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25-Ago-2008
Horizonte político
José A. Crespo
Deporte nacional: espejo social
El deporte es una actividad social de gran importancia; es, entre otras cosas, una forma de mejorar la salud, una diversión individual y de grupo, un espectáculo de audiencias masivas y un negocio multimillonario. Es también tema de educación y salud pública e incluso un instrumento de propaganda y de manipulación política. Por eso mismo, además de ser motivo de comentarios y análisis de los especialistas en los medios, resulta igualmente una rama de la sociología que relaciona al deporte con diversas variables sociales, demográficas, culturales, políticas y económicas. Hay una relación entre varios componentes de la organización social, administrativa, política, económica y el tipo y nivel del deporte en cada país, lo que se deja sentir en las competencias internacionales. Por eso el deporte puede tomarse como un espejo (aunque no enteramente fiel) de la sociedad. Pierre de Coubertin, el promotor de las Olimpiadas modernas, era también un prolífico sociólogo que abarcó diversos temas, incluidodesde luego el deporte. Concebía a éste como una vía, no sólo para mejorar la salud física y mental de los individuos, sino con el fin de sanear la vida social de una nación. Decía: “Nuestra existencia (moderna) es contraria a la buena salud, a tal grado en que casi nunca somos capaces de disfrutar de nosotros mismos, a diferencia de los griegos clásicos” (Essais de psychologie sportive, 1922). Por su parte, Jeremy MacClancy, un sociólogo contemporáneo del deporte, sostiene que “el deporte no es un (sólo) reflejo de alguna esencia postulada de la sociedad, sino una parte integral, incluso una parte que puede servir para reflexionar sobre ella misma” (Sport, Identity and Ethenicity, 1996).
En América Latina, dice el sociólogo argentino Pablo Alabarces, la sociología del deporte llegó tarde, porque el bajo nivel de esa actividad en la región provocó que los académicos se interesasen muy poco por el fenómeno, al menos como objeto de análisis sociológico (Peligro de gol, 2000). Y no es casual que la sociología del deporte se haya desarrollado primero en los países que al menos en alguno popular —el futbol— hayan destacado, como Brasil, Uruguay y Argentina. El nivel de competitividad deportiva de cada país es función de múltiples variables. Que en cada Olimpiada concluyamos que estamos por debajo de nuestra capacidad potencial refleja que hay vicios incrustados como un lastre en el deporte nacional, pero que son reflejo de la estructura social en su conjunto, como la corrupción administrativa, el influyentismo, la inercia institucional, la falta de incentivos y de oportunidades. Por ejemplo, la desorganización y la improvisación propias de nuestra identidad nacional se reflejaron en el asunto de los uniformes mal hechos o en la falta de cuidado en la dieta justo una noche antes de la competencia. Claro, siempre existe la posibilidad de que, pese a todo, algunos atletas escapen a esa pauta y logren destacar, pero constituyen la excepción a la norma. Y su endiosamiento mediático no hace sino reflejar de nuevo el bajo nivel de nuestro deporte.
Escribe Carlos Elizondo que “el fracaso (deportivo) revela una seria falta de organización, pero sobre todo algo más profundo: no estamos acostumbrados a competir” (Reforma, 22/Ago/08). Así es. Somos una sociedad en la que los diversos satisfactores se distribuyen menos por el talento, la superación y el esfuerzo personal, y más por el origen económico, el influyentismo, los compadrazgos y las triquiñuelas. En contraste, una sociedad altamente meritocrática como la estadunidense mantiene un elevado nivel deportivo, pese a que la intervención directa del gobierno es reducida.
Hay ahí una arraigada cultura de la competencia y la recompensa al mérito personal, además de una gran infraestructura de instalaciones deportivas en escuelas, empresas y colonias.
Que el tritón Michael Phelps haya ganado en su carrera deportiva una medalla de oro menos que nosotros en toda nuestra historia es ilustrativo de las diferencias estructurales entre ambos países. Y de China, ni hablar: ya nos dejó claro de quién será el siglo XXI.
El bajo nivel del deporte mexicano lleva a José Woldenberg a proponer una óptica alternativa como espectadores de los Juegos: en lugar de envolvernos en la bandera y sufrir una a una nuestras derrotas, disfrutemos del talento, el esfuerzo y el desempeño de los atletas, con independencia de su nacionalidad, viéndolos como un logro compartido de la humanidad.
Así, podremos considerar las hazañas de cada competidor como un triunfo de todos (22/Ago/08). Interesante y sabio consejo, pero habrá quien diga que más parece un mecanismo de defensa del tipo “lo importante no es ganar, sino competir”. Y muchos sentirán que el sereno placer de ver a los chinos, los rusos y los estadunidenses realizar sus proezas personales no se compara con la euforia de una medalla ganada por un compatriota y de escuchar el Himno Nacional en ese foro mundial. Por ello, la buena noticia es que el presidente de la Conade ya nos informó que “todo es perfectible... Ya tenemos muy bien identificado todo” (23/Ago/08). Lo cual significa que en Londres 2012 y después, tendremos una abundante cosecha de medallas.
Muestrario. Desde que hace cuatro décadas se introdujo en México el taekwondo, los mexicanos empezaron a destacar en las competencias internacionales de esta disciplina. Hay, pues, una trayectoria muy sólida y de larga data. Por cierto, quien introdujo el taekwondo en México (bajo el estilo moo duk kwan) fue el doctor Manuel Mondragón y Kalb, cuya escuela —la primera en que se impartió este deporte— se ubicaba en la colonia Roma de la capital.
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