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16-Sep-2009

Horizonte político

José Antonio Crespo

Sobre la Historia Patria


La revista Nexos de este mes invitó a varios historiadores a reflexionar sobre las fiestas del Bicentenario, así como acerca de la importancia de la Historia Patria en la formación política de los mexicanos. Aunque las reflexiones y los temas son diversos, casi todos coinciden en una idea directriz: la historia oficial, la de los textos, ceremonias cívicas y discursos gubernamentales, si bien contribuye a formar identidad nacional, también busca la legitimación del régimen en turno y, en esa medida, más que formar ciudadanos preparados que comprendan cabalmente su país y ejerzan la democracia, tiende a generar súbditos de algún tipo de autoritarismo, a partir de una percepción mítica, romántica, maniquea y distorsionada del devenir nacional. Dice, Roberto Breña, de El Colegio de México: “El reto que se nos plantea a todos los académicos interesados en el saber histórico y en su difusión… es cómo dirigirnos a un público relativamente amplio (mucho más… que el del estrechísmo mundo académico) sin hacerlo creer… que la historia tiene las soluciones a los problemas del presente, que la historia es una batalla entre ‘buenos y malos’, que la historia carece de complejidad”. Es decir, transmitir a públicos no especializados una historia más apegada a los hechos y personajes reales, que aquella que se nos enseña en las aulas.

Luis Medina Peña, del CIDE, señala que “la Historia Patria… Es un producto especialmente diseñado para niños y adolescentes, mentes tiernas que se encuentran en los años cruciales de la formación de actitudes que luego habrán de regir la conducta del adulto, principalmente en materia política”. Y agrega Medina que los prejuicios y las distorsiones aprendidos en el aula “duran para siempre”, salvo en el caso “de especialistas o adultos muy maduros y muy leídos”, que tienen la curiosidad y el tiempo para modificar tales concepciones escolares sobre la historia. Pero éstos no constituyen la mayoría. Y de entre esos adultos no especializados, surgen también los políticos profesionales, que “quieren dirigir los destinos nacionales con nociones inconmovibles provenientes de su más tierna infancia”. Jaime Rodríguez, de la Universidad de California, apunta: “Los mitos gloriosos y patrióticos podrán complacernos y habrán tenido una importante función unificadora durante los primeros tiempos de la formación del Estado, pero pronto perdieron su función y no nos ayudan a abordar las dificultades actuales de la sociedad”. Por su parte, Erika Pani, del CIDE, afirma: “Aun reconociendo la utilidad de algunos ‘mitos unificadores’ que imprimieron sentido al discurso y a la acción públicos, habría que preguntarse si asignar un papel trascendental a la historia en la construcción de la nación le hace un flaco favor a la disciplina… y, en última instancia, a la nación…. Una historia nacionalista, cuyo objetivo primordial es ‘crear identidad’, deja demasiadas cosas fuera… Así, la historia nacionalista resalta el ‘patriotismo’ por encima del tino, la inteligencia o la creatividad con que los actores históricos afrontaron circunstancias complejísimas… (la oficial, es) una historia que busca despertar antes la emoción que la reflexión”. En contraparte, la historia académica, con su inherente crítica a la historia oficial, “se presta menos a los discursos ampulosos, a la construcción de monumentos y a la organización de desfiles. Pero permite, en cambio, entrever la posibilidad de una nación que no se funda sobre la memoria de triunfos y tragedias compartidos, sino sobre los vínculos que permiten que logre materializar como comunidad de derecho y de derechos”. Cabe recordar también la expresión de Enrique González Pedrero, vertida en su País de un solo hombre (1993): “Un pasado mentiroso conduce a un presente mentiroso”, por lo cual, “recobrar la historia es recobrar el destino, recuperar la libertad de elegirlo”.

Vale la pena también insistir sobre la exaltación que en la historia oficial (y muchas veces también en la no oficial) se hace de la violencia como instrumento legítimo y redentor. Y luego nos extrañan los estallidos de violencia social y política. Muchos pensamos que la celebración del Centenario y el Bicentenario podrían ser el marco en el cual se discuta y reflexione sobre la educación histórica, cuyo propósito debiera ser la comprensión racional del país, más que la transmisión de percepciones míticas y dogmas de fe (como si fuera una religión cívica), y así forjar ciudadanos capaces de comprender la complejidad mexicana y de exigir sus derechos por vía institucional. Dice al respecto Jean Meyer, también del CIDE: “Toda conmemoración debería ser la oportunidad nietzscheneana de curarnos de la ‘enfermedad histórica’, asumiendo los dramas de nuestra Historia, con mayúscula, en lugar de disimular ciertos hechos, ciertos actores, en lugar de juzgarlos como buenos y malos, según nuestros prejuicios”, por lo cual, “la nación, el país… merecen algo mejor que conmemoraciones oficiales”. Quizá dicha reflexión ocurra en foros especializados, en instituciones académicas y en algunos espacios mediáticos. Pero mucho me temo que el mensaje gubernamental que llegue al gran público será, como dice Erika Pani, motivo de “discursos ampulosos, construcción de monumentos y la organización de desfiles”, reforzando, en lugar de cuestionar, la historia visceral, mítica y maniquea que la clase política y el gobierno tienen interés en preservar.

MUESTRARIO. Una vez más, en ceremonia cívica (13 de septiembre) se identifica al crimen organizado con los enemigos del país. En este caso, los invasores estadunidenses de 1847. Lo malo es que se asocia subliminalmente a los capos con quienes nos ganaron militarmente:a veces son los franceses y otras los norteamericanos. Y también, con la influenza A H1N1 que, esa sí, hasta ahora, hemos podido controlar (a diferencia del narcotráfico).

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