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24-Sep-2009
Desde Cabina
Adela Micha
¿En el nombre de Dios?
“No estoy loco”, decía el pastor boliviano José Mar Flores Pereyra en el Juzgado 4 de Procesos Penales Federales del Reclusorio Oriente, tres días después que el 9 de septiembre secuestró el vuelo 576 de Aeroméxico, con amenaza de bomba y para hablar con el presidente Calderón. Antes dijo que Dios le habló y le pidió difundir que vendría un gran terremoto. Como armas llevaba dos latas de jugo con tierra y unos foquitos. Con eso bastó para que provocara la más extraordinaria movilización de los cuerpos de seguridad del Estado en un evento que se sobredimensionó.
El viernes 21, otra historia y otro sujeto: Luis Felipe Hernández Castillo, en la estación Balderas del Metro, disparó en una hora pico y mató a un policía y a un electricista que intentaron desarmarlo. Al consignarlo, dijo: “Las dos personas fallecidas quisieron reprimirme a dar a saber la verdad”. Y que su única falta fue “repartir escritos en los que demostraba el crimen masivo al que nos llevan por perjuicio a sufrir hambre y sed por el calentamiento global”.
Por eso busqué a Bernardo Barranco, sociólogo de la religión, para que me dijera por qué aludir a un “mesianismo” para cometer delitos. Y me confirmó lo que yo ya había expresado: los actos reflejan el momento del país. Estudioso como es, refirió a Roger Bartra, el famoso doctor en sociología de la Sorbona: se equivocan quienes, ante la crisis económica hablan de una explosión, de un estallido social. Hay una implosión. Actos individuales que reflejan problemas sociales, económicos, políticos y de cultura, pero hay empeñados en darle sentido a lo que no lo tiene. Recordó el fanatismo en el Metro de Tokio y los actos extremistas en la Puerta del Sol. Pero el origen no es lo religioso, sino el resentimiento social. Coincido con Barranco en la incertidumbre de lo cotidiano; en que fanatismo y fundamentalismo hablan del agravio a la sociedad y “urge atender el desempleo, la falta de oportunidades, crear certeza, liderazgo, porque el vacío se traducen en buscar agarrarse de algo”.
Y marcó una diferencia: el aerosecuestrador manipuló al decir que Dios le habló, quiso llamar la atención y hubo fundamentalismo: querer ser el salvador. El asesino en el Metro sí es un fanático, que castiga a otros y pierde la realidad. “Los casos son la punta de un iceberg, de algo que está pasando en la sociedad. Síntomas no sólo de un malestar sino de una patología”. Y fue categórico: “¡No es fanatismo religioso!” Lo grave es que estos hechos podrían convertirse en una constante. Por eso debemos estar muy atentos porque nos muestran que algo hay de fondo y que no suena bien. Culpar a fanatismo o fundamentalismo, aunque terapéutico, es simplista, porque se trata de algo mucho más grave. Y en nuestro país hay realidades que debemos atender de inmediato. Esto que hemos visto no es fanatismo religioso.
El fanatismo y el fundamentalismo hablan del agravio a la sociedad.
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