08-Jun-2008
Contraluz
Mario P. Szekely
Intriga en Manhattan
En Intriga en Manhattan, del mexicano Alfredo de Villa, existe un cruce de personajes, hombres y mujeres, cuya cotidianidad les hace recordar que algo se ha perdido en el camino y que necesitan urgentemente retomar su paso, de lo contrario podrían quedar a la deriva.
Simon Colon (Victor Rasuk) es un postadolescente latino que trabaja en una tienda de fotografía al punto del naufragio, porque la tecnología digital les ha quitado su oficio de revelar. El lugar en sí funge de primera metáfora de cómo la gente, al decidirse por algo nuevo y práctico, puede hacer sentir descontinuados a otros.
En Central Park, Simon comienza a tomar fotos. La lente del latino se topa con la mira desolada de Rose (Heather Graham), captada en blanco y negro y lo seduce sin querer con su atención al infinito y no a la lágrima que se le escurre en la cara.
Simon sigue a Rose por las calles neoyorquinas, más movido por la curiosidad que por un deseo sexual. Su cuerpo tiembla cada vez que acciona el obturador y una nueva placa de la rubia cae en sus manos. Así, poco a poco, se va armando la historia de una persona perdida en sus pensamientos y cazada por alguien que busca, para sí, la definición de mujer.
Pronto entendemos la confusión de Simon, pues en casa su madre le trata en momentos con un cariño “especial”, obligándolo a bailar con él y pidiéndole que le de masajes en los pies. Entendemos que él la quiere, pero está incómodo con la situación, y sentimos que es una bomba de tiempo lista para ser activada cuando se harte completamente.
Rose, por su parte, es oftalmóloga y trata con un paciente veterano llamado Tomaso (Dominic). Él trabaja de día como repartidor de correo en una oficina, para en sus noches y fines de semana vaciarse en el arte de la pintura. Cual estocada recibe la noticia de que se está quedando ciego y que en unos meses no sólo quedará bajo las sombras, sino que su oficio de pintor será reducido a cero.
El guión cinematográfico, de De Villa y de Joshua Blum, brilla en cada momento donde los personajes toman decisiones impredecibles, buscando en la generosidad de ayudar al otro y rescatar su propia existencia, pues este filme se obsesiona con la importancia del presente y reivindica a aquellos que reaccionan ante lo que tienen enfrente.
Rose le pide a Tomaso que comparta su enfermedad con sus seres queridos y él se da cuenta de que sólo puede acercarse a su amiga Isabel (Elizabeth Peña), quien siempre le sonríe en la oficina y está dispuesta a platicar e incluso a compartir con él una buena ópera.
Hacia la mitad del filme, las intenciones de De Villa están puestas sobre la pantalla, al invitarnos a seguir a sus personajes y sus posibilidades de rescate mutuo. La Gran Manzana se convierte en el navío que conduce a la definición de sus destinos.
Al frotarse así los personajes, hay momentos de seducción intensa, incluso con escenas sexuales gráficas que tienen el objetivo de entender la desesperación que hay en esos cuerpos por sentirse vivos y capaces de recibir el perdón que no se han dado a sí mismos.
A diferencia de una cinta como Crash, con estructura similar y la urgencia de la redención, Intriga en Manhattan no logra en su desenlace la catarsis prometida en su factura y, en más de una ocasión, cae en escenas un tanto forzadas, resultado de la intención del realizador porque su rompecabezas funcione.
Aun así, De Villa nos lleva al otro lado de la orilla tras compartir sus imágenes cargadas de una dosis de compasión, y nos permite reflexionar acerca de nuestros propios momentos donde el presente se vuelve el único escalón a pisar para seguir adelante.
Obsesión presente
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