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30-Abr-2009
El hilo negro
Victoria Schusseim
Mira cómo tiemblo
La situación lo amerita. No es momento de escatimar esfuerzos. Hoy no basta con dos teclazos para encontrar unas cuantas etimologías en internet. Hay que levantarse, descolgar un volumen del Diccionario Crítico Etimológico de Corominas (son seis, todos pesadísimos) y abrirlo por la E. La primera sorpresa es que entre “épico” y “epilepsia” no está “epidemia”. Hay una remisión rarísima: “Epidemia, epidemial, epidemicidad, epidémico, V. democracia.” ¿Democracia? Que cosa insólita. Por suerte está en el mismo tomo II y no necesito volver a trepar a una tambaleante silla giratoria. Y no, no era una errata; en efecto aparece al final de la entrada de “democracia”, y después de “demografía” y “demográfico”. Claro, es Corominas y entonces lo escribe en griego, que descifro lenta y trabajosamente (además de mal, supongo), porque según yo dice precisamente eso: “epidemia”, “residir en un lugar en calidad de extranjero”, de “demos”, pueblo o población. No puedo afirmar que me aclare mucho, pero por lo visto Hipócrates, el padre de la medicina, lo entendía, porque así tituló uno de sus tratados. Sólo que según unos pitonisos que me encontré en la red, lo que quería decir entonces era “relatos de enfermedades vistas en mis estancias en pueblos”.
De lo que sí podemos estar seguros es de que había epidemias. Y devastadoras. Desde las plagas bíblicas hasta algunas que definitivamente cambiaron la historia de la humanidad. Como la peste negra (presumiblemente peste bubónica), que se calcula mató por lo menos a la tercera parte de los habitantes de Europa en el siglo XIV. Y que de paso dejó una obra literaria inmoral como el Decamerón. O la gran peste de Londres de 1666, que además de producir otra obra extraordinaria, El año de la peste, de Daniel Defoe, hizo que Isaac Newton fuese a refugiarse al campo y se pusiese a mirar manzanas, con las consecuencias de todos conocidas. Un brote que se produjo en Orán en los años cuarenta dio origen a otra obra maestra, La peste, de Albert Camus.
No parece que la llamada “gripe española” posterior a la Primera Guerra Mundial dejase algún legado literario. Tal vez por su infinita devastación. Las cifras varían mucho, pero desde hace años se han estado revalorando y se habla de entre 50 y 100 millones de muertos. Fue tal vez la peor pandemia de la historia.
Precisamente para que en la actualidad no pueda ocurrir algo similar, la Organización Mundial de la Salud se ha hecho responsable de centralizar las medidas de precaución y mitigación con las que nos hemos familiarizado tanto en estos últimos días. En nuestro mundo de globalidad la posibilidad de difusión de las enfermedades se ha multiplicado. Claro, también lo ha hecho el conocimiento científico, y literalmente en unas cuantas horas pudo identificarse un nuevo virus para el cual —bendito chiripazo— funciona una medicina que ya existía y que además había adquirido nuestro país en grandes cantidades ante la posibilidad de una epidemia previa.
Pobres de nosotros, francamente. Nos llueve sobre mojado: narcoviolencia, contaminación, crisis, influenza y encima, en medio de todo, temblor. No sólo no hay para dónde hacerse. Tampoco hay con quién enojarse, que tal vez sea lo más frustrante de todo. Hasta las autoridades parecen estar actuando de manera irreprochable. Tal vez por eso, con el inquebrantable humor ante el desastre que ha caracterizado siempre a los mexicanos, desde el lunes, día del sacudón telúrico, empezó a correr un chiste, en un esfuerzo encomiable por no dejar que los desastres acumulados nos aplastasen: “¿Qué le dijo la Ciudad de México a la influenza? ¡Ay, mira cómo tiemblo!”
Un brote que se produjo en Orán en los años cuarenta dio origen a una obra maestra, La peste, de Camus
El hilo negro
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