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31-Ene-2008
Juegos de Poder
Leo Zuckermann
Alejarse de la Casa Blanca para retener la Casa Blanca
LOS ÁNGELES.- Ron Nehring es el dirigente del Partido Republicano en California. A pesar de su juventud (37 años), es un político sazonado. Sabe defender las posturas republicanas y atacar las de los demócratas. Como buen político, cuando se siente arrinconado, se sale por la tangente. Al platicar con este líder partidista uno percibe que los republicanos están lejos de la resignación. Al contrario, van por todas las canicas: tienen la intención de retener la Casa Blanca a pesar de los pronósticos en contra. Y seguramente lo harán con una técnica que los republicanos dominan: atacando a sus adversarios con campañas negativas.
“El presidente Bush no va a estar en la boleta”, recuerda Nehring con una sonrisa juguetona. Luego endurece el rostro y afirma: “El reto del candidato republicano será convertirse en un agente de cambio aunque el presidente sea del mismo partido. Deberá alejarse de la Casa Blanca”. Menciona, entonces, el caso del actual presidente francés, Nicolas Sarkozy, quien fue elegido con una agenda de cambio a pesar de ser del mismo partido que el mandatario Jaques Chirac. “Tendremos que explicar qué tipo de cambio queremos”, afirma y, como buen republicano, Nehring recuerda que su partido es el que defiende al ciudadano de las intromisiones del gobierno; el que propone menos impuestos.
El dirigente californiano ve al Partido Demócrata muy dividido. Dice que es increíble que Barack Obama, un candidato sin experiencia de gobierno, esté desafiando eficazmente a Hillary Clinton. Al afroamericano lo critica por ser un político insípido que no toma posiciones. Se le pregunta, entonces, si los republicanos prefieren que la ex primera dama sea la candidata demócrata por todo lo que le conocen. Su respuesta es táctica: “Mire usted, en 1980 los demócratas querían que el candidato fuera Ronald Reagan. Creían que lo conocían bien, que sería vulnerable y que le ganarían fácilmente. Y se equivocaron. A nosotros nos puede pasar lo mismo con Clinton”. Quizá sea la respuesta de un político para decir que efectivamente quieren enfrentarse con ella.
Le pregunto a Nehring sobre el tema de la inmigración ilegal. Le recuerdo que cuando John McCain cayó en las preferencias republicanas se dijo que al senador de Arizona le había costado su postura moderada en este tema; la iniciativa de ley que presentó en el Congreso llevaba su nombre junto a la del senador demócrata Edward Kennedy. Sin embargo, McCain, como el Ave Fénix, resucitó de las cenizas y hoy es el candidato con mayores posibilidades de quedarse con la nominación republicana. ¿Significaba esto que el tema de la inmigración ilegal había dejado de ser central en la elección primaria del Partido Republicano?
El dirigente contestó diciendo que él era hijo de inmigrantes alemanes que llegaron legalmente a Estados Unidos. Que él vivió cerca de la frontera con México y conocía el tema. Afirmó que su partido está a favor de la inmigración, pero legal. Y remató: “Todavía es temprano para decir si la inmigración ilegal va a ser o no un tema de campaña. Ya la investigación no los dirá”. De esta forma evitó reconocer que la eventual victoria de McCain es un golpe a los duros del Partido Republicano que, como el representante Tom Tancredo, hicieron campaña denostando a los inmigrantes ilegales.
Sin embargo, cuando vuelve a hablar de Hillary Clinton, la critica por haber apoyado la expedición de licencias de conducir a los indocumentados que ordenó el gobernador de Nueva York, Elliot Spitzer. Los republicanos montaron en cólera y lograron que Spitzer reculara. Pero ahí quedó el apoyo de Clinton que, a la hora de la elección, de ser ella la candidata demócrata, utilizarán para atacarla.
“No se puede confiar en ella”, dice Nehring disfrutando el comentario. “Ya habló mucho de las debilidades de los demócratas. Ahora díganos cuáles son las de los republicanos”, se le pregunta. Endurece el rostro y contesta sin parpadear: “La economía”. Por eso el candidato de su partido tendrá que tener una agenda de cambio. Alejarse de la Casa Blanca para retener la Casa Blanca.
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