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14-Abr-2008
Juegos de Poder
Leo Zuckermann
Nosotros también tenemos la culpa
En 1946, George Orwell escribió un ensayo titulado La política y la lengua inglesa. El escritor británico criticaba el deterioro de su lengua y la relacionaba con la absurda justificación que algunos hacían de los sistemas totalitarios. Para el autor de 1984, había que evitar los eufemismos en la política:
“El lenguaje político […] está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas, para que el asesinato sea respetable y para dar la apariencia de solidez al viento puro. Uno no puede cambiar todo esto en un santiamén, pero puede por lo menos cambiar sus propios hábitos, y de tiempo en tiempo, si uno abuchea lo suficientemente fuerte, incluso puede mandar ciertas frases gastadas e inútiles […] al basurero donde pertenecen”.
Para Orwell, el desaliño del lenguaje promovía pensamientos estúpidos y una política deshonesta. La vaguedad acababa defendiendo valores indefendibles. El uso de eufemismos justificaba, por ejemplo, que los soviéticos asesinaran a sus opositores. Por eso, cuando se hablaba de política, era mejor ser concreto y evitar las abstracciones. El escritor entendía al lenguaje como la primera arma para combatir los abusos del poder. Si en la naturaleza política está engañar con eufemismos, en la naturaleza de los hombres libres está desenmascarar las mentiras. Por ahí comienza la lucha.
Empecemos, entonces, llamando a las cosas por su nombre
Dicen los legisladores del Frente Amplio Progresista que tomaron las tribunas del Congreso para evitar que la reforma petrolera se aprobara sin que se diera un debate amplio al respecto. Es una mentira. A estos legisladores les importa un bledo el debate. Ni siquiera saben debatir. Además, resulta absurdo clausurar el espacio del debate para exigir un debate. No, aquí hay una lucha de poder donde un grupo minoritario quiere imponer sus condiciones violentando a las instituciones. No nos llamemos a engaño: la toma de las tribunas obedece a la estrategia del lopezobradorismo para debilitar al gobierno de Calderón. Buscan el Atenco de este Presidente. Que, ante la presión, recule el Ejecutivo, el PAN o el PRI en la reforma petrolera.
Otro eufemismo más que utilizan los seguidores de AMLO es el de la “resistencia civil pacífica” como si ellos fueran Ghandi y sus adversarios el Imperio Británico. Es otra mentira más. La toma del Congreso no tiene nada de “resistencia civil pacífica”. Se trata del secuestro de una de las instituciones del régimen político mexicano. Un secuestro desde adentro porque, como he dicho en innumerables ocasiones, la oposición lopezobradorista opera por dentro y por fuera de las instituciones. Usan a la democracia para debilitar a la democracia. Son jugadores que tienen una actitud ambigua con las reglas del juego. Cuando les favorecen, las respetan. Cuando les resultan inconvenientes, las cuestionan, rechazan y hasta violentan.
Han clausurado (así lo presumen con sus mantas) la representación política de los mexicanos. Mi diputado, el que me representa, hoy no puede trabajar por su culpa. La institución legislativa está cerrada. Hoy, en México, el Legislativo no produce leyes. Se trata, para decirlo con claridad, de un golpe a la democracia.
Y luego, ¿qué?
Continuemos el análisis sin eufemismos, tal y como recomienda Orwell. ¿Quién tiene la culpa de lo sucedido? Por supuesto que la clase política mediocre que tenemos. Y la elite del país acostumbrada a defender sólo su parcela. Pero también los ciudadanos somos culpables por no defender a nuestra incipiente democracia.
Sí, también nosotros somos culpables. La mayoría silenciosa que dejamos que López Obrador cuestionara nuestro voto en 2006 sin hacer nada. Igual cuando tomó Reforma y el centro de la capital, cuando impidió que el presidente Fox hablara en el Congreso o cuando quiso impedir que el presidente Calderón tomara posesión. Ni qué decir cuando logró descabezar al Instituto Federal Electoral sin dar razón alguna. Pues bien, ahora le tocó al Congreso. ¿Dejaremos que lo clausuren sin hacer nada?
De acuerdo con la encuesta telefónica de Ulises Beltrán para Excélsior, 72% de la población dice que no se justifica la toma de la tribuna para impedir la discusión de la reforma petrolera. Por mi parte, he recibido muchos correos de gente molesta que dice estar cansada de esta dinámica. ¿Haremos algo al respecto?
Ha llegado la hora de definiciones
En coyunturas donde la democracia liberal peligra, no podemos irnos por las ramas. Si los ciudadanos no defendemos a nuestro régimen político, entonces la minoría autoritaria podrá salirse con la suya. No se trata de castigarlos en las urnas que eso ya no les duele (de acuerdo con las encuestas, la intención de voto por el PRD ya regresó a su piso histórico de 15%). Aquí de lo que se trata es de enseñar el músculo de una mayoría silenciosa que sí quiere una democracia liberal. Que no está dispuesta a perder lo que se ha logrado en estos años.
Si nosotros no defendemos a nuestro Congreso, nadie lo hará. Nos guste o no, es nuestro Congreso. Y es una mejor institución que la farsa de las votaciones a mano alzada en la plaza pública que tanto le gusta a AMLO.
Ha llegado el momento de definiciones. Si 72% de los mexicanos está en contra de la toma del Congreso, debe expresarlo. Hay que enseñar el músculo de la mayoría. La historia está llena de casos donde minorías fascistas llegan al poder por la apatía y la falta de organización de las mayorías democráticas que no hacen valer su peso a la hora de la verdad.
Fiel a su estilo, López Obrador seguirá redoblando las apuestas y actuando con ambigüedad frente a las instituciones. ¿Hasta dónde tiene que llegar para que los ciudadanos comprometidos con la democracia liberal finalmente nos movilicemos para defenderla?
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