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10-May-2008

Pulso Internacional

Sergio Nudelstejer

Atentado contra Hamid Karzai


Por segunda vez en sólo cinco meses, el presidente de Afganistán, Hamid Karzai, sufrió un atentado del que salió ileso y del que se responsabilizaron los talibanes, lo que viene a constatar la seria gravedad por la que atraviesa el país, misma que, tanto Washington como la OTAN, no parecen capaces de frenar.

Este ataque, que tuvo lugar el pasado 27 de abril durante un acto público que conmemoraba la retirada del régimen comunista en 1992, prueba una vez más que los fundamentalistas islámicos, que Estados Unidos expulsó del poder en 2001, aún se encuentran en condiciones de llevar su lucha al mismo corazón del país, incluso ante una fuerte disposición militar que rodeaba al propio Karzai.

Cabe señalar que este frustrado magnicidio demuestra que no es posible ocultar que la paz y la estabilidad de Afganistán están muy lejos de ser una realidad. La extensión del narcotráfico, que sigue siendo la principal fuente de financiación de los terroristas, se ha mezclado con el fanatismo religioso más aberrante y sigue nutriendo la maquinaria que trata de impedir la estabilización del país.

En realidad, desde hace dos años y con creciente intensidad y eficacia, los talibanes se enfrentan a las tropas de la OTAN y a militares afganos en muy distintas regiones a la vez, contando con la colaboración de Al—Qaeda para multiplicar sus mortíferos atentados suicidas. Estadísticas recientes señalan que alrededor de 12 mil personas han muerto en el último tiempo.

Karzai, que debe concluir su actual mandato dentro de un año, ha lanzado fuertes críticas a Washington y a Londres por la forma en que vienen manejando las operaciones militares, solicitando a las tropas de la Alianza Atlántica que suspendan los arrestos de sospechosos talibanes y se le conceda mayor poder de decisión en Kabul. La verdad es que su gobierno, que cuenta con muy poco apoyo y simpatía popular, es extremadamente frágil. Los fanáticos islamistas han dejado entrever que su objetivo es retirar del poder al presidente Karzai y expulsar a los cerca de 50 mil soldados extranjeros que conforman las fuerzas de la OTAN.

La realidad es que no puede decirse que las actuales autoridades afganas, empezando por la cúspide dirigente, hayan contribuido plenamente a la reconstrucción del país, sino que han dejado muchos flecos por los que se cuelan los aires del descontento. Como si fuera poco, ciertos informes han venido constatando una creciente implicación directa o indirecta de Irán, no sólo en Irak, sino en Afganistán, donde han llegado fuertes dotaciones de armamento y municiones procedentes de ese país, lo que aumenta el riesgo de internacionalizar el conflicto en momentos especialmente sensibles, debido a las ambiciones nucleares del régimen de Teherán.

Aprovechando esta situación, los talibanes, lejos de encontrarse derrotados, ganan fuerza en diversas regiones del territorio afgano, convertidos en un enjambre de tropas irregulares que incluye, desde los antiguos seguidores del mulá Omar, hasta los ejércitos vinculados al narcotráfico. El deterioro es más notable junto a la frontera con Pakistán, que sirve de cuartel para las milicias que encuentran la forma de huir.

La misión de Occidente en Afganistán va a ser larga como ya ha advertido la OTAN en la reciente cumbre de Bucarest y necesitará de una determinación constante para llevarla a cabo.

Para Washington y las fuerzas de la Alianza Atlántica, el intento de asesinato de Hamid Karzai representa un crudo recordatorio de sus limitaciones.

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