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12-Ene-2009

Razones

Jorge Fernández Menéndez

Krauze, estados fallidos, embajadores


A pocas horas de que el presidente Calderón se encuentre con el mandatario electo de Estados Unidos, Barack Obama, hay varias reflexiones que se deben hacer en torno a la relación bilateral. Primero, es casi obligado leer el texto que Enrique Krauze presentó ante la reunión de embajadores y cónsules (y el presidente Calderón) el viernes pasado. Es obligado porque del mismo se divulgaron sólo algunas frases, en la mayoría de los casos fuera de contexto, y porque allí Krauze establece con claridad algunos puntos que son imprescindibles para comprender hacia dónde pueden los presidentes Calderón y Obama llevar la relación.

Enrique consigna el deterioro de la imagen de México en el mundo y en particular en Estados Unidos. Es injusto, dice, porque opaca los progresos que ha logrado el país en los últimos 20 años ante las imágenes de violencia y guerra, misma, dice Krauze, “que el destino y la geografía nos tenía deparados”. Es, agrega, “una guerra sin ideología, sin nobleza, sin rostro, sin reglas, sin cuartel” y acepta que “no sé si podemos ganarla”, pero sí “que debemos librarla y valerosamente lo estamos haciendo”.

No está el historiador esperanzado en que se modifiquen las tendencias en el consumo de drogas en Estados Unidos, pero considera que es mucho lo que se puede hacer para mejorar la realidad y la imagen en ese país. Plantea continuar con la construcción de un aparato de seguridad, que “disipe las nubes de teoría e ideología, para modificar con empeño y rigor nuestras cárceles, policías, leyes, sistemas de inteligencia, servicios de información, tecnologías, estrategias de comunicación” (con un agregado nuestro: quien quiera comprender cómo interfieren esas “nubes de teoría e ideología” en esa construcción debe leer Legado de cenizas, el libro del periodista Tim Weiner sobre la historia de la CIA, es un trabajo espléndido). Pide, en ese sentido, “abandonar la esperanza de cambios súbitos y gigantescos que nunca ocurren”.

Demanda Krauze recuperar “la concordia” recordando a Lincoln (y seguramente sin olvidar el destino que le tocó vivir a ese presidente de Estados Unidos). Cuando llegue 2010 propone no concentrarnos en los movimientos insurgentes y revolucionarios, sino en recordar lo que hemos edificado a lo largo de 200 años.

El tercer punto es clave y sobre todo lo será hoy: debemos, dice, dar un giro a la relación con Estados Unidos. Explica el director de Letras Libres que, en una plática off the records con Condoleezza Rice, la todavía secretaria de Estado de la Unión Americana, dijo que los dos sitios más álgidos del mundo eran “Pakistán y México”. Según Krauze no lo son, pero señala que la percepción de que México puede resultar un “Estado fallido comienza a permear en los salones de Washington”. Para “revertir esa tendencia”, dice Krauze, no basta con la publicidad, además de los resultados tangibles de la guerra contra el crimen es necesario instrumentar una nueva relación con EU, que avance en la agenda bilateral y los persuada de modificar su cómoda percepción del tráfico de drogas y la violencia (y que debería pasar, agreguemos, en estos momentos, más que en la multicitada y poco probable reforma migratoria, por una exigencia real en el control de armas y el lavado de dinero, además del comercio). Y recalca que para ello no basta la tarea diplomática. Y concluye con una reflexión personal ante la visión del Estado fallido que ha publicado, por ejemplo, la revista Forbes: las caras de los miles y miles que el domingo pasado caminaban en paz por el centro de la ciudad. “No son inquilinos de este país concluyó llevan generaciones de habitarlo y amarlo. Debemos proyectar esas caras al mundo exterior”.

El texto engarza perfectamente con la realidad: una guerra que tal vez no se pueda ganar, desde el momento en que quizá ni siquiera pueda definírsela como tal, pero se debe librar; que disloca la percepción del país; exige, demanda, recuperar la concordia en lugar de ahondar las heridas. Y un contexto global que nos obliga a replantear la relación con un Estados Unidos que comienza, también, una nueva era con la que hoy tendremos, como país, un primer contacto formal.

Dice Krauze, y es verdad, que todo ello excede la labor diplomática. Pero sin ella lo demás termina girando en el vacío. Por una extraña coincidencia (pocas veces ha sido así), México y Estados Unidos han tenido en estos momentos dos embajadores que, como pocos, pueden y han contribuido a buscar mejorar ese entendimiento, a colocarlo sobre otras bases. El estadunidense Tony Garza, que dejará esa posición en las próximas semanas, ha sido uno de los representantes de su país que más y mejor han entendido a México, y de los que mayores esfuerzos han realizado para que ello permeara en Washington. Hablando de despejar “las nubes de teoría e ideología”, el trabajo de Garza ha sido notable y, sea quien sea su sucesor, tendrá que superarse en extremo para alcanzar esos niveles de diálogo y comprensión, con el gobierno y con la sociedad, aquí y en la Casa Blanca.

En Washington, Arturo Sarukhan ha tenido una labor notable. El manejo del proceso electoral, tanto en las internas como en las elecciones y en la transición, ha sido pulcro en extremo y ha logrado que, en ese contexto, en el cual la xenofobia, el discurso antimexicano o el legítimo temor ante la violencia podrían haber marcado la campaña, consiguió que todos los participantes principales terminaran intentando comprender lo que sucede en México, tratando al país con respeto y, como se dijo el viernes, “quizás no queriéndonos pero sí con posibilidades de que nos conozcan mejor”. El resultado del encuentro de hoy es producto de muchas cosas, de labores de cancilleres, equipos, funcionarios, tradiciones, incluso de errores, pero también del trabajo de dos buenos embajadores. Para Tony Garza, sólo cabe desearle lo mejor.

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