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03-May-2009

Bitácora del director

Pascal Beltrán del Río

Las otras epidemias: desconfianza, egoísmo, ignorancia


Está visto que la inversión en investigación y tecnología es indispensable para nuestro desarrollo y bienestar.

 

 

La crisis que se desató por el surgimiento y la propagación del virus de la influenza A/H1N1 parece haber amainado.

Quizá dentro de pocas semanas la epidemia no sea sino un episodio de la historia médica de este país, si bien sería ingenuo descartar un coletazo de la enfermedad o una mutación del virus que pudiera volverlo más peligroso.

Me atengo a lo que dice una de las voces más autorizadas en todo el mundo sobre este tipo de gripe, el doctor Francis A. Plummer, jefe científico del Laboratorio Nacional de Microbiología de Canadá, la persona que alertó al gobierno mexicano sobre la presencia de un nuevo virus:

“En este momento desconocemos más de lo que sabemos... Aproximadamente 80% de este virus está relacionado con algunas variedades de influenza norteamericana y el 20% restante es una variedad de la influenza euroasiática que se detectó por primera vez en Tailandia. Se reconfiguró para convertirse en algo totalmente nuevo. ¿Cómo, cuándo y dónde ocurrió? Es algo que aún no sabemos.”

Mientras los expertos lo descubren, y desarrollan planes para hacer frente a potenciales pandemias, bien haríamos aquí en discutir las realidades sociales que han salido a flote desde que salió a la luz el problema de salud pública que nos aqueja, del que usted se enteró oportunamente en Excélsior mediante una nota de primera plana de mis compañeros Ernesto Méndez y Laura Toribio (Desatan alerta casos atípicos de influenza, 22/IV/2009).

¿Cuáles son esas realidades? Pienso en tres:

1) La mayoría de la población tiene una enorme desconfianza en la información oficial. No en la que surge de una autoridad en específico sino en casi cualquier cosa que comunique un gobernante, sea local o federal, especialmente en situaciones de crisis.

Es verdad que hemos visto en estos días cómo han circulado versiones descabelladas, incluso verdaderas sandeces, y cómo las creencias se han elevado entre muchos mexicanos por encima de los conocimientos científicos… Pero ese no es el punto.

De lo que se trata es de llegar a la raíz de la desconfianza.

¿Por qué la mayoría de la gente —o un alto porcentaje, si se prefiere— piensa que detrás de cada declaración oficial hay una manipulación de datos o una mentira?

¿Por qué escuchamos decir a tantas personas que el gobierno federal había inventado esta crisis para “tapar” otras cosas, o que no nos está diciendo la verdad sobre los alcances de la epidemia?

Se dirá que la desconfianza es ancestral y es una herencia de la época del autoritarismo, pero, ¿por qué nos sigue acompañando, casi como una característica genética?

¿Por qué si el gobierno federal no dudó en dar la cara a los ciudadanos cuando se confirmó la existencia y la propagación del virus, una buena parte de los mexicanos, de todas las condiciones sociales, simplemente no le cree, igual que no cree que la muerte de quien fue secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño y sus acompañantes —mañana se cumplirán seis meses— haya sido un accidente, por más datos que se aporten al respecto?

Sin duda se pueden encontrar errores en la actuación de las autoridades locales y en la de las federales durante esta crisis sanitaria, pero ese no es el problema, pues no se cuestiona la eficacia del gobierno sino su confiabilidad. El problema es que muchos no le creen lo más básico.

Y no basta atribuirlo a la estupidez o a la idiosincrasia suspicaz. La meta de convertirnos en un país de instituciones sólidas pasa por ponerle remedio a esa desconfianza, que llega a ser mutua.

2) Nuestra grandeza de espíritu y nuestro sentido de la solidaridad están por los suelos.

Han sido lamentables las escenas en algunos supermercados de la ciudad (por cierto, en zonas socioeconómicas en las que uno pensaría que no falta el acceso a la educación): compras de pánico, clientes arrebatándose las latas de atún, la leche en polvo y el agua embotellada, como si el país estuviera a punto de entrar en guerra.

En estos días hemos visto a muchas personas sacarle la vuelta a sus vecinos y compañeros de trabajo, por la mera sospecha de que pudieran estar contagiados, antes que preguntar si se les ofrece algo.

Peor aún es la agresión física a los defeños que han salido de la capital en este puente forzado por las circunstancias, como ha ocurrido en Guerrero. Si así nos tratamos entre mexicanos, ¿cómo esperamos que traten a nuestros connacionales fuera del país?

Comportamientos como los anteriores están fincados en la mala información —volvemos al primer punto: ¿cuánta gente cree aún que el virus viaja libremente por el aire?—, pero también en un escaso civismo y un pobre sentido de pertenencia a la comunidad.

3) Nuestras prioridades están mal. El país actúa como si la investigación científica fuera algo exclusivo del Primer Mundo.

¿Por qué tuvimos que esperar a estar en medio de una crisis sanitaria para comprar equipos de análisis molecular, y perdimos tiempo en enviar muestras a Atlanta, San Diego y Winnipeg?

Está visto que la inversión en investigación y tecnología es indispensable para nuestro desarrollo y bienestar. La formación de científicos se ha dejado al esfuerzo individual de algunas personas sobresalientes, pero sigue sin haber al respecto una política de Estado.

Es tiempo de cambiar las cosas, dar lugar a las políticas públicas y asignar los presupuestos necesarios que pongan a la ciencia en la cima de nuestros objetivos nacionales.

He ahí tres realidades sociales sobre las que hay que trabajar, antes de que sobrevenga otra situación límite.

BUENA SUERTE, PABLO

Durante más de dos años, usted ha podido leer en estas páginas la columna Vida nacional, de mi compañero Pablo Hiriart. Él emprende ahora un nuevo proyecto periodístico, un reto en el que le deseo mucho éxito. Desde aquí, mi agradecimiento y un abrazo.

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