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13-Ago-2009

El hilo negro

Victoria Schussheim

La ley inexorable


El hilo negro

Cualquiera podría pensar, a juzgar por el título, que estoy a punto de chutarme un rollo aburridísimo sobre la justicia en nuestro país. Pues no. Aburridísimo podrá ser, no le digo que no. Pero quiero hablar de una ley mucho más inexorable que la lenta, tambaleante, sesgada, comprada y vendida justicia nacional.

Es una ley económica. Y aunque tengo poquísima fe en las capacidades predictivas de la economía, cosa que la realidad corrobora permanentemente (si no me cree, mire a su alrededor), ésta es la gran excepción, la que confirma la regla.

(No puedo evitarlo: tengo que hacer un paréntesis a modo, si quiere, de breviario cultural. La excepción que confirma la regla, cosa que en cuanto se la piensa tantito suena absurda, es en realidad un error de traducción. La expresión correcta habla de la excepción que pone a prueba la regla; si la regla pasa la prueba, pues regla es; si no, se desmorona. ¡Uy, qué alivio habérmelo sacado del alma!)

Un señor, economista él, estadunidense, y que por cierto vive y al parecer goza de cabal salud, llamado Arthur B. Laffer, enunció por ahí de los 80 una ley de una simplicidad prístina. Estoy segura de que, si la conozco yo, la tiene que conocer nuestro secretario Carstens quien, sin embargo, parece ignorarla. O despreciarla. O desafiarla.

El señor Laffer planteó un escenario, como se dice ahora, de una enorme simplicidad. Supongamos, dijo, que hay un país en el que no se cobran impuestos. Por nada. A nadie. Nunca. Ni ISR ni IVA ni tenencia ni trámite de la licencia. Nada de nada. Hasta donde yo sé hay un lugar así: el sultanato de Brunei. Tal vez las cosas hayan cambiado recientemente, pero hasta hace muy poco tiempo la fortuna personal del sultán, en gran medida basada en las exportaciones petroleras, era tan grande, que sufragaba todos los gastos del país. En un lugar así, donde la tasa impositiva es de cero, la recaudación impositiva, evidentemente, será también de cero.

Ahora supongamos que hay otro país en el cual la tasa de impuestos es de 100 por ciento. O sea, uno debe pagar por concepto de impuestos hasta el último centavo de lo que gana. (Este otro escenario es ficticio; muchas naciones se han acercado, pero ninguna llegó al total absoluto.) Si tuviese que entregarle al Estado todo lo que gano, dejo de trabajar, desde luego. O evado a gran escala. El resultado, dice Laffer con mucha sensatez, sería también de recaudación cero.

Y en el medio hay toda una gama impositiva. A medida que los impuestos van ascendiendo, va subiendo, claro, la recaudación. Pero —y éste es el “pero” fundamental— no de la misma manera. A mayor impuesto, no necesariamente mayor tasa de recaudación. Los contribuyentes empiezan a usar distintas tácticas para no pagar sumas excesivamente altas. Y no todas ilegales. Por ejemplo, se recurre al trueque (tú, dentista, me compones la dentadura y yo, mecánico, te arreglo el auto). Esto se matiza también de acuerdo con la percepción de los causantes. En Suecia, digamos, donde se pagan impuestos altísimos (proporcionales, conste: a mayor ingreso mayor tasa, como debe ser en el mundo civilizado, aunque no lo sea aquí), un ciudadano podrá refunfuñar, pero pensándolo bien no tiene ni siquiera la responsabilidad de nacer: de eso se encargan sus padres. Y a partir de ahí, el Estado se hace cargo más o menos de todo.

En México, donde todos pagamos el inescapable impuesto que representa la corrupción (la propina al de la basura, la navidad al cartero, los diez pesitos al vieneviene, los amortiguadores descuartizados, la educación privada, la medicina privada), porque con nuestros impuestos no dan salarios decentes ni hacen escuelas decentes, debemos pagar también una retahíla de impuestos que se suman, se acumulan y nos llevan cada vez más cerca de la otra punta de la ley de Laffer (cuando hablo en primera persona del plural me refiero a gente como usted y como yo; no a las inmensas empresas como Cemex, por ejemplo, que con un ejército de especialistas abocados a ello, paga impuestos de 67 pesos anuales. Textual.)

Por eso en este país es más rentable ser payasito en una esquina, tragafuegos en otra, o vender paraguas de todos colores en un semáforo, y contribuir a la economía con una aportación de... adivinó: cero.

La ley de Laffer es inexorable. Por favor, ¿alguien podría explicársela a nuestro ministro de Hacienda?

En este país es más rentable ser payasito en una esquina, tragafuegos, o vender paraguas.

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