Museo del rock
Joselo
Nunca pensé que algún día se me diera la oportunidad de visitar el Rock and Roll Hall of Fame. De hecho, ni siquiera se me antojaba. Lo veía como una posibilidad muy lejana. Sólo hemos ido a tocar una vez a Cleveland, lugar en donde queda dicho museo, y nunca hemos regresado.
Es raro que el museo del rock esté en Cleveland. Relaciono más a Los Ángeles, a Nueva York o hasta Memphis con esta música machacante, ¿por qué Cleveland, Ohio? Quién sabe.
Pero seguro ustedes han visto las noticias en donde cada año, un grupo o solista, es escogido para entrar en el Salón de la Fama del Rock and Roll.
A veces, dependiendo del humor que traiga, juzgo la validez de dicho reconocimiento. ¿Es realmente importante para Los Ramones, para el movimiento punk, entrar en dicho salón? Pero bueno, es imposible negarlo, Los Ramones (al menos los sobrevivientes) se veían muy felices de estar en dicho evento.
Hasta hace unos días me enteré de que en Nueva York hay una pequeña “sucursal”. Me tropecé con ella en mi andar por las calles de la Gran Manzana un día después de nuestro concierto.
¿Entrar o no entrar? He ahí el dilema.
Capaz que resultaba un Disneylandia rockero: un lugar en el que pagas una entrada y te muestran la historia de la música rock, pero sin toda la mugre, los excesos y las drogas que acompañan inevitablemente a esta “música de locos” (citando al maestro Alex Lora).
O pensaba también que podría resultar un lugar lleno de memorabilia como los Hard Rock Café, en donde todo se mezcla y algunas cosas pierden importancia. En esos cafés algunas guitarras expuestas parecen firmadas en serie por grupos excesivamente nuevos. Cuando hay algo que vale la pena: un traje, unas botas, un bajo antiquísimo, que un rockstar tocó en tal o cual gira, es imposible verlo de cerca, pues está lleno de mesas atiborradas de hamburguesas, o peor, de gente borracha.
Digo, no crean, he acabado ahogado y feliz en varios Hard Rock Café, y seguro que llevaré a mi hija a Disneylandia cuando crezca, pero no me decidía a entrar al Rock and Roll Hall of Fame Annex de Nueva York.
Lo que me hizo decidir entrar fue el cartel de John Lennon, en donde se anunciaba que una sala completa del museo mostraba cosas del cantante en su época neoyorquina. Todo esto curado por la mismísima Yoko Ono. Al final el lugar resultó lo que esperaba: un Disneylandia rockero combinado con Hard Rock Café, pero sin alcohol.
Pero como son los gringos de canijos, te envuelven aunque no quieras. Al principio te muestran un documental con la historia del rock, y al final terminas con lágrimas en los ojos de la emoción: John Lee Hooker, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry, Aretha Franklin, James Brown; para luego seguir con The Beatles y The Rolling; The Who, Jimi Hendrix, Led Zeppelin; dar un salto a The Police, The Clash, The Ramones, para acabar con U2, el último de los “súper grupos”.
Al pasar a las siguientes salas te muestran memorabilia que tiene que ver con Nueva York: el cuaderno en el que Billy Joel escribió el disco The Stranger; el inmenso traje que usó David Byrne en Stop Making Sense; unas mesas del extinto CBGB’S. Y otras tantas reliquias rockeras: el prototipo de la Telecaster diseñada por Leo Fender; una guitarra de Eric Clapton que Johnny Marr compró en una subasta; ropa de Michael Jackson, Madonna y Jimi Hendrix. Hasta una Biblia que perteneció a Elvis Presley anotada en los márgenes con su puño y letra. La última pieza del museo es una bolsa de papel que contiene la ropa con la que fue asesinado John Lennon. El forense le entregó esa bolsa a Yoko y ésta la conservó así para mostrar al mundo cómo un ser humano que había sido “el rey” era tratado como un mortal más.
Me la pasé muy bien viendo todo esto, y aunque amo esta música, ¿realmente hace falta un museo? ¿Cómo serán consideradas todas estas piezas en el futuro, dentro de dos siglos o más? Tal vez las guitarras, los pianos y la ropa se conviertan en lo que son: pedazos de madera y de tela sin valor alguno.
Pensar que en los años 50 se creía que el rock and roll era una moda pasajera. Ahora hasta museo hay.
Como dirían los abuelitos: quién sabe a dónde vamos a parar.
Pensar que en los años 50 se creía que el rock and roll era una moda pasajera.