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02-Jun-2009

Economía sin lágrimas

Ángel Verdugo

¿Reconoceremos —algún día— lo que nos pasa?


La llamada de atención que en los años setenta recibimos, no fue atendida y ya ven lo que ocasionó.

Los datos —negativos, los califican algunos; otros, simplemente objetivos y merecidos— siguen cayendo como mazazos; no hay día en que no recibamos uno que viene, simplemente, a reflejar lo que somos y las condiciones críticas en las que nos encontramos.

Lo descarnado de la cifras a nadie parece impresionar; despierta más interés un par de juegos entre dos equipos de medio pelo que la realidad de una desgracia cuyas causas —por más que lo repitan quienes no se atreven pues lo saben bien, a decir la verdad— no están en “una crisis que viene fuera” sino en la clase de país que hemos construido a lo largo de estos últimos 80 años.

A esos dos equipos que poco se distinguen del resto, panegiristas interesados pretenden venderlos como unos gigantes del espectáculo cuando su realidad nos habla de una mediocridad —más que evidente a lo largo de la temporada— que comparten con el país y su economía, y con la política y el desempeño de quienes se dedican a esta actividad. Pocas cosas se salvan de esa mediocridad que asfixia y reduce —cuando no limita del todo— el avance y el crecimiento de la economía.

Lo más dramático de este espectáculo reflejo —como ya dije— de lo que somos, es el papel rayano en el ridículo de quienes de lunes a viernes pretenden a toda costa dar la imagen de “expertos” —no tienen ciencia aborrecida— además de monopolizadores de la moral republicana ya que parecen haber olvidado su pasado no tan lejano, y el fin de semana enseñan el cobre de su verdadero nivel entregándose “a disfrutar” —también a pontificar— el mediocre “circo” en el que las partes interesadas han convertido el “deporte de las patadas”.

No le busquemos más, no pretendamos ser lo que a la fecha parece ya imposible; somos un país mediocre, desorganizado, corrompido y con una sociedad tan propensa a delinquir que deberíamos vivir en el pánico constante; sucio a niveles casi obscenos y adorador al grado de fanatismo de la ilegalidad. Somos —porque así lo hemos decidido con nuestra conducta y visión del desarrollo— un país sin futuro; uno que cree que el pasado da para todo, incluso para competir con éxito en la globalidad.

¿Cómo reaccionamos ante las cifras que evidencian el desastre? ¿Las aceptamos, para de ahí partir en la búsqueda responsable de las causas que nos tienen en esta situación? ¿Acaso las tomamos como el mejor estímulo para proponer un conjunto de medidas que enfrenten aquéllas y detengan la debacle?

Claro que no; somos mexicanos no suecos o noruegos; aquí, las cosas se resuelven de otra manera pues somos “únicos e irrepetibles”. Ojalá esta afirmación del Presidente —con cierto tufo a aquello de la raza aria de triste memoria y peor resultado— sea verdad pues si con nosotros cómo anda el mundo, ¿se imagina si hubiere más de un pueblo como el que hemos logrado conformar?

¿De qué sirve tener acceso a datos acerca del desempeño y realidad de nuestra economía y a proyecciones de algunas variables clave? ¿Habrá alguien que las tome en serio y convierta en referente para diseñar políticas que ayuden a corregir el rumbo? ¿Son mencionadas siquiera en las reuniones en las que se deciden las líneas centrales del discurso, no solo presidencial sino de la administración entera?

La pregunta clave en esta ópera bufa que hace años representamos, es la del título. ¿Cuánto tiempo más mantendremos la conducta hecha nuestra desde fines de los años sesenta del siglo pasado? ¿Cuánto más aguantará este arreglo institucional que con cambios cosméticos, es el que con gran habilidad de autócrata y cacique perfeccionó Lázaro Cárdenas —el Grande, no el muchachito que es su homónimo—?

La llamada de atención que en los años setenta recibimos, no fue atendida y ya ven lo que ocasionó; ¿hoy, repetiremos nuestra respuesta de entonces: Hacernos tontos? Creo que sí; no veo disposición alguna a reconocer lo que nos pasa.

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