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11-Jun-2008
Horizonte político
José A. Crespo
Narcotráfico: círculos viciosos
La estrategia contra las drogas y sus cárteles fue diseñada esencialmente por Estados Unidos, que logró presionar para su adopción a nivel internacional. El primer antecedente más acabado de ese esquema data de 1912, cuando en La Haya se firmó la Convención Internacional del Opio (con la adhesión de México). Se estipulaba la prohibición de diversas drogas y estupefacientes, salvo para usos médicos y curativos. Más adelante, en 1931, una convención sobre drogas, en Ginebra, concluyó que era más fácil combatir la oferta de narcóticos en los países de origen o, en su defecto, en los de tránsito, lo que favoreció que los males asociados a tan complicada empresa se dieran fuera de Estados Unidos, país entonces esencialmente importador y consumidor de los narcóticos. Durante años, el consumo de la droga también fue penalizado legalmente en Estados Unidos, en tanto se consideró que se constreñía a grupos marginales de malvivientes, vagos, prostitutas o minorías étnicas. Cuando el consumo empezó a penetrar en sectores de las clases media y acomodada, y de raza blanca, fue enfocado, ya no como un delito, sino como un problema de salud pública. El consumo se fue despenalizando, lo que incrementó aún más la demanda en ese país y, por ende, hizo más rentable el negocio y fomentó el crecimiento de la oferta. Ese nuevo enfoque quedó plasmado en la llamada Convención Única de 1961, celebrada en el seno de las Naciones Unidas.
Las estrategias derivadas de ese esquema parten de un sofisma: que la demanda de drogas disminuye conforme se reduce su oferta, cuando fundamentalmente, las cosas son a la inversa: la demanda estimula la oferta y, en tanto exista la primera, habrá fuertes incentivos para satisfacerla. Sobre todo cuando dichas sustancias ilícitas generan ganancias exorbitantes. Claro, a menos que de verdad se pudiera erradicar ciento por ciento la presencia de cualquier droga en el planeta. Entonces los consumidores y los adictos no podrían acceder a ningún narcótico, aunque quisieran. Pero eso es evidentemente utópico. La rentabilidad de la industria de las drogas, el carácter global del fenómeno y la premisa falsa de que el consumo de narcóticos tiende a reducirse si disminuye la oferta, han generado una serie de círculos viciosos, poco comprendidos por los gobiernos del mundo, que hacen de la prohibición de la droga una estrategia, no sólo ineficaz, sino contraproducente. Algunos de esos círculos viciosos son los siguientes:
1) Cuando se ejerce sobre alguna zona productora de cierta droga una presión lo suficientemente eficaz como para reducir la oferta (cultivos, laboratorios, intermediarios), entonces en otra parte del mundo surge o crece la oferta de ese mismo narcótico. Así, por ejemplo, en 1972 se desplegó una enérgica campaña contra la producción de opio —precursor de la heroína— en Turquía, con la participación —bajo presión internacional— del Estado turco. En la medida en que dicho programa tuvo éxito, creció la producción de la misma planta… en México. De modo que, de 1972 a 1975 —según estimaciones de Estados Unidos—, la oferta de la heroína mexicana para el mercado de ese país creció de 15% a 80 por ciento. Por lo cual se aplicó también una campaña en México —la Operación Cóndor—, en aras de reducir aquí la producción de opio. Fue bastante exitosa: la oferta de esa droga al mercado estadunidense se redujo, de 64% en 1976, a 25% en 1980. Otras regiones del mundo incrementaron su producción de opio. Se trata de un fenómeno llamado “sustitución del abasto”, que opera a nivel internacional y complica el control de la oferta de narcóticos. Además, cuando la presión sobre cierta zona se afloja —pues es sumamente difícil mantenerla en forma indefinida—, generalmente vuelve a florecer la oferta de la droga que se quería erradicar. Así, los grandes cárteles colombianos fueron desarticulados con gran costo y violencia de por medio, pero pequeñas empresas ilícitas en ese país mantienen la producción de la cocaína en niveles semejantes a los de antaño. El esfuerzo, los recursos y las vidas empeñados en reducir la oferta resultan, pues, a la postre, inútiles.
2) Pero también se da un fenómeno semejante del lado del consumo, que prueba lo absurdo de la premisa según la cual la demanda depende de la oferta. Se parte erróneamente de que un consumidor o un adicto de alguna droga, cuando ésta escasea o su precio la vuelve inaccesible, dejará de consumirlas. Lo que en realidad hace es buscar un sustituto lo más parecido posible a su estupefaciente favorito. Cuando a mediados de los 70 se logró reducir la importación de heroína a Estados Unidos —como se dijo—, su precio, por ende, se elevó hasta hacerse inaccesible a varios adictos. Éstos, lejos de apartarse de las drogas, acudieron a sustitutos de la heroína, como la morfina, la codeína, la oxicodona y la metadona, cuyo consumo se incrementó significativamente en ese lapso.
De manera semejante, cuando en los 80 se redujo la introducción de la metacualona (fabricada en Alemania y Hungría), creció el consumo de barbitúricos como la difenhidramina, el fenobarbital y el diazepam. Frecuentemente, el sustituto resulta de peor calidad y, por ende, más peligroso para la salud del consumidor que la droga original (es decir, la política se vuelve contraproducente).
3) Cuando se logra con eficacia sellar las fronteras de los países consumidores de ciertas drogas, lejos de resolver el problema original, se provocan otros que no existían. En parte por eso, México, que no era consumidor importante de cocaína, ya lo es, y Estados Unidos, que no era productor importante de otros narcóticos (la mariguana o las drogas sintéticas), se convirtió justo en eso. Vaya estrategia racional.
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