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21-May-2009

El hilo negro

Victoria Schusseim

Como idea era muy buena


Aunque ya pasó tanto tiempo, recuerdo perfectamente los chistes de la época de Echeverría (en otras latitudes eran de gallegos). El propósito de todos ellos que siempre sospeché orquestados en los laberintos de alguna agencia neoyorquina de relaciones públicas era hacer quedar como idiota al entonces presidente.

Recuerdo también, aunque en este momento no sea políticamente correcto decirlo, que muchas de sus ideas fueron muy buenas. Fruto de una de ellas, por ejemplo, fue la creación de un centro de alto nivel dedicado al estudio de las plantas medicinales, que arrojó muchos y muy importantes resultados.

Otra, que lamentablemente no prosperó (digo lamentablemente porque me hubiese encantado ver qué tal resultaba) fue la de importar elefantes como animales de trabajo en zonas de selva tropical del país.

Una más, que parecía buenísima en ese entonces, era la de recuperar la ancestral tradición de los tianguis, y crear mercados callejeros en los cuales los agricultores y criadores, próximos a las grandes ciudades, vendiesen directamente sus productos al público. No tenía desperdicio y todos ganábamos. Todos, claro está, menos los intermediarios, que se enriquecen a costa de una explotación en ambas direcciones: les pagan precios ínfimos a los productores y nos cobran precios extorsivos a los consumidores.

Tristemente, como tantas otras buenas intenciones, ésta sirvió más que nada para pavimentar el camino al infierno. A ese infierno que todos los habitantes de esta ciudad no sé cómo estén las cosas en otras debemos enfrentar una o más veces a la semana, año con año.

Los tianguis, en los que algunos cada vez menos puestos venden más caros y no tan frescos productos que unas horas o hasta días antes estaban en la Central de Abasto, en el mercado de Jamaica o en el de La Merced, son ahora, principalmente, centros de venta de películas pirata, porquerías diversas y muchas veces indescifrables made in China, tenis de marca falsificados, ropa usada que proviene de Estados Unidos (quien quita y por ahí nos llegó la influenza), pasadores, hebillitas y diademas, todas más o menos horripilantes, pilas, autitos de juguete y abundantes espadas mágicas, todos los cuales se descalabran a los tres minutos, después, supongo, de intoxicar a las criaturitas con masivas dosis de plomo, e innumerables cochinadas más.

Producir, nadie produce nada, excepto basura, claro, y unos embotellamientos que no por habituales son menos catastróficos. En mi ruta paso por tres grandes tianguis todas las semanas, sin contar otro que se fue erosionando con la instalación de un par de grandes supermercados y que quedó convertido en cuatro puestecitos, pero que en sus buenos tiempos me llevaba unos 20 minutos rebasar.

No, no creo que la respuesta sea ir al súper. Somos una ciudad de muchos y maravillosos mercados, donde se venden cosas que, si bien no vienen directamente de manos de sus productores, son bastante más útiles y necesarias. Por mencionar unos pocos (“de manera enunciativa y no limitativa”, dicen los abogados), ¿qué le parece el de San Juan? ¿O el de San Ángel? ¿Y el de Coyoacán? ¿Qué pero le pone al de Medellín, que reúne exquisiteces de todo el país y hasta de una buena parte de América Latina? Por no hablar del de Sonora, o el de dulces de La Merced, o los de flores, o el de su colonia, que seguramente existe. Y nuestros mercados están languideciendo.

Si no logramos salvarlos, vamos a vivir para lamentar la pérdida. Mucho más que la de unos posibles elefantes vagando por Palenque.

Somos una ciudad de mercados donde se venden cosas que son bastante útiles.

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