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03-Sep-2009

El hilo negro

Victoria Schusseim

Comamos caviar


El hilo negro

Confieso que el sábado, cuando lo leí en el periódico, pensé que había entendido mal. La retahíla de posibles impuestos que sugería el secretario de Hacienda era tan larga, y se sentía tan contundentemente como un mazazo tras otro en la nuca, que tuve que releerlo.

Cuando lo comenté el domingo, en la mesa familiar, lo menos que me dijeron fue que estaba borracha, loca, malviajada. Tuve que ir a rescatar la sección pertinente y demostrarlo. La conclusión general fue que tenía que ser una errata.

Pero el martes volví a verlo, en el mismo periódico, al final de la misma sarta de posibles impuestos. No me queda más que darlo por bueno: según el periódico Reforma, el secretario Carstens propone, entre otros gravámenes, uno especial a los alimentos altos en calorías. Eso afirman —y firman— los periodistas Rivero, Sarabia y Eseverri en la primera página de la sección Negocios del martes 1 de septiembre.

Como buena mujer, vivo a dieta perenne, así que me pareció una ocasión espléndida para bajar de peso y al mismo tiempo ahorrarme unos pesitos de impuestos. Me puse de inmediato a consultar todas las tablas de calorías que encontré en internet. Descubrí, entre otras cosas, que en su mayoría están fusiladas de alguna, la Tabla Madre, digamos, pero reproducidas con erratas, intercalaciones nacionales (hot dogversus tamal) y productos de nombres insólitos.

Pero pude hacerme una idea bastante clara de lo que tiene que pagar un impuesto especial. Las guajolotas, por ejemplo (para aquellos habitantes de otras galaxias que lo ignoren, la guajolota es una oda al carbohidrato, un canto a la caloría, desayuno dilecto de los chilangos: un tamal dentro de una pieza de pan, que se baja, dificultosamente, a punta de atole) tiene 500 calorías. La manteca de cerdo, 900 calorías por cada 100 gramos. Pero si se consulta una tabla ibérica de calorías como la que aparece en http://orbita.starmedia.com/~chef_juanin/calorias.htm, podrá ver que una pechuga de pollo tiene módicas 98, lo mismo que 100 gramos de langosta cocida, frente a 298 de unas sardinas en aceite.

La buena, buenísima noticia para todos los que desayunan una torta de tamal hipercalórica y, suponemos, pronto hipergravada, o que comen un taco de sardinas, es que el caviar tiene apenas 29 calorías. Tal vez hasta subsidio reciba y se nos llene la ciudad de puestos ambulantes que vendan beluga, ossetra y sevruga. Quiero creer que no le pondrán chile ni cilantro, aunque la cebolla y el limón son canónicos. Quizás en lugar de los triangulitos de tostadas Melba sea con totopos, o con gorditas de masa a cambio de los tradicionales blini rusos.

Como al parecer el secretario Carstens no tomó en cuenta mi reciente advertencia acerca de la ley de Laffer, según la cual a mayor imposición en cierto punto comienza a disminuir la recaudación, quiero sugerirle ahora que, además de adoptar de inmediato la dieta hipoimpositiva, recuerde que los impuestos han provocado incidentes notables a lo largo de la historia.

La celebérrima Lady Godiva salió a pasear en cueros por las calles de su ciudad en protesta por los altos impuestos con que se abrumaba a los ciudadanos. Dicen que iba bastante bien cubierta por su larga cabellera. Imagínese, señor Carstens, que nos dé por seguir ese ejemplo. Ya nadie usa el pelo hasta las rodillas, ya no se puede circular a caballo, que aunque sea poco, algo tapa, y encima es perfectamente probable que la protesta la hagan López Obrador y sus bragadas defensoras. Aterrador.

El imperio inglés, no lo olvide, perdió a Estados Unidos por una historia de unos impuestitos al té. Allá en Boston, ¿lo recuerda? Los colonos norteamericanos tenían un lema: “Nada de imposición si no hay representación” (rima mejor en inglés, claro). ¿Cree usted que nos sentimos muy bien representados, señor secretario?

Y como parece que los ingleses son tan testarudos como usted, lo invito a pensar, por último, en la más preciada gema de la corona británica, señor secretario, la India, que perdieron porque un hombrecito flaquísimo la llevó a la independencia saboteando los impuestos que se cobraban por cosas tan elementales como la sal (cero calorías).

Esta vez sin afán etimológico alguno, me permito recordarle que se llaman “impuestos”, no “voluntarios”. Nos los imponen a la brava, y a la brava muchas veces deberán defenderlos. Ojalá un hombre flaquísimo nos guíe.

Los impuestos nos los imponen a la brava, y a la brava muchas veces deberán defenderlos.

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