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26-Ago-2009

Horizonte político

José Antonio Crespo

¿Sin Conquista?


Se ha llamado en estos días la atención sobre la ausencia de la Conquista en el nuevo libro de texto, para sexto de primaria. Es cierto, como dice el senador Jorge Navarrete, que los problemas de la educación son mucho más graves que eso, que la preparación de nuestros maestros es deplorable (salvo para la ingeniería electoral, en la cual destacan a nivel internacional), la gran corrupción del SNTE y su enorme influencia política (una muestra de lo cual es que el secretario de Educación de Vicente Fox, Reyes Tamés, acabó reducido a diputado del Panal, es decir, simple peón de Elba Esther Gordillo). Por todo lo cual la educación, que debiera ser una palanca de desarrollo, en realidad lo es del atraso. Pero no por ello debe descuidarse el contenido y la forma en que se enseña la historia, pues de ello depende, en buena parte, la capacidad de los mexicanos para entendernos a nosotros mismos. Mucho me temo que, por esas deficiencias, difícilmente logramos comprendernos. Y si no, que alguien explique racionalmente el extraño fenómeno de Juanito en Iztapalapa, por ejemplo. El senador panista Gustavo Madero dijo que “la historia siempre debe ser analizada con una visión crítica, objetiva, y no tratar de ocultar ningún pasaje o episodio de la historia nacional” (25/VIII/09). Pero justo eso no es lo que prevalece en la historia oficial, desde siempre. La SEP ha aclarado que no existe la mutilación denunciada, en sentido de que se borraran del programa episodios fundacionales como la Conquista y el largo periodo virreinal, pues esos sucesos se analizan en los textos de otros años del ciclo básico. En efecto, así es.

Desde luego, no se podría siquiera vislumbrar lo que es México (ni América Latina) sin conocer los hechos básicos de la Conquista y el Virreinato, que están mucho más presentes de lo que quisiéramos y de lo que la propia historia oficial reconoce, pues insiste en que las luchas populares, como la Independencia, la Reforma y la Revolución de 1910, han permitido superar la mayoría de los vicios sociales que surgieron durante la Colonia. La cultura de la corrupción y de la impunidad, la desorganización y el despilfarro, así como las conductas gandayas de nuestra cotidianidad, se gestaron y arraigaron en ese periodo. También del Virreinato viene nuestra endémica desigualdad económica y social, así como el racismo y el clasismo que siguen siendo parte vigente de nuestra realidad, por más que nos disguste reconocerlo. Y cómo soslayar nuestro “cortocircuito sicológico”, producto de la Conquista, que Octavio Paz abordó de manera magistral en su Laberinto de la soledad. Un trauma original donde el conquistador español toma a la mujer india, y su producto —es decir, nosotros— se siente despreciado por el padre blanco —por ser moreno— y al mismo tiempo desprecia a la madre, por ser india, sometida y violada, o incluso, como La Malinche, voluntariamente entregada al nuevo señor (de ahí la imagen de la “chingada”, explica Paz). Ese y otros traumas permanecen conscientes o inconscientes en el carácter nacional (generalmente lo segundo), con graves disfunciones sociales y de adaptación, como consecuencia.

Desde luego, se espera superar eso a través de la educación. Por ejemplo, dice un libro de texto de Formación cívica y ética (2008): “El ciudadano del porvenir habrá de corresponder a un tipo leal, honrado, limpio, enérgico y laborioso, exento de los complejos de inferioridad que tanto daño han causado a los mexicanos… Un tipo de ciudadano veraz en todo, veraz con sus semejantes y veraz consigo mismo; fiel a su palabra, superior a las mezquindades del servilismo gregario y la adulación”. Muy lejos estamos de ese tipo de ciudadano, y probablemente no logremos siquiera aproximarnos a ese ideal en tanto los actores sociales se comporten justo de manera opuesta a ese modelo ideal que se espera forjar. Y es que, explica el propio texto dirigiéndose a los maestros: “La sociedad encomienda al magisterio una tarea importante y delicada: el desarrollo cívico y ético de los niños y las niñas”. La Iglesia en manos de Lutero.

Revisando los libros de historia de cuarto y quinto de primaria (1994 y 1995), encuentro que hay una visión equilibrada y objetiva de la Conquista, hasta donde eso es posible. Hernán Cortés no aparece como el villano irredento, sino como lo que básicamente fue: un hombre de su época, pragmático, arrojado y con grandes dotes militares y políticas. “Cortés siguió una táctica astuta: atemorizaba a los indígenas con su fuerza militar y su crueldad, y al mismo tiempo los invitaba a que fueran sus aliados”. Tampoco se reproduce ahí el viejo prejuicio de que “los españoles nos conquistaron”. No nos conquistaron a los mexicanos porque no existíamos: fueron los aztecas los derrotados por otros pueblos indígenas, encabezados por Cortés y su puñado se hombres. Es más precisa la afirmación de este libro en el sentido de que “Cortés se dio cuenta de que los mexicas eran tan poderosos como odiados”. Los españoles “establecieron con los tlaxcaltecas una alianza definitiva” aprovechando “sus rivalidades (con los aztecas)”. Y La Malinche aparece también, no como la prostituta traidora, sino como “muy inteligente, (que) fue intérprete, consejera y compañera de Cortés. Tuvieron un hijo que se llamó Martín”. Hay más descripción que descalificación. Esperemos que los ajustes planeados para la enseñanza histórica mantengan esa línea de análisis, preferible a la que se manejaba anteriormente, al menos en lo que toca a la forma de abordar y entender la Conquista. Distorsión que llevó a muchos adultos de hoy a identificarse con sólo una de las raíces esenciales de la nacionalidad mexicana, generando desconcierto en lugar de entendimiento sobre lo que somos, y por qué somos como somos (para bien y para mal).

Esperemos que los ajustes planeados para la enseñanza histórica mantengan esa línea de análisis, preferible a la que se manejaba anteriormente.

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