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22-Ago-2008
Horizonte político
José A. Crespo
Legalidad, civismo y ética
Están listos tres nuevos libros de texto para primaria, sobre formación cívica y ética (tema al que se le dedicará una hora semanal). Sabemos que debe darse al niño una visión positiva y optimista del país, fundamento del nacionalismo. Pero la pedagogía moderna sostiene que el idealismo debe equilibrarse en alguna medida con cierta dosis de realismo, aun en la educación básica, lo que paradójicamente da fuerza a los elementos optimistas de la visión que se inculca. En cambio, un idealismo puro, desapegado por completo de la realidad en que se vive, no resistirá por mucho tiempo la prueba del ácido de la experiencia directa. El romanticismo se traducirá muy pronto en decepción, desánimo y cinismo, cuando el joven constate vivencialmente que muy poco de lo que se le enseñó se practica en la vida pública. Sobre todo en un país como México, en donde rige, no una cultura de la legalidad (que sólo puede construirse a través de siglos), sino una “cultura del agandalle”. Dado que cada quien se siente robado (por el gobierno, los ricos, los delincuentes, la policía, el imperialismo, los consorcios, el patrón, los empleados), se adjudica el derecho a compensarse como sea. Por eso, quien le roba a los demás bajo cualquier modalidad (de las muchas que practicamos), lejos de experimentar cargos de conciencia, se considera inteligente (siempre y cuando no lo pesquen), se siente apenas compensado, al grado incluso de dar gracias a la Guadalupana por haberlo “protegido” durante sus pillerías. Esa cultura es producto de nuestra tortuosa y triste historia, que en poco se parece a la de bronce que tradicionalmente se enseña en las aulas.
En los nuevos textos cívicos, ¿existe ese equilibrio entre idealismo y realismo? Más o menos. Del lado del idealismo, tenemos frases como: “No estás solo; tienes a tu familia (y maestros, compañeros y compatriotas) y a las instituciones que velan por tu bienestar” (¿?). Por el lado realista se enseña que no se debe mentir, no tanto por un valor abstracto, sino porque “te castigarán”. Claro, eso si se descubre la mentira (ahí entra el cálculo de la impunidad que prevalece en el ambiente social). De igual manera, se explica el valor práctico de hacer un favor a otro, pues “guardará gratitud y estará dispuesto a corresponderte”. Es la cooperación racional (no ética) que opera —cuando existe— en el mundo real. Es verdad también que “los acuerdos, las normas y las leyes benefician tu bienestar y el de los demás”. Y se agrega: “Para que un sistema de leyes funcione, todos los ciudadanos tenemos que creer en ellas, respetarlas, estar seguros de que a todos nos sirven de la misma manera y que no hay favoritismos o distinciones en su aplicación”. Pero se aclara: “Nuestra historia nos enseña que no es suficiente querer ser un país de leyes… Es necesario que con el trabajo y el compromiso de todos ayudemos a que la aplicación de leyes sea una realidad”. Una forma sutil y realista de decir que en México no existe la cultura de la legalidad, sino que está por construirse. Evidentemente, no se dice que, si alguien logra burlar las reglas con impunidad, se beneficia más que los otros (el “gorrón” de la teoría de juegos), y que cuando muchos no cumplen con ellas, el más perjudicado será quien sí las cumple. Explicar eso a los niños sería quizás un exceso, pero así funciona la realidad mexicana.
En otra parte, se lee: “En el sistema de gobierno (mexicano) la justicia se refiere a tres cosas. 1- Que cada persona tenga la seguridad y el respaldo de las leyes y la autoridad para que… su familia, su cuerpo y su dignidad sean siempre respetadas y protegidas. 2- Que se persiga y castigue a cualquier persona o autoridad que desobedezca la Constitución o las leyes… 3- Que todos esos castigos sean definidos por jueces imparciales y justos, quienes no pierdan de vista que (delincuentes e infractores) también son seres humanos con derechos que deben respetarse”. En efecto, de eso habla nuestra normatividad, aunque prácticamente no se cumpla, salvo excepcionalmente. Dicen también los libros que “si los diferentes grupos que componen nuestro país no se respetan y no se ayudan para tener condiciones de vida digna, no alcanzaremos una forma de vida en que todos seamos iguales y libres”, como evidentemente no la hemos alcanzado, según lo reconocen con realismo estos textos: “Diariamente vivimos situaciones en que no todos los mexicanos somos tratados de igual manera ni en forma justa. Las diferencias de sexo, origen étnico y lengua, estado de salud o ingreso son todavía motivos para no dar ni recibir trato de iguales”.
En lo que hace a nuestra identidad histórica, se vuelve a elegir a uno de los dos componentes esenciales de la nación mexicana (los indios, representados por Cuauhtémoc) y se excluye a la hispanidad (presentada como los “invasores extranjeros”). ¿No somos producto de ambos? Según los textos, no. Quienes tienen rasgos predominantemente indígenas deben sentirse orgullosos por la civilización y las tradiciones de sus antepasados, pero los que no tienen esos rasgos étnicos también deben sentir orgullo, no por descender de los europeos, sino “porque por lo menos algún abuelo suyo fue indio”. Y los que ni eso, también, “por el hecho de que ellos y sus padres han vivido entre nosotros”.
Es decir, no hay nada en la civilización europea que provoque orgullo, aunque constituya el otro pilar de la nacionalidad mexicana. Pese a todo, hay un significativo avance en estos textos (ojalá Mario Marín no los desaparezca con un banderazo mágico). Pero es la vida pública la que genera la socialización definitiva. Y en ella persisten aún la intolerancia, la simulación, el clasismo, la demagogia, la burla a la ley, la impunidad, la desorganización y la “cultura del agandalle”.
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