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16-Jun-2008
Horizonte político
José A. Crespo
Los enojos de Calderón
Muchos analistas y observadores políticos comentan que Felipe Calderón, en las últimas semanas, parece enojado, irritable, tenso, incluso desesperado. Y si lo parece, es porque probablemente lo está, pues sus proyectos no van tan bien como cabría esperar. Es verdad que en todas las evaluaciones y los sondeos realizados sobre su desempeño sale muy bien, lo cual debería tenerlo contento. Pero de seguro sabe que eso en sí mismo no basta: Vicente Fox mantuvo durante todo su gobierno altas calificaciones, pero sus resultados fueron muy magros. Calderón enfrenta un delicado problema de desabasto alimentario, cuyas acciones de emergencia no sabemos si serán exitosas. Está también el combate a los cárteles de la droga que, aunque lo vaya ganando el Estado mexicano, no lo parece. Y en tanto no lo parezca, el escepticismo del “círculo rojo” y de la opinión pública irán creciendo. Es probable que Calderón haya calculado ya que esa empresa se está saliendo de control, pero que un cambio dramático de estrategia —o, peor aún, un “repliegue táctico”— tendría un costo político muy elevado, pues entonces se vería como una derrota sin tapujos. Quizá por eso, en su discurso insiste en que los frutos de la victoria que está obteniendo el Estado sobre los capos se verán en el largo plazo, no durante su sexenio. Pero los ciudadanos no evalúan el largo plazo, sino los resultados visibles al corte de caja sexenal. Difícilmente la sociedad esperará a que el futuro nos alcance y, cuando después del largo plazo comprobemos que en efecto la estrategia de Calderón estaba destinada a la victoria —si tal cosa ocurriera y se pudiera medir—, entonces se dirá que Felipe tenía razón, que tomó las decisiones correctas en este difícil problema. Pero, por lo pronto, la calificación será negativa. Eso le debe tener también molesto y preocupado, por más que se haya resuelto más o menos el asunto del plan Mérida: unos cuantos millones de dólares más no permitirán ver un cambio visible y decisivo en el rumbo que lleva esta costosa guerra.
Los próximos comicios intermedios también están generando inquietud a Calderón, según se comprobó al confundirlos con las Olimpiadas. Debe estar consciente de que el PAN se perfila hacia el segundo lugar, quizá con distancia respetable con respecto al PRI, lo que significaría mayor debilidad presidencial y, quizás, el virtual fin de su sexenio (como ocurrió con Fox desde 2003). Viene finalmente el asunto de la reforma petrolera, que conforme pasa el tiempo se va desdibujando más. De ahí el enojo con Santiago Creel y la brusca forma de darle un puntapié. Felipe estaba sumamente molesto cuando Creel, a raíz del tribunazo, en lugar de oponerse con firmeza al debate exigido por el FAP, le buscó una salida incluso más aceptable que la propuesta por Manlio Fabio Beltrones. Algo que en Los Pinos se leyó como un juego personal de Santiago para la carrera sucesoria, más que la estrategia adecuada a los intereses de Calderón. Por lo cual es probable que, al constatar la popularidad de Creel en los ciudadanos (y más aún entre los panistas), se haya generado todavía mayor irritación en Los Pinos. Esas encuestas quizá no fueron la causa del despido de Creel, pero sí su detonador.
De no estar irritado y desesperado Calderón, no se explicaría su estallido contra el debate petrolero en España, en vez de estar contento y satisfecho con las preseas, loas y aplausos a granel cosechados en ese país. Incluso le tocó recibir el tardío agradecimiento español por la política de Lázaro Cárdenas de acoger a los refugiados republicanos de la guerra civil. Probablemente el equipo de Calderón no aclaró a los españoles su desatino en ello, pues el hoy partido gobernante de México nació justo como reacción al gobierno de Cárdenas y muchos de sus primeros militantes eran simpatizantes del falangismo más que de la República. De cualquier manera, todo ello debía tener contento a Felipe, si no fuera porque está desesperado con lo que ocurre en México. De ahí sus críticas al debate petrolero, al considerar que sus iniciativas no han sido debidamente defendidas ni siquiera por los invitados del PAN (precisamente por ser gente seria y profesional que habla de los pros y los contras de la iniciativa misma, más que envolverse en ella para arrostrar al enemigo).
Y vaya que le preocupa también la consulta perredista, promovida con visos de formalidad por Marcelo Ebrard, pues de seguro percibe que ese será un golpazo más a su reforma, desde el ámbito de la opinión pública. Y recurrió al escudo constitucional para insistir en que corresponde a los poderes representativos modificar la ley, al no haber hasta ahora las figuras de plebiscito y referéndum. Es cierto, pero también que el artículo 26 faculta, justo al Ejecutivo, para consultar a la sociedad —sin valor vinculante— en decisiones del desarrollo económico y social… como lo es la reforma petrolera. La promoción de una consulta por parte de los obradoristas —oportunista o no, legítima o no, legal o no— ha puesto al gobierno contra la pared: de aceptarla —como proponen algunos de quienes respaldan la reforma—, se vería dando su brazo a torcer (pues la idea la ganó el PRD). Y si la rechaza, como lo ha hecho, entonces se exhibe como un gobernante que, pudiendo legalmente preguntar a los ciudadanos su parecer en algo tan importante —al menos en la percepción pública—, lo desdeña. Debido a todo eso, y quizá por otras cosas más, Calderón se exhibe adusto, rígido, malhumorado. Lo cual no conviene a nadie, pues en ese estado anímico la mente no reacciona con frialdad, claridad y sensatez, que es lo requerido en momentos difíciles.
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