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17-Sep-2009
Horizontes imaginarios
Luz Emilia Aguilar
Delirio en cadena nacional
La celebración del 15 de septiembre ha venido acompañada de exaltaciones monumentales de optimismo patrio. La legitimación de un presente modo de gobernar, a partir de la glorificación de un pasado en el que los héroes dieron su vida por el futuro de todos, ha sido su visible y constante razón de ser. ¿Hasta qué punto es necesario deformar la realidad y la historia para lograr esa ilusión, ese pacto de pertenencia, esa jubilosa noche mexicana?
Una aplastante mayoría de ciudadanos parece dispuesta desde la víspera del llamado “grito” a olvidar las paradojas de las gestas históricas, las oscuridades del presente, para sólo prestar ojos y oídos a inflamados motivos de orgullo de haber nacido en esta tierra. Con la llegada de la televisión, la ceremonia que conmemora una dudosa Independencia se ha ido convirtiendo en el espectáculo nacional, por encima de ningún otro. No obstante los duros tiempos de inseguridad en que vivimos, a contrapelo del escalofriante recuerdo de lo que ocurrió en Morelia hace un año, a pesar de la copiosa lluvia que cayó ayer en la noche, quienes permanecimos en casa pudimos ver a través de la televisión zócalos y plazas abarrotados de mexicanos deseosos de fiesta.
Cada televisora congregó a sus locutores para dar cuenta de lo que iba ocurriendo. Las voces de estas personas que dan noticias o conducen programas de espectáculos parecieron contagiadas de una suerte de embriaguez de la exageración, abrumadora incontinencia de lugares comunes; se hicieron cómplices para sólo verter, a través de la pantalla, alabanzas y sonrisas. Por momentos me sentí en otro planeta: en una tierra en la que no había cabida para la menor desavenencia, tristeza, problema, reto. Un país lleno de rebozos, banderas tricolor, luces, tamales, tequila y mole, con una historia de heroísmo sin mácula, un presente inmejorable y futuro deslumbrante de oportunidades; nación en intenso, armónico, jubiloso abrazo consigo misma.
En la transmisión oficial desde Palacio Nacional conducida nada más y nada menos que por el coordinador de los festejos del Bicentenario de la Independencia y Centenario de la Revolución, José Manuel Villalpando, acompañado por Gabriela Reséndez y Ana María Lomelí, el tono de optimismo exacerbado no disminuyó un ápice respecto de los demás. En el curso de afirmaciones imprecisas por parte de Lomelí y correcciones de Villalpando sobre el inicio de estas fiestas septembrinas, escuché al historiador decir que el encuentro de los mexicanos con sus símbolos patrios nos sacude, estremece, conmueve, hace crujir el alma. Su exaltación en nada se asemejó al ponderado discurso el 26 de enero de 2009, cuando advirtiera: “También, al ser la historia rectora una maestra de la vida, las conmemoraciones de 2010 nos permitirán reconocer las equivocaciones del pasado, para no errar de nuevo”.
Cambié el canal de televisión y me encontré con una locutora capaz de afirmar, sin el menor recato que en Guerrero, donde se encontraba con su micrófono, todos absolutamente tienen una sonrisa en la boca, todos son felices. Desde el norte del país una voz masculina profetizó, con la seguridad de un vidente, que en Chihuahua el júbilo, la felicidad eran tan grandes, que si estuviera vivo Siqueiros se hubiera inspirado en los festejos esa noche de “grito”, para hacer su más grande obra maestra. ¿Cuál es el caso de esas sentencias del todo huérfanas de sentido común, principio de realidad, que se transmiten a nivel nacional y más allá de nuestras fronteras?
Puedo imaginar a los encargados de comunicación de las distintas oficinas de gobierno de la Presidencia para abajo, y a los jefes de información de las televisoras, marcando línea de que la noche del 15 puro optimismo, puro júbilo. Puedo imaginarlo y comprenderlo. Lo que no acabo de explicarme es la facilidad con la que personas sensatas, lo mismo que fanáticas, se igualan en una borrachera de ficciones tan alejadas de los hechos que estrujan no sólo el alma, también el corazón y el entendimiento. Una de las diferencias entre la ficción política y la ficción teatral, es que la primera enajena, confunde, adormece. Cuando el teatro es arte, la ficción es el camino para comprender las dimensiones más hondas, luminosas, esenciales y estimulantes de lo real.
Por momentos me sentí en otro planeta: en una tierra en la que no había cabida para la menor desavenencia.
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