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01-Sep-2008
Juegos de Poder
Leo Zuckermann
La política, el espectáculo y la televisión
DENVER, Colorado.- Ha terminado la Convención Nacional Demócrata. Ahora el espectáculo se trasladará a Saint Paul, Minnesota, donde comenzará la Convención Nacional Republicana. Y digo espectáculo porque en eso es en lo que se han convertido las convenciones partidistas en este país. Lejos han quedado las épocas cuando los operadores políticos negociaban en el piso de la asamblea quién sería el candidato presidencial. El quid pro quo, el arreglo en lo oscurito, el apretón de manos. En la actualidad, las convenciones no deciden nada. Cuando se inicia la sesión, todo está planchado. Gracias a las elecciones primarias, ya se sabe quién será el candidato presidencial. Si la Convención ya no decide, entonces hay que aprovecharla para darle un gran show al electorado. Una maquinaria propagandística a favor del partido y su candidato, y en contra de los adversarios. Aquí, en Denver, todos los que subieron al pódium alabaron a Barack Obama y criticaron a John McCain.
Las convenciones son un gran espectáculo. Todo está diseñado para que salga bien en la televisión. Más que hablarle a la asamblea, los que toman la palabra le hablan a las cámaras. Los discursos están cuidadosamente diseñados para eso. Cuando algún político va a usar una frasecita pegajosa, en el auditorio entregan letreros con esa misma frasecita para que los agiten los presentes. El resultado es una toma perfecta para la televisión: el político que dice algo y la gente que “espontáneamente” le celebra la ocurrencia con letreros que dicen lo mismo.
No me sorprendería que el productor de este gran espectáculo fuera alguien relacionado con la industria del cine o de la televisión. Un jugador de Hollywood. Porque todo, absolutamente todo, está cuidado. Hasta el mínimo detalle. Desde cómo están sentadas las delegaciones hasta la música que toca la banda entre un discurso y otro. Desde quién presenta a los invitados estrella de la noche hasta los videos melosos que los anuncian. No hay un cabo suelto.
El drama es uno de los principales elementos de esta maquinaria propagandística contemporánea. Véase, por ejemplo, la actuación de Hillary Clinton. La gran duda que había en esta Convención era si la ex candidata apoyaría entusiasta y contundentemente a Barack Obama . Sólo un gran guionista de Hollywood podía escribir el drama como esto ocurrió. Un momento espectacular. Comienza la votación de las distintas delegaciones estatales. Va ganando Obama. De repente, cuando toca el turno de Nueva York, llega Hillary a la asamblea. Toma la palabra y pide suspender la votación para nombrar por aclamación a Obama como el candidato presidencial. La asamblea se vuelve loca. Ruge un “sí” a favor del afroamericano. Los presentes lloran, se abrazan, gritan y bailan. Por primera vez en la historia de este país, un hombre de raza negra competirá para despachar en la Casa Blanca. Y fue la candidata perdedora la que aceptó su derrota. La que le entregó definitivamente el título de candidato presidencial. Una gran escena para un gran show. Drama total. Es lo que el público estadunidense quiere ver. Es lo que los políticos les ofrecen.
Mucho se ha escrito en la ciencia política de este tema: de cómo la política se ha convertido en espectáculo. Sin embargo, resulta muy impresionante verlo de primera mano. Sobre todo que los estadunidenses son, quizá, los mayores expertos en esta materia porque, por un lado, tienen la industria mediática más exitosa de la Tierra y, por el otro, los políticos han entendido que un buen show consigue votos. Al fin y al cabo, los grandes espectáculos son máquinas propagandísticas muy eficaces, tanto en las democracias como en los regímenes autoritarios y totalitarios.
En este país los políticos saben del gran poder que tiene la televisión en el electorado. Y lo que tratan es de atraer la atención televisiva para lograr mejores coberturas. Por eso cuidan hasta el mínimo detalle en los discursos, videos, música, vestuarios y escenografía. Por eso procuran que haya drama que incremente los índices de audiencia. Aquí los políticos, en lugar de quejarse sobre la televisión, la cortejan. La buscan. La miman. Montan un gran espectáculo para la pantalla chica. Porque, a final del día, en este mundo mediático de hoy, la política compite con los deportes, las telenovelas, las series y los grandes artistas. Si la política es aburrida, nadie la ve. Hay que hacerla interesante para que la gente se acerque a verla. Así es el público. Así es el electorado. Aquí en Estados Unidos no se lamentan de esta realidad. La asumen.
Cosa que muchos políticos en México no han entendido. En lugar de asumir esta realidad mediática, la niegan. En vez de trabajar bajo esta premisa, pretenden cambiarla, como si pudiera borrarse por decreto. Absurdamente pretenden regresar a las épocas donde la televisión no existía. Determinan regulaciones ridículas para supuestamente “dignificar a la política”. Como si la culpa la tuviera la televisión y no el público que está del otro lado del aparato. En México, parecería que los políticos quieren que la política efectivamente sea aburrida. Y lo único que van a lograr es que la gente la vea así y se aleje de ella.
El tema de la política, el espectáculo y el poder de la televisión no puede resolverse en un solo artículo. Se trata de uno de los asuntos torales de la democracia contemporánea. Hay mucho que analizar. Sin embargo, me parece que hay que discutirla partiendo de la premisa de que la gran mayoría de la gente hoy en día se informa a través de la televisión con todo lo que ello implica. Por lo pronto, aquí en Estados Unidos, los políticos han asumido esta realidad. Y hacen todo lo que está en su poder para atraer la atención de la televisión. ¿Acaso se equivocan?
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