¡seiscientos nueve caracteres!
¿Y si escribo 609? ¿Y si todas las cifras que use las escribo con número? A lo mejor gano el espacio suficiente para hablar de cómo se repartieron los comités los legisladores. Se arrojaron sobre el pastel con tanta enjundia que para todos alcanzó. Hasta para Nueva Alianza que una vez más tragedia con humor de payaso de circo de barrio será responsable de la Comisión de Ciencia y Tecnología.
No, de eso no quiero hablar. La verdad es que más que pena ajena me da vergüenza propia. Por acción y por inacción también soy responsable.
¡Y me quedan 34 espacios! Creo que hoy no escribo la columna.
Más que pena ajena me da vergüenza propia. Por acción y por inacción también soy responsable.
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