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11-Ago-2008
Desde cabina
Francisco Zea
Otra oportunidad perdida
“El pabellón de México no vale pa’ naaa”, expresión que regularmente me hubiera irritado en forma tremenda, viniendo de un español y criticando algo nacional. Pero esta vez había tres circunstancias atenuantes. Una: que esos españoles eran mis primos Luis y Mari. Dos: que le tienen un cariño puntual a México y, sobre todo, agradecimiento, habida cuenta de que el primero recibió de este país ayuda y cariño en un momento crítico de su vida y, tres, que estoy completamente de acuerdo.
La Expo Zaragoza 2008 es una muestra mundial de agua y desarrollo sostenible, en la cual más de 130 países montaron cada uno un pabellón, con sus visiones y soluciones relativas a los diversos tópicos del agua. México recibió un trato privilegiado, al ser, nuestro día nacional, el primero de esa Expo.
El presidente Calderón fue el orador inaugural en la Tribuna del Agua y el pabellón mexicano estaba situado inmediatamente al entrar. Para corresponder a esta deferencia, nuestro país encargó a Pro México, entidad responsable de la promoción de negocios en nuestra tierra, la responsabilidad de montar la exposición.
Al estar desvinculados del tema del agua, el resultado fue una serie de videos sosos, disociados e ininteligibles que ligaban a la credencial de elector con el agua.
Según los funcionarios mexicanos, la idea fue mostrar un México más moderno, a través de una rampa que serpenteaba entre proyecciones con aspectos del país actual, finalizaba en unas pantallas táctiles que al estilo de la presentación de los noticiarios de TV Azteca permitían que el asistente pudiera seleccionar cuál era su idea del agua como líquido vital. El resultado, un completo desastre. Las pantallas no funcionaban y los espectadores se quedaron con las ganas de una dosis aunque fuera pequeña de mariachis y cultura.
¡Ah qué miedo nos da que nos sigan vinculando a las rancheras, a Xochimilco y a las pirámides! Como si nuestras raíces estuvieran peleadas con el desarrollo.
Que alguien le cuente al arquitecto Landucci, prócer del pabellón, que cuando se va a Disneylandia se quiere ver a Mickey Mouse aunque se monte a la Space Mountain. Lo moderno y el desarrollo no están peleados con las raíces y con eso que encanta a los extranjeros: nuestro folclor. Pero, en suma, la Expo Zaragoza es un espacio muy amplio para tratar de definir el rumbo que, a partir de ahora, el mundo debe de seguir en asuntos de agua.
Tuve el gusto de participar en la Tribuna del Agua junto a Leonardo Curzio, conocido periodista mexicano, otros dos compañeros españoles, y Eduardo Mestre, una de las máximas autoridades en materia de agua en el mundo y director de la mencionada Tribuna.
La conclusión del debate fue la indiferencia de los medios hacia el problema. Sobre todo, un manejo político y hasta criminal de las noticias relacionadas con el agua, lo cual es noticia cuando hay muertos y graves pérdidas materiales o, en su caso, si su gestión genera violencia. Es decir, por lo menos en México, el agua es noticia cuando nos sobra (en inundaciones o en desastres) o cuando nos falta (Iztapalapa y el eterno vía crucis).
Pero no hay un interés real de educar y de concienciar a la población con respecto al problema. En la Ciudad de México se gastan por habitante cerca de 327 litros de agua diariamente, cuando en ciudades europeas se consumen no más de 150 litros. Y tomando en cuenta que el Valle de México es una de las zonas en el mundo con menor disposición de agua: 188 metros cúbicos por habitante, cuando en Canadá, por ejemplo, hay zonas de dos mil 500 metros cúbicos.
Desde la década de los 80 cuando el regordete hijo de uno de Los Polivoces nos decía: “¡Ciérrale!”, al día de hoy, la cosa no ha cambiado. Ni del lado de las autoridades que aún toleran que se desperdicie por fugas 38% del agua que llega al Valle de México, es decir, dos de cada cinco litros ni de los ciudadanos que al pagar la ínfima cantidad de 1.95 pesos por metro cúbico consumido, la desperdician porque no les cuesta. Lo paradójico es que esa misma población paga, por agua embotellada para beber, diez mil pesos por metro cúbico.
En fin, la Expo Zaragoza es un gran escaparate con el fin de que nos conozcan en el mundo, decir cosas y mostrarnos. Oportunidad perdida otra vez, lo cual se refleja en las colas: Japón, dos horas de espera; México, apenas 15 minutos.
Nos salvó el Contramar, restaurante que acompañó a nuestro pabellón: buen menú, muchas margaritas y tequila, tacos y quesadillas, con salsas bien condimentadas, pero poquito chile. Ese sí estaba lleno. ¿Será tan difícil entenderlo?
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