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03-Sep-2009

Horizontes imaginarios

Luz Emilia Aguilar

Zozobra realidad-ficción


En la realidad y la ficción, el anonimato de la butaca y la amenaza de verme invadida por un actor que hacia el final me pareció que se había deslindado de su personaje para encarnarse a sí mismo y cobrarle al público su dolor, pasé por una cascada de sentimientos e ideas durante la puesta en escena Dios es un Dj de Falk Richter, en su versión redlicious, dirigida por Gabriel Figueroa Pacheco.

Dios es un Dj nos lleva a un suceso entre el performance, el reality show y el drama, al poner sobre el tablado a un Dj y una VideoDj contratados para participar en un programa de transmisión continua a través de internet, en el que se espera de ellos una espontaneidad condenada a la sinistro, a trocarse angustiosa, humillante batalla por ocultar la más esencial y dolorosa verdad, la que al cabo estalla en patético festín. Los personajes de esta obra, los que se nos dice que están cobijados por subsidios de las instituciones de cultura, han puesto a la venta lo único que definitivamente ya no tienen: el ser ellos mismos. Simulan, pretenden, se pierden en un laberinto entre lo que se quiere de ellos y su imposibilidad. Envuelven en rimbombantes champurrados verbales su estridente vacío. Y en su añoranza de la fama perdida en los canales de TV, en los que la VideoDj fue estrella fugaz, me sentí dolida por la pulverización de identidades individuales y colectivas a la que lleva el jugoso caos de los medios, la desheredad en la que viven generaciones a las que se ha privado de las mejores conquistas intelectuales de la humanidad y en su espectacular pequeñez alimentan una ciega arrogancia.

La escenografía de Patricia Gutiérrez privilegia el despliegue de tres enormes pantallas, por las que va fluyendo el trabajo de Eugenio Cobo Felguérez en el video, un relato en angustioso contrapunto de los deseos del Dj, que brinda un mundo de extraños belleza y humor. Sobre el tablado los actores ocupan el centro de interés, no acaban de ser devorados, ni ensombrecidos por el multimedia.

Carlos Valencia nos ofrece un acelerado Dj, que aborda la vida con un sedante y permisivo cinismo, personaje en el que palpita un volcán de indignación, reclamo y dolor, los que van asomando en intempestivas descargas hasta llegar al estallido de su confesión de que sufrió repetidos actos de abuso sexual por parte de su padre durante su infancia. Fue entonces automática la pregunta sobre la posibilidad de que la atroz confesión fuera un recurso para elevar el raiting dentro de la lógica de la propia obra, enseguida, estimulada por la vehemente veracidad interpretativa, pensé que no era el personaje quien había padecido el abuso, sino el propio actor que, en un rapto de locura, había roto con la ficción.

A mi memoria llegó la conciencia de que más allá de esas dudas, lo cierto era que en la calle hay miles de seres humanos víctimas de abusos de ese tipo por parte de sus padres, padrastros y demás entrañables. Ahí sentí mi piel atravesada por la angustia que brota en el teatro cuando la certeza de la ficción se rasga y se impone entonces un destello demoledor de realidad.

En el papel de Dj Carlos Valencia se presenta seguro de sí, dotado de un elástico y gracioso manejo del cuerpo. Durante la primera parte de la obra me mantuvo contagiada de su energía; en el transcurso fue pareciéndome monótono en su repetir gestos, tonos de voz. Pasé de la admiración al empacho, al ver que no iba más allá de un cerrado juego de muletillas corporales y verbales, limitación que lo mantiene a flote gracias a su fuerza interior, su capacidad para personificar la ficción.

Isabel Piquer nos da una VideoDj persuasiva, instalada en una ansiedad, un desconcierto capaces de mover a compasión. Me mantuvo atenta en su encarnar la estridente amplitud del vacío, la fragmentación de quienes están obligados a vender su frescura en el elogio de la estupidez, el sinsentido, la aniquilación del propio ser. Isabel se abrió a un rango interesante de la exasperación a la ternura y lo desolado.

Dios es un Dj, puesta en escena que con sus debilidades y aciertos resulta una experiencia intensa, inquietante, se puede ver los jueves a las 20:00 horas, en el Teatro Julio Prieto.

La puesta Dios es un Dj, resulta una experiencia intensa e inquietante.

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