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17-Sep-2009
El hilo negro
Victoria Schussheim
Al congreso sin mojarse
Allá por 1994 ya se empezaba a oír hablar mucho sobre internet. Nadie sabía bien a bien de qué se trataba. No. Corrijo. Nadie parecía ser capaz de explicarlo de modo que yo pudiese saber bien a bien de qué se trataba. Pero la tentación fue grande y un buen día contraté el servicio para la editorial. Todavía no habían inventado Yahoo, así que era realmente la prehistoria. Mi guía y gurú en esas materias era el por entonces casi imberbe Tomás Granados, hoy editor tan hecho y derecho que su carácter adicional de matemático pasa casi inadvertido. No lograba convencerme, en esa época, de que si la gente gastaba en internet era porque esperaba recuperar de alguna manera su inversión. Para mí era un acto de inaudita generosidad que no encajaba con la mentalidad capitalista. Sentía que un montón de gente hacía un montón de esfuerzo para mi beneficio exclusivo.
Hoy, quince años más tarde, yo me conecto a internet desde que abro los ojos, he descubierto y hasta aprovechado muchas de sus facetas comerciales, tengo claro cómo y por qué ganan las carretadas de dinero de las que oímos hablar todos los días. Sin embargo, en algún rinconcito ingenuo del alma, sigo sintiendo que es un regalo que me hacen.
Y a veces es cierto. Es, para decirlo en cursi, una verdadera cornucopia de presentes. Lo corroboré muy especialmente la semana pasada, cuando, del lunes 7 al jueves 10 de este lluvioso septiembre, se celebró en el auditorio del edificio del Fondo de Cultura Económica un suculento encuentro internacional de editores. Suculento por los asistentes y por el tema, que era, en esencia, qué está pasando en este momento con el libro, en relación precisamente con internet.
Los asistentes, como suele suceder, mezclados: desde notabilísimos hasta apenas conocidos, por lo menos para nuestro entorno. La calidad de las conferencias, previsiblemente, también mixta (¿alguien ha tenido alguna vez la increíble suerte de oír a puros conferencistas maravillosos o la indecible desgracia de engarzar una larga sarta de animales?). Estuvieron los que reflexionan permanentemente sobre el tema, los que se tomaron con enorme seriedad la invitación y prepararon una ponencia sensacional, hasta los que a base de tablas salieron avante. Faltaron algunos que hubiesen podido hacer un interesante aporte. Tal vez sobraron otros. Lo de siempre. El saldo: muy, muy bueno. Lo brillante rebasó con mucho a lo no tanto.
Pero no tiene usted por qué creerme. Ahora puede corroborarlo en persona si entra a la página del Fondo de Cultura Económica, porque durante tres meses estarán los videos y las ponencias a su disposición. La gente de la editorial organizó este congreso con inteligencia y modernidad notables.
No me refiero sólo a que si uno llegaba al pequeño auditorio de la sede, peleando entre el paraguas, el portafolios y el celular, había quien le recibiese el coche, cosa que en esta ciudad todos agradecemos fervorosamente, sino que ni siquiera era necesario ir. Fue posible seguir las conferencias en vivo (sí, y también en radiante tecnicolor, claro) a través de la página de internet. Sin mojarse, sin apretujarse, sin siquiera estar aquí. Se perdía uno a los amigos, pero a cambio podía quedarse en su casa de Amsterdam tomándose unas copitas de ginebra y compartiendo, por ejemplo, la conferencia magistral (en todos los sentidos de magistral que se le ocurran) de Roger Darnton.
¿Amsterdam? Ajá. Y también Inglaterra y Suecia y Honduras, con todo y golpe, y la mayor parte de América Latina y, claro, cualquier lugar de México. En el auditorio del Fondo llegaron a congregarse un día 298 personas. Créame: debían estar bastante apretujados. Mientras tanto, cuatro mil 687 estuvieron conectadas a lo largo de cien minutos, que se dicen fácil. En total, mil 852 personas estuvieron en el auditorio, aplaudieron, aclamaron y criticaron. Y la friolera de 16 mil 783 siguieron los acontecimientos, con sus propias aclamaciones y críticas, supongo, a través de internet.
Curiosamente, Tomás Granados, perfectamente rasurado a diario, fue uno de los organizadores. Junto con Rafael Mercado, que hizo las correspondientes magias electrónicas. Y Ricardo Nudelman. Y Joaquín Díez-Canedo y Alejandro Valles y Martí Soler y un montón más, muchos de los cuales, porque algún viento auspicioso los reunió, son mis cuates queridos, que han vuelto a hacerme dudar de que todo, pero todo lo que pasa en internet debe tener propósitos mercenarios.
Hoy, quince años más tarde, yo me conecto a internet desde que abro los ojos.
El hilo negro
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