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01-Jun-2008
Catalejo
Esther Shabot
Mesianismo chiita y armas nucleares
Por enésima ocasión, la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) denunció esta semana que Irán continúa ignorando las exigencias del Consejo de Seguridad de la ONU de suspender el enriquecimiento de uranio. El director general de la AIEA, Mohamed El Baradei, se refirió al tema en un informe presentado en Viena, donde también señaló que el gobierno iraní instaló dos nuevas cascadas de centrifugadoras y está construyendo un reactor del tipo IR40, propio de objetivos militares y no destinado a la producción de energía nuclear para uso pacífico como sostiene Teherán. El avance en los propósitos del régimen de Ahmadinejad de obtener armamento nuclear, plagado de tácticas dilatorias y de falseamientos de la información que está obligado a presentar a los inspectores de la AIEA, debe sin duda ser tomado en cuenta como uno de los más graves riesgos en el escenario internacional, dado el peligro implícito en que un régimen como el que hoy gobierna en Irán pueda tener en sus manos tales mortíferas armas.
La República Islámica de Teherán funciona oficialmente como un Estado teocrático regido por la sharía o ley islámica y, en ese sentido, sus líderes consideran que sus objetivos son metahistóricos, es decir, sobrenaturales. Ahmadinejad ha sido especialmente proclive a guiar sus ambiciosas políticas de acuerdo con la visión mesiánica chiita que asume un compromiso activo con la aceleración de la llegada del Mahdi, el mesías esperado por esta rama del Islam, el cual, al regresar a este mundo y revelarse después de cruentas guerras en las que perecerá 80% de la población del planeta, impondrá el reinado absoluto del Islam sobre toda la humanidad.
En la tradición chiita, la creencia en la reaparición del Mahdi constituye un pilar de fe fundamental que es estudiado concienzudamente en una institución ubicada en la ciudad sagrada iraní de Qom, el Instituto Ayandeye Roshan (Futuro Brillante), el cual se especializa en investigación teológica acerca del Mahdi, para poder así detectar los signos que anuncien la inminencia de su revelación. En la interpretación oficial, el Mahdi, de nombre Muhamad originalmente, nació en el año 868 d.C., es decir, 255 años después del inicio del calendario islámico. Era el hijo del onceavo Iman, Hasán Askari y, luego de su desaparición a la edad de cinco años, su figura pasó a encarnar al Mahdi o doceavo Iman, cuyo retorno a este mundo promoverá la redención final.
Si bien se trata de un mesianismo que contiene rasgos similares a los de los mesianismos judío y cristiano, en este caso adquiere connotaciones peligrosas, ya que en la biografía y comportamientos de Ahmadinejad se registran relaciones sumamente estrechas entre él y algunos de los clérigos e instituciones iraníes más militantes en la misión de acelerar tal regreso mesiánico. Es dicha concepción, nutrida de una mística fervorosa que conmina a la destrucción de los infieles, la que impulsa muchas de las decisiones del actual gobierno iraní. No se trata tan sólo de cálculos económicos, de ambiciones territoriales, de la extensión de un dominio regional de importancia geoestratégica o de la recuperación de antiguas glorias imperiales lo que empuja a Ahmadinejad a perseverar, con toda la astucia posible, en la adquisición de un arsenal nuclear, sino que este propósito se ve aún más reafirmado como imprescindible y, por tanto, irrenunciable, en aras del cumplimiento de las metas mesiánicas de derrotar al occidente satánico y borrar de la faz de la Tierra al sionismo, es decir, al Estado de Israel.
Las evasiones, las triquiñuelas y los falseamientos de información con que Irán ha manejado su relación con la AIEA en estos últimos años, han sido ampliamente documentados por especialistas que han seguido todo este grotesco proceso de ocultamiento deliberado de instalaciones y materiales nucleares. La AIEA sabe bien que lo que hoy sucede en Irán obedece a una voluntad inquebrantable de hacerse de arsenales nucleares, por más que esta agencia de la ONU intente manejar de manera cauta y diplomática su papel de inspector. Pero habría que tener muy claro que se trata de un asunto que no se debe enfrentar con negligencia, autoengaños ni tolerancia: tiene detrás una visión “iluminada” de origen presuntamente divino, capaz de provocar una verdadera catástrofe mundial.
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