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06-Sep-2009

La estación

Gerardo Galarza

Ventana rota


En algún día de la semana, luego del 1 de septiembre y a raíz del mensaje público del casi clandestino —gracias a nuestros legisladores— tercer informe de gobierno del Presidente de la República, Sonia Elizabet Morales recordó para sí y para mí, y ahora para ustedes, una cita de ese portento de escritor húngaro que fue y es Sándor Márai (1900-1989) en ¡Tierra, tierra!, la segunda parte de su autobiografía.

Leyó: “Se hablaba mucho sobre el futuro de la nación, y se decía que todo iba a cambiar completamente. Sin embargo, lo único que yo veía es que nadie se preocupaba de la nación y sí de procurarse la vacuna contra la fiebre tifoidea o de conseguir un cristal para arreglar la ventana rota”. Márai escribía de su país recién destruido por la Segunda Guerra Mundial.

Sin guerra de por medio, sin destrucción material, desde hace algunos años, en México se habla del cambio y del futuro del país. Y nadie hacemos nada o, mejor dicho, pocos hacen lo que tienen que hacer.

No se requiere ser especialista en ninguna materia, sino apenas simple lector o escucha de buena fe —olvidemos conceptos como objetividad u honestidad intelectual, porque ahí nos perdemos— para darse cuenta que el diagnóstico, que resumió en diez puntos como una especie de agenda básica, de los males y las recetas para combatirlos que sobre el país hizo el presidente Felipe Calderón son esencialmente correctos o, digamos, acertados.

No se puede negar que el país necesita una reforma de fondo, que se traduce en cambios profundos en sus sistemas hacendario, educativo, energético, laboral, tecnológico, de salud pública, de seguridad pública, político electoral y de combate a la pobreza y la consiguiente desigualdad social, y también el burocrático. A esta lista se le puede agregar lo que se quiera, pero no se le puede eliminar ningún tópico. Son las pomposamente llamadas reformas estructurales. Se necesitan. Urgen.

El problema, que no debería serlo, es cómo llegar a ellas. Todas, si se quieren en verdad estructurales, pasan por el Congreso de la Unión, es decir requieren de modificaciones legales, constitucionales inclusive, para que puedan ser realidad. Y hoy, la voluntad presidencial no es suficiente para la aprobación por absoluta mayoría de la más mínima adecuación jurídica, como ocurría hasta, digamos, 1988, aunque todavía Carlos Salinas de Gortari logró armar alguna mayoría para reformar la Constitución en los casos de la relación Estado-iglesias y el artículo 27 en lo relativo al sacrosanto ejido.

El diagnóstico y propuestas del presidente Calderón fueron bienvenidas por los dirigentes y legisladores de todos los partidos. Nadie dijo que no, pues porque nadie puede decir que no. Por obvio. Esos son los problemas y las soluciones del país. No hay de otra.

El mismo Presidente de la República dijo que para llegar a esas reformas hay que romper mitos y tabúes y acabar con las inercias. Y aquí surgieron las discrepancias que, como en años anteriores, impedirán que esas reformas se lleven a cabo: Sí, de acuerdo con el Presidente, pero que no se toque al petróleo, ni a los sindicatos, ni que haya más impuestos, ni que nada de nada… y aquí están incluidos los líderes y legisladores del partido que encabezó y al que pertenece el propio Felipe Calderón.

Cierto. Todos hablamos del futuro del país, pero nadie hacemos nada por él; buscamos un cristal para reparar nuestra ventana rota…

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