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28-Sep-2009

El búho no ha muerto

Pedro Ferriz

¿Cambiar?


Hace 45 años, Joao Goulart, Presidente del Brasil, a la sazón, líder del Partido Trabahlista Brasileiro, comenzó un largo camino hacia el desarrollo, cuando condujo la evaluación estratégica de las fortalezas y debilidades brasileñas. Un extenso suelo de más de seis millones de kilómetros cuadrados. (Tres veces México), grandes planicies, pastizales, recursos maderables, agua dulce, extensa costa (siete mil 400 km). De todo. Un lugar rico, que no sólo se entendió así, sino proyectado a su vocación para beneficio de generaciones futuras. Brasil trabajó una ruta para ser potencia ganadera… y hoy lo es. Fuente inagotable de biocombustibles (sin detrimento de las tierras para la producción de alimento humano)… y lo es. Midió sus enormes recursos minerales: oro, manganeso, níquel, hierro, cobalto, niobio (elemento fundamental en superligas y conductores)… y puso todo esto a trabajar orientado a un plan: Generar riqueza, riqueza… riqueza. Ante la certeza de que “un buen día” llegara el bienestar. En la época de Goulart, no soñaron con ser potencia petrolera y evitaron el entusiasmo de lo que no estaba a su alcance. En suma, hicieron conciencia de lo que tenían. Planearon lo que querían… Cuarenta y cinco años después llegaron los frutos. Son potencia en todas estas áreas… Más la petrolera, para lo que trabajaron con tesón. Su organización, capacitación, reglamentación, legislación, ímpetu, apertura, criterio y razón de ser, dan la vuelta a Brasil. Casi medio siglo después de una planeación estratégica, se aseguran con lo que fue un incipiente proyecto, pero validan un objetivo de largo plazo.

México, hace medio siglo ya había emprendido el camino a la pretensión de también ser potencia. Si bien no evaluó con conciencia otros recursos naturales, se fijó en el petróleo. Lázaro Cárdenas funda el Poli para hacer los técnicos requeridos. Pemex se proyecta a las alturas. El “chapopotl” pasa a ser el oronegro del siglo XX. El mundo tiene sed, de lo que poseemos “a rabiar”. “Nadábamos en un mar de petróleo”… Pero llegó con ello: arrogancia y corrupción… y con “Los veneros de petróleo… el diablo”. El sentido del desarrollo integral de un país, en función de sus recursos, se perdió. Nos concentramos en lo que hoy se agota. No hubo la visión para detonar al Gran México, en función de todas sus riquezas. La miopía nos llevó al descuido. La distracción sufrida después de la Expropiación Petrolera del ‘38, nos hizo monoproductores. Dependientes del petróleo. Monoexportadores. Ignorantes del resto de nuestros vastos recursos naturales. Faltaron mentes brillantes que dibujaran un México sin petróleo. El fin de una era. La necesaria diversificación. Ni Cárdenas, Ávila Camacho, Ruiz Cortines, López Mateos… nadie. No hubo visión. La diversidad de la riqueza de México, se perdió en la niebla de un presidencialismo que no escuchó, vio, sintió o soñó el porvenir. El nuevo bienestar de México, no está al alcance de la mano. ¿Biocombustibles? ¿Ganadería? ¿Bosques? ¿Minería? ¿Potencia Agropecuaria? ¿Agricultura? No… nada, ¡sólo petróleo!

Felipe Calderón nos convoca a cambiar. A reencauzar el camino del desarrollo. Cambiar… ¿qué? A desarrollar… ¿qué? Cargamos a cuestas un enorme desempleo. El mayor en tres lustros. Obvio, la explicable violencia. Nada visto así, desde la revolución. Producción petrolera decreciente. Dependencia alimentaria. Dependencia petroquímica. Todo acumulado. Al grado que, más que cambiar, debiéramos pensar en un nuevo comienzo. Ordenar a México por sectores. Sacudirnos intereses monopólicos. Cacicazgos. Dinamizar cadenas productivas. Permitir el financiamiento productivo con niveles de riesgo. Crédito al proyecto. Romper inercias, trabas. Organizar servicios colaterales a actividades consideradas prioritarias. Desterrar la politiquería y romper feudos, nos llaman a un nuevo juego.

Mucho se ha hablado de planes nacionales de desarrollo. Casi todo se ha quedado en tinta y buenas intenciones. Más que cambiar, debemos romper. Más que conciliar… extirpar viejos tumores del México que aún está a tiempo de ser.

El sentido del desarrollo integral de un país, en función de sus recursos, se perdió.

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