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30-Ago-2009

La estación

Gerardo Galarza

Reinventarse


En el mayor desprestigio popular, por lo menos desde 1917, el próximo martes iniciará solemnemente —hay que guardar las formas en los dichos, aunque se han perdido en los hechos— la LXI Legislatura del Congreso de la Unión, que estrenará 500 nuevos padres de la patria en las personas de 500 nuevos diputados federales, aunque a 75 (la cifra proviene de una información de Notimex, agencia del Estado mexicano) de ellos les haya valido un soberano cacahuate —“privilegio” de la soberanía popular— su obligación de protestar cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes que de ellas emanen, como dicta el protocolo republicano.

En teoría, los 500 diputados son representantes directos de los ciudadanos mexicanos en uno de los tres Poderes de la Unión, el Legislativo, como debieran de ser los senadores, y los miembros de los Poderes Ejecutivo y Judicial: defensores y garantes de los intereses de todos los ciudadanos. ¡Oh, lalala!

Los nuevos 500 diputados (425, según los que rindieron protesta. Imagínese usted el escándalo que hubiera en el país si en el momento de anunciar el gabinete presidencial uno o dos de sus miembros no se hubiese presentado en el acto correspondiente) tienen, de a de veras, la oportunidad de ser los padres de la nueva patria. En serio.

A México le hacen falta reformas estructurales (es decir, cambiar las estructuras, construir un nuevo edificio social y estatal, pa’ más señas) sin las que será imposible avanzar. Esas reformas ya se conocen: fiscal, energética, laboral, educativa, judicial, de seguridad pública, seguridad social… y todas ellas deben pasar por el Congreso de la Unión. La verdad es que la única solución real es una real y verdadera reforma del Estado mexicano.

Pero, bueno, eso es casi la Utopía. Porque mientras ni siquiera nosotros soñamos con ella, en otros países hacen su tarea y avanzan en lo que realmente importa y es el origen y objetivo de cualquier Estado: la calidad de vida de sus habitantes. Y no es que en otros lados hayan llegado al sueño de Tomás Moro, pero por lo menos lo siguen buscando. Acá ni siquiera sabemos si realmente queremos un régimen presidencialista o parlamentario y, por supuesto, tampoco permitimos —faltaba más— que nadie siquiera lo discuta.

Los diputados electos que ayer sábado rindieron su protesta y que el próximo martes, junto con 128 senadores, inician la LXI Legislatura federal saben, según lo dijo Francisco Ramírez Acuña, ex secretario de Gobernación y primer presidente de la Mesa Directiva de la nueva Legislatura, que sus buenos oficios deberán estar orientados no a mejorar el nivel de la calidad de vida de los mexicanos con las urgentes reformas que necesita el país, sino buscar la mejor colocación para la sucesión presidencial del año 2012.

Parece, como cantaba el paisano José Alfredo, que nada nos han enseñado los años y que la transición mexicana quedó en un simple cambio de siglas de partido político y de personas.

Aunque no se crea, la oportunidad sigue vigente: un México nuevo, con una democracia moderna, como ocurre en otros muchos países que emergieron de situaciones políticas, económicas y sociales tan complicadas o más que las nuestras, que decidieron reformarse, reinventarse… cambiar. Lo otro, es el imperio eterno de los lópezobrador-juanitos-iztapalapas, tal como vemos que ocurre ante nuestros ojos y con nuestra complacencia.

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