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24-Sep-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
Contar con los dedos
Los hombres, dicen, piensan en grande. Construyen pirámides, ganan guerras, descubren continentes. Y las mujeres, dicen también (los hombres, claro), pensamos en pequeño: parimos, criamos y alimentamos a los constructores de pirámides, militares triunfantes y descubridores de océanos. Nada de gran importancia. Nimiedades.
Al parecer ocurre lo mismo en economía. Los hombres piensan en grande. Si por una leve distracción resulta que les hacen falta trescientos mil millones de pesos, toman medidas de gran magnitud: quitan secretarías, le suben a la cerveza, le recortan el presupuesto a todo lo que pueden, con peculiar énfasis en las cosas banales, como la salud, la educación y la cultura, y crean nuevos impuestos que, como siempre, llegarán para quedarse.
Lástima que no nos pregunten a las mujeres, acostumbradas desde que aprendimos a pararnos en dos pies (no como individuos sino como especie) a hacer malabarismos con los números, a echarle tantita más agua a los frijoles, a que coman tres donde antes apenas alcanzaba para dos.
“¡Vieja! ¡Se me escapó el mamut!”, gritaba un cazador pleistocénico. Y su mujer sacaba de abajo de alguna piedra unos frutitos secos, se echaba a la espalda al menor de los chilpayates, agarraba a los demás de la mano y salían todos a buscar, sin alardes ni esperanza de gloria, unos gusanitos, unas ranitas, unos caracolitos, para llenar los huecos dejados por el escurridizo mamut (de paso sentaban las bases para algunos de los grandes platillos del repertorio mundial).
¿Por qué no hacemos lo mismo? Yo, ilusa, pensaba que el gasto del PRI había sido siempre faraónico. No, para aprender lo que es faraónico en serio tuvimos que esperar al PAN y sus toallas, sus residencias, sus lucecitas de colores.
Hay mucho de donde cortar, poquito a poco. Todos debemos tener nuestras sugerencias. Yo comienzo con las mías, modestísimas, pero que al final algo sumarán.
¿Por qué en la era de los celulares y el internet se convoca a los señores legisladores con inserciones pagadas en los periódicos? ¿Por qué cada vez que muere alguien más o menos conocido aparecen docenas de suntuosas esquelas de funcionarios de todos los niveles, pagadas por usted y por mí, que ni de lejos conocíamos al difuntito?
¿Por qué todas las dependencias tienen una dirección de comunicación social? ¿Qué comunican? ¿Ha oído usted alguna vez algo trascendente, aparte de autoguayabazos?
¿Por qué el Estado Mayor Presidencial va a costarnos 478.4 millones de pesos? ¿No cobran sus integrantes salario del Ejército? ¿Por qué la Presidencia de la República cuesta más de mil setecientos millones de pesos al año?
Y puede seguirle con las preguntas. Me dijeron vaya usted a saber qué tan cierto sea que el combustible para un vuelo de una o dos horas cuesta como 200 mil pesos. Eso sin contar piloto, copiloto, gentiles señoritas azafatas, cuotas aeroportuarias y demás. ¿Por qué el avión particular de tantos y tantos gobernadores? (Y conste que todavía no procedo a preguntar por qué no para nunca el avión del gobernador de Querétaro, que va y viene siempre de interesantes destinos turísticos.)
Tela hay para recortar; la cuenta es interminable. Pero mi tiempo no: tengo que salir a buscar alguna lagartija regordeta para la comida de hoy.
Yo, ilusa, pensaba que el gasto del PRI había sido siempre faraónico. No, para aprender lo que es faraónico en serio tuvimos que esperar al PAN.
El hilo negro
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