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20-Sep-2009
Bitácora del director
Pascal Beltrán del Río
Un partido de ciudadanos
El acto conmemorativo del 70 aniversario del Partido Acción Nacional estaba por concluir. En el magnífico ex convento de San Hipólito se escuchaban las notas del himno del PAN, compuesto en 1940 por el michoacano Gonzalo Chapela, pero pocas bocas se abrían para cantarlo.
Evidentemente, en el recinto abundaban los panistas advenedizos, de esos que militan por la gloria de cobrar un supersalario en la burocracia.
“Es que no se lo saben”, me susurró al oído un joven funcionario. Y agregó: “Aquí puedes ver quiénes son panistas de verdad y quiénes no”.
El momento culminante del acto había sido un reproche de Felipe Calderón a sus correligionarios. El PAN, les dijo el Presidente de la República, ha dejado de ser un instrumento al servicio de la sociedad, un vehículo para lograr los cambios que el país necesita, un partido de ciudadanos.
Imposible discrepar del mandatario. Uno esperaría que los partidos políticos fueran lo que dice la ley: entidades de interés público.
Los partidos tendrían que ser agrupaciones de ciudadanos que comparten una visión de país, así como el camino para alcanzarla. Y la vocación de servicio debería ser la premisa más importante de los representantes y funcionarios que surgen de sus filas.
En cambio, ¿en qué se han convertido estos partidos? En unas cofradías de oportunistas, donde los más vivos se quedan con las candidaturas, manejan los dineros y alcanzan los puestos con las mejores prestaciones y las mayores oportunidades para hacer negocios.
Qué diferentes son el retrato de Acción Nacional de hace 70 años y el actual. Por aquella época, Chapela —quien sería uno de los primeros diputados del PAN— se ganaba la vida tocando canciones de Agustín Lara en los altos de la cantina Dolores. Hoy el panista promedio sólo aspira a ganar alguno de los miles de supersalarios que los gobiernos surgidos de ese partido han creado en la administración pública.
Pero ese no es sólo un problema del PAN. Como reportero, me tocó cubrir la fundación del Partido de la Revolución Democrática, una organización en cuyo ideario original estaba la convicción de ser un instrumento de cambio al servicio de la sociedad, una definición casi idéntica a la que trazó el Presidente el jueves pasado.
¿Y qué es hoy el PRD? Una amalgama fallida de tribus que luchan a muerte por el poder y que están dispuestas a cometer todos los pecados que antes aborrecía la izquierda para defender sus privilegios.
A unos días de que se cumpla el 90 aniversario del Partido Comunista Mexicano, cuyo registro heredó el PRD, ya nada queda de la abnegación que caracterizaba a aquella izquierda. La marrullería y el acomodo han sentado allí sus reales.
Hoy el PRD es un club de Juanitos y Brugadas que juegan cínicamente a las fuercitas para ver quién se queda con el pastel presupuestal. Es increíble que lo que esté a discusión en Iztapalapa sea la repartición de cargos y no el mejoramiento de las condiciones de vida en la delegación más pobre del Distrito Federal.
¿Y el PRI? Dígame usted a cuántos priistas encumbrados conoce que no sean unos vividores del erario. Yo conozco a uno que otro, igual que en los otros partidos, pero son una rareza.
El priista típico es uno de los gobernadores surgidos de ese partido, quien no se ruboriza cuando dice, frente a un grupo de periodistas, que ordenará a los diputados federales que le “hacen caso” (vaya eufemismo) que aprueben la reforma fiscal enviada por Calderón “siempre y cuando le toque algo a mi estado”. Y ya sabemos qué significa eso.
¿Y los nuevos partidos? Son simples franquicias electorales, sin ideología —¿o usted sabe cuáles son los principios de Nueva Alianza, por ejemplo?—, dedicadas a acumular poder y hacer negocios a través del abuso de los recursos públicos que reciben.
Con esos partidos políticos, no podemos extrañarnos del estancamiento que vive México, del deterioro de su imagen en el exterior y de las inaceptables desigualdades sociales que lo marcan.
Estoy de acuerdo con Felipe Calderón: los partidos deben ser agrupaciones ciudadanas que se dediquen a lograr mejorías en las condiciones de vida de los mexicanos. Si no, ¿para qué están?
En los casi diez años que lleva en el poder, el PAN no ha sido eso sino un vehículo para las ambiciones personales. Si quiere dejar de serlo, el PAN tendrá que cambiar radicalmente. Entre otras cosas, renunciar a la práctica de asignar candidaturas bajo el principio de la popularidad en las encuestas —ya sabemos que ese tipo de reconocimiento se construye sólo con dinero— y dejar de llenar la nómina del gobierno de allegados, amigos y compadres sin talento ni mérito.
Un partido que aspira a ser instrumento ciudadano no puede renunciar al debate interno y designar a sus dirigentes y candidatos a través de la compra de conciencia de sus consejeros.
Y es que esas prácticas mandan el mensaje de que sólo mediante la sumisión y la zalamería se puede avanzar en política. Por eso el PAN y los otros partidos son tan ajenos hoy al ciudadano común.
México y Gran Bretaña.
Dos muestras de la importancia que el gobierno del primer ministro Gordon Brown otorga a la relación con México son la llegada de la experimentada embajadora JudithMcGregor —quien sucede en el cargo al también muy apto Giles Paxman— así como la visita, hace unos días, del viceministro de Exteriores, Christopher Bryant. La cooperación entre los dos países parece muy prometedora.
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