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26-Abr-2009
Catalejo
Esther Shabot
Ginebra: el mundo al revés
Habrá que analizar en los próximos días si de las sesiones llevadas a cabo en esa ciudad a lo largo de la semana emanan resoluciones que en verdad promuevan cambios positivos.
La segunda edición de la Conferencia Internacional contra el Racismo patrocinada por la ONU se llevó a cabo en Ginebra la semana pasada. Su antecedente en Durbán, Sudáfrica en el año 2001 había sido un verdadero fiasco puesto que en aquel entonces la inmensa mayoría de los casos de discriminación y racismo que por su gravedad merecían ser tratados en una Conferencia de tal naturaleza, fueron dejados de lado y prácticamente silenciados, para desesperación de los muchos grupos humanos que guardaban expectativas de mejoría de su situación a partir de tal reunión. La causa principal de ello fue que varias de las naciones organizadoras y de las ONG ahí presentes llegaron con un solo tema privilegiado en su agenda, el cual enarbolaron de manera obsesiva durante la casi totalidad de las sesiones: la satanización del Estado de Israel y del movimiento de liberación nacional del pueblo judío, es decir, del sionismo, a nombre de la defensa de los derechos nacionales palestinos.
La escasa seguridad de que ocho años y medio después las cosas fueran diferentes en Ginebra, hizo que nueve países anunciaran de antemano su negativa a participar. Estados Unidos, Israel, Alemania, Italia, Holanda, Canadá, Australia, Nueva Zelandia y Polonia desistieron de enviar delegaciones porque consideraron que el documento que serviría de punto de partida para la Conferencia, si bien poseía un contenido menos radical y sesgado que el que se produjo en Durbán, no cumplía con ciertos requisitos básicos correspondientes con la misión encomendada a una conferencia internacional contra el racismo.
Y he ahí que para reanudar la polémica alrededor de los mismos obsesivos temas, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad asistió como orador en la sesión plenaria de inauguración celebrada el lunes 20. La historia de esta participación difícilmente podía haberse dado de otra manera. A pesar de que el secretario general de la ONU, Ban-Ki-moon le solicitó previamente a Ahmadinejad no recurrir a sus acostumbradas bravuconadas, éste reincidió en sus condenas a Occidente y en sus amenazas de destrucción del Estado de Israel al cual calificó como la mayor plaga que padece la humanidad. Resultado: cerca de veinte representantes de diversos países, la mayoría de ellos pertenecientes a la Unión Europea, abandonaron el recinto como muestra de rechazo al discurso del Presidente iraní. Entre los comentarios adversos a éste no faltó la referencia a lo grotesco que resultaba tener como orador principal en una reunión en defensa de los derechos humanos y contra la discriminación, al máximo representante de un gobierno caracterizado por una abierta opresión a sus mujeres, a sus minorías (como los bahais que son perseguidos y segregados de manera cruel) y a sus homosexuales, entre otros.
Habrá que analizar en los próximos días si de las sesiones llevadas a cabo en Ginebra a lo largo de la semana emanan resoluciones que en verdad promuevan cambios positivos para los objetivos oficialmente fijados. Sin embargo, existe en muchos espacios un escepticismo bien justificado acerca de que encuentros como éste sean capaces de beneficiar la causa de los derechos humanos y contribuir al combate contra el racismo cuando las principales naciones que son titulares en Naciones Unidas para manejar esta agenda —como Libia, Siria, Arabia Saudita y Cuba— se caracterizan por ser exactamente lo contrario a lo deseable para estos objetivos, es decir, son autocracias ajenas a prácticas democráticas mínimas. Ginebra 2009 y Durban 2001 son por ello algunas de las muestras más claras de las paradojas y aberraciones que caracterizan a los modos de operar de la Organización de las Naciones Unidas. También son elocuentes del desgaste y las distorsiones que han sufrido el lenguaje y los conceptos cuando los mayores violadores de derechos humanos y los más grotescos representantes de regímenes dictatoriales son quienes logran erigirse como los máximos jueces que deciden a quién sí y a quién no sentar en el banquillo de los acusados.
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