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30-Jun-2009
Consejería
Pedro Alonso
Olvidos costosos
BASILEA.- Haber estado la semana pasada en el Foro Anual de la OCDE y durante este fin de semana haber tenido contacto con el Banco Internacional de Pagos (BIP) durante su Asamblea General Anual, me permitieron reflexionar sobre el estado de las cosas en la economía y sus alrededores, y de cómo llegamos a ello, escuchando a otros actores distintos a los que habitualmente leo o con quienes intercambio ideas al respecto con alguna frecuencia. Aunque en estos ambientes también me topo con algunos de los que puedo ubicar en alguno de los grupos mencionados. El tiempo y la ubicación, tanto profesional como geográfica, dan a las cosas distinto peso y color, incluso distinta forma.
Es evidente cómo fuimos capaces entre todos de pensar que entendíamos el funcionamiento de la economía con su actual dimensión global, no ver lo que realmente ocurría y, por lo mismo, no ser capaces de ver sus consecuencias, o al menos, el tamaño que éstas podían llegar a tener.
Lo cierto es que si bien no era fácil, en unos casos las conciencias deben de estar más tranquilas que en otros, lo mismo que la integridad económica puede estar en mejor forma para unos, al igual que los principios éticos. Que cada quien se ubique en la posición que le corresponda.
La Consejería del miércoles pasado la encabecé con el título Demasiado libre, demasiado tiempo, haciendo referencia al modelo de economía de “libre mercado” en el que vivimos y en el que muchos creemos y que, sabiéndolo imperfecto, tratamos de adecuar a las circunstancias, hasta llegar a pensar que lo conocemos bien y hasta lo dominamos, y ahí está la falsedad.
De tal suerte que, cuando funciona mal, podemos inventar algún razonamiento para explicar como virtud a un defecto, si es que esto nos favorece o para anatemizar a una idea o a las personas que las promueven si van en contra de nuestros beneficios, lo que en el fondo se origina en que nadie está dispuesto a agitar al avispero demasiado fuerte, no por el riesgo de resultar picado por las avispas, sino quizá por el de ser señalado como el culpable del daño, con las consecuencias que ello pueda traer consigo, en la esfera en que cada quién se mueve, que a veces es más de una.
Así, al final resultó que los desequilibrios globales que se vinieron creando sí contaban: los grandes déficit fiscales y de cuenta corriente, los enormes superávit comerciales y las reservas que en consecuencia muchos acumularon, las monedas que no se apreciaron dada esa acumulación y las que en contraparte no se depreciaron lo suficiente, etcétera.
Todo eso de lo que mucho se habló y que para una gran cantidad de personas, incluidas algunas que se dicen entendidas del tema, llegó a ser repetitivo y aburrido, sí pesaba y distorsionaba la esencia del modelo de “libre mercado”, es decir, la competencia más o menos equilibrada entre los participantes. Y resultó que los rendimientos excepcionales de diversos mercados y los altísimos precios que algunos bienes alcanzaron (hace un año el petróleo llegó a su precio máximo y se acercó a los 150 dólares por barril. Hoy, después de haber subido casi 100% desde su mínimo en la caída, el precio del crudo es más o menos la mitad comparado con un año atrás), así como el bajísimo de otro, tan importante como el del crédito (la tasa de interés) se explicaban a partir de la eficiencia de la economía, su crecimiento y el “exceso de ahorro” que esto generaba. Y no era así. Se veía lo que se quería ver y se minimizaba aquello que contravenía al “buen” funcionamiento del modelo.
Se nos olvidó que el mercado es gente y que comete errores tan grandes como su creatividad permite y queda claro que tal virtud es de buen tamaño en el género humano. Que en la economía los ciclos siguen existiendo y que a la vez en su interior se conforman por varios, de diferente tipo y que para que las cosas funcionen, se requiere cierta armonía entre ellos y que cuando uno o más de uno exceden en su desempeño a otros, se generan distorsiones que a la larga, de no detectarse a tiempo y hacer algo para regresarlos a la normalidad, provocan crisis como la que hoy tenemos, que no acabamos de entender y en consecuencia de medir, para así poderla controlar. Por eso, mi decir de Demasiado libre, demasiado tiempo. Se nos salieron los pollos del huacal, dice nuestro dicho. Ahora hay que juntarlos —a los que queden— y convencerlos para que entren en orden. Porque a no a todos se les puede obligar o simplemente agarrarlos del pescuezo y meterlos a la jaula. Suerte.
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