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04-May-2008

Café París

Eduardo García

El dulce olor de las librerías de viejo


Café París

Nada más delicioso para el bibliómano que el olor inconfundible de las librerías de viejo de Donceles o la Librería Madero, que a lo largo de décadas, en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México, han recibido bibliotecas de lectores difuntos pertenecientes a una generación humanista que ya es pasado y signo de anacronismo.

En esta sociedad frívola y mercantil, donde los héroes son los narcotraficantes, los hijos y los sobrinos de los difuntos humanistas de aquella época lo primero que hacen es deshacerse de esas bibliotecas acumuladas con esmero y amor. Muchos libros terminarán en la basura triturados y otros iniciarán el exilio en puestos de venta callejeros entre el polvo caminante de los paseantes o seguirán su ruta hasta llegar a los templos de joyas bibliográficas. Un día, por ejemplo, tuve la fortuna de encontrar en el suelo, junto al Palacio de Minería y el Palacio Postal, un libro que había pertenecido a Porfirio Barba Jacob y que fue leído y subrayado minuciosamente por él en un hotel de Monterrey, en 1930. ¿Cuántos años viajó hasta llegar a la Ciudad de México para caer entre mis manos temblorosas de bibliómano?

Durante años coleccioné ediciones originales de las obras de Vargas Vila y de Enrique Gómez Carrillo, editadas por Sopena, Maucci y Hombre Nuevo en la primera decada del siglo XX, hasta que sus precios se volvieron inabordables. Alguna vez encontré un libro de Teresa de la Parra dedicado por ella con amor a un mexicano en un barco donde viajaban desde Europa de regreso a América. Y en la Librería Madero hallé las crónicas parisinas de José Juan Tablada en una bella edición que casi se deshacía en mis manos. Y muchas veces vi a humanistas mexicanos contemporáneos, como Adolfo Castañón, Vicente Quirarte o Armando González Torres cargando y acariciando con sus manos emocionadas las joyas recién descubiertas tras una larga excursión por esas librerías a las que son tan adictos.

En la primera mitad del siglo XX, antes de que llegara la televisión e internet, el libro y las bibliotecas personales constituían la ventana al mundo para estos hombres o mujeres que sentían mejorarse y crecer día a día al estar en contacto con las ideas, la historia, la ficción y la poesía. Si ahora los ídolos de la sociedad son las estrellas del hampa y los exitosos de toda índole farandulera, política o criminal y el anhelo de los nuevos es hacerse ricos e imitar a las luminarias de las revistas del corazón, en aquella época no tan lejana el anhelo de muchos era hacerse cultos y sensibles a la palabra.

Para amplias capas de la sociedad, en especial jóvenes que desde la provincia llegaban a la capital a hacer estudios, dejando atrás el campo, los modelos eran los políticos ilustrados que pululaban en los centros históricos y amaban a los autores de todas las épocas. Sus ídolos eran los autores modernistas que fundaban poco a poco la literatura latinoamericana del extremo occidente hispánico. Muchos querían ser como Vasconcelos, Alfonso Reyes o Enrique González Martínez o admiraban a Vargas Vila, Barba Jacob, Unamuno y Ortega y Gasset, leían a Tolstoi, vestían impecablemente con traje y corbata y sombrero stetson e, incluso, osaban llevar el bastón aunque fueran jayanes en pleno apogeo de juventud.

Y las mujeres literarias de ese mundo color sepia de tiempo ido esperaban ser como Teresa de la Parra o Alfonsina Storni, Gabriela Mistral o Juana de Ibarbourou y amaban a los poetas que hoy ya son el hazmerreír de la sociedad de consumo. Todas ellas se pelearían por una mirada de Ramón López Velarde o un beso asesino de Díaz Mirón sin caer en el ridículo. Todos esos hombres y mujeres de esa primera mitad del siglo XX coleccionaban libros y asistían a los ateneos y a los gabinetes literarios, y en sus casas tenían una habitación sagrada llena de libros empastados y bustos de Cervantes, Sócrates o Platón, como ocurría con el padre de José Balp.

Allí pasaban horas fumando y recibían a los amigos entrañables con los que compartían la visión del mundo y el capricho de los gustos y a veces en un rapto de locura pasaban directamente a crear y a emular a esos maestros de los que tanto aprendían. Otros, generosos como el diplomático hondureño Rafael Heliodoro Valle, que fue director de la Biblioteca, se dedicaban a catalogar los escritos de los contemporáneos para que no se perdieran nunca.

De esas torres derruidas de saber se nutren las librerías de viejo, cuando los herederos deciden deshacerse para siempre de esos objetos absurdos marcados con ex libris y empastados con las iniciales del poseedor. Es un arduo recorrido el que inician entonces con la soledad a cuestas hasta llegar a las manos de quien los ame y los rescate para, tal vez, de nuevo volver, décadas después, partir hacia el polvo de las calles o los depósitos de basura.

Por eso las librerías de viejo de la Ciudad de México, que las hay también por la Roma, la Condesa, Santa María la Ribera y otros barrios de la urbe, son sitios que exhalan el aroma anacrónico de la poesía, la filosofía, la historia y de las ingenuas cofradías literarias de otros tiempos. Visitarlas con frecuencia y recorrer sus estanterías es un vicio inigualable, una adicción demoniaca que diluye las horas y nos aísla de los ajetreos y las penas de la vida metropolitana.

Y detrás de un anaquel de penumbra uno se encontrará de repente con la mirada ciega y milagrosa de Jorge Luis Borges o la sonrisa socarrona de Alfonso Reyes, que viven ahí en cada librería de viejo, lejos de los cementerios, los panteones y las estatuas.

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