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03-May-2009
Catalejo
Esther Shabot
El fermento para los genocidios
Peculiares mecanismos de fomento de acciones genocidas siguen dándose en la actualidad
en diversos ámbitos
Una de las preguntas más pertinentes cuando se habla de genocidios es la de cómo ha sido posible que en tantos casos poblaciones enteras hayan caído en una locura de tal magnitud como para emprender, sin restricción moral alguna, atroces matanzas sistemáticas de hombres, mujeres y niños. La inclemencia que caracteriza a los comportamientos individuales y colectivos de la parte que perpetra un genocidio es motivo de análisis para dar cuenta de cómo sociedades aparentemente civilizadas y decentes pueden convertirse en famélicas asesinas de multitudes a las que, de algún modo, perciben distintas y amenazantes.
Sobrevivientes de los genocidios de Ruanda y de Darfur estuvieron presentes en la conferencia sobre derechos humanos que se organizó en paralelo y como respuesta a la de Ginebra-Durban II de hace dos semanas. Ellos hablaron acerca de sus respectivas experiencias como víctimas del genocidio y dejaron en claro que esta clase de brutalidades no ocurre nunca en un vacío. Se requiere obligadamente de una satanización previa del grupo a victimar, de tal forma que las matanzas sean ejecutadas bajo la convicción de que constituyen un acto de legítima defensa. Aniquilar a “los otros” pasa a ser así, en la subjetividad de los verdugos, un acto bueno, necesario y aun heroico.
La satanización no sólo permite que las potenciales víctimas sean vistas como una amenaza que obliga a actuar en legítima autodefensa. También justifica que se recurra en el discurso oficial a una deshumanización del enemigo con objeto de eliminar cualquier reticencia moral respecto a su exterminio. Cuando poblaciones enteras son convencidas mediante procesos complejos de lavado de cerebro de que el enemigo es un peligroso “subhumano”, están dadas las condiciones para el inicio de un genocidio.
Así en Ruanda los hutus difundieron con éxito el concepto de que los tutsis eran cucarachas y serpientes, mientras que las mujeres tutsis eran acusadas de ser truculentas seductoras que usaban sus encantos para conquistar y engañar a los varones hutus. Muy pronto los machetes de éstos empezaron a cortar cientos de miles de cabezas tutsis. Del mismo modo, en Bosnia se llegó a difundir en su tiempo la noticia de que los musulmanes estaban alimentando a los animales del zoológico de Sarajevo con niños serbios previamente secuestrados, acusación que sirvió de justificante para muchas de las matanzas antimusulmanas en Bosnia.
Con otros matices, pero también en la misma línea, cae el caso del nazismo contra las “razas inferiores” y especialmente contra los judíos. En el discurso oficial hitleriano éstos eran “ratas y parásitos inmundos” que amenazaban con destruir los fundamentos de la civilización aria. Si nos remontamos a la Edad Media encontramos esquemas parecidos cuando los pogromos antijudíos eran legitimados como medidas de defensa ante el presunto envenenamiento de los pozos de agua por los judíos, o el secuestro y asesinato de niños cristianos para utilizar su sangre con fines rituales.
Estos peculiares mecanismos de fomento de acciones genocidas siguen dándose en la actualidad en diversos ámbitos. Su presencia debe ser sin duda un foco rojo reconocido por la comunidad internacional a fin de neutralizarlo por todos los medios posibles. Y habría que tener en cuenta que la labor de desmitificación y destrucción de prejuicios fundados en visiones monolíticas, racistas y excluyentes que demonizan a pueblos enteros enfrenta nuevos desafíos en esta era de globalización y alto desarrollo de las tecnologías de la comunicación. Porque el mundo interconectado de manera tan eficiente posee muchas ventajas, pero también genera, simultáneamente, el riesgo de que las ideologías encargadas de fomentar las visiones racistas y deshumanizadoras aprovechen esta eficiente conectividad para extender sus programas genocidas.
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