SÁBADO 21 de noviembre del 2009

Ignacio Ramírez el bisabuelo Nigromante

Fernando Islas

Emilio Arellano supo demasiado temprano quién fue su bisabuelo, Ignacio Ramírez, el liberal radical o, dicho de otro modo, el más liberal de los liberales. Sobre las primeras ocasiones en que escuchó su nombre, Arellano recuerda: “Por supuesto que era sagrado en la familia, además se hacía como un protocolo. Por ejemplo, las tías abuelas, cuando las visitaba, decían: ‘Bueno, vamos a hablar de Ignacio Ramírez, El Nigromante’, y yo volteaba y veía una cantidad enorme de cuadros y me preguntaba quiénes eran todas esas personas. Por la edad, pues no podía comprender el impacto de sus aportaciones”.

En efecto, cuando el tiempo hizo su trabajo, Emilio Arellano se dio a la tarea de curar “un documento familiar que contiene la versión que Ignacio Ramírez transmitió directamente a su familia de algunos pasajes de la historia nacional y de su vida personal. Dichos relatos fueron recabados y ordenados por su nieta, María Estela Ramírez Alfaro, quien instruyó divulgar esos documentos y fotografías desconocidos y censurados durante más de 100 años, referentes a la vida social, política y cultural del México de mediados del siglo XIX y principios del XX”. De ese impulso familiar surgió Ignacio Ramírez, El Nigromante, memorias prohibidas, recientemente editado por Planeta.

Los liberales del siglo XIX mexicano destacaron por todas las actividades que desempeñaron, a saber: pelearon en combate, usaron el periodismo como plataforma de los sentimientos nacionales, se incorporaron al servicio público, enseñaron en las escuelas y defendieron las libertades bajo el riesgo de perder la vida.

Como descendiente directo de Ramírez, Arellano refiere un sinnúmero de anécdotas. Entre ellas está cómo El Nigromante, “a los 19 años, siendo secretario de gobierno del Estado de México, solicitó a los estanquilleros de Toluca que le donaran el papel de estraza para una ‘misión patriota’. Juntó el papel y lo recortó en cuadritos. Para esto, su padre le había regalado un reloj que perteneció a Miguel Hidalgo, pieza que dejó por unos cuantos pesos con una usurera. Con el dinero se compró una imprenta de mano y comenzó a imprimir los primeros libros de texto gratuito”.

El 18 de octubre de 1836, Ramírez expone de una vez por todas la fuerza de su jacobinismo. “Su discurso de ingreso a la Academia de Letrán, y que lleva por título No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos, causó revuelo en la sociedad mexicana una vez que apareció publicado en un periódico”, relata Arellano. Diego Rivera reprodujo una de sus frases en el mural Tarde de un domingo en La Alameda”.

Al respecto, quizás sirva la evocación infantil para explicar el carácter de Ramírez. “De chico fue guía de turistas, pero con lo que recibía de pagos compraba aves en el centro y a las orillas de San Miguel las liberaba. Un día su padre lo siguió y le preguntó por qué hacía eso, a lo que contestó: ‘Padre, las aves, al igual que las personas, deben estar libres’”.

Es notable el aporte del debate político y el ejercicio de la crítica en el periodismo liberal, suerte de “segunda escuela” que propuso licencias poéticas y prosas extraordinarias. Cosas de la vida, los libros del siglo XIX fueron los periódicos.

Ramírez no sólo escribió y polemizó en los diarios, también “fundó unos 12 que cerró el gobierno. Pero no le importaban las cárceles ni que le quemaran los periódicos porque se defendía a sí mismo como abogado”, refiere Arellano. “Hay una tradición de periodistas que se ha ido perdiendo, ya que es el personaje de la buena suerte para ellos, y es que el primer día de su salario dejaban en su estatua de Paseo de la Reforma, frente a Excélsior, una pluma las mujeres y los hombres, una moneda. Cada 15 de junio, día de su deceso, le ponían una ofrenda”.

Arellano comenta que, pese a contar con muchísimos enemigos y detractores, su bisabuelo cultivó varias amistades, entre ellas las de Guillermo Prieto o José María Iglesias, pero “amigo como pocos fue Leandro Valle, el primer general republicano que fusilaron los conservadores. Cuentan que cuando se enteró de la muerte de Valle, fue de las pocas veces que lloró. Pero ironías del destino, las de Leandro Valle e Ignacio Ramírez son las primeras estatuas del Paseo de la Reforma, están frente a frente, por la estimación que se tenían para que hasta los últimos tiempos estuvieran juntos los dos buenos amigos”.

Evidentemente, Ignacio Ramírez fue el más terco defensor de sus propias ideas. “Había personas que renunciaban a sus ideales, pero Ramírez le renunció a Benito Juárez. Monsiváis dice que era un hombre sin concesiones y muchas veces eso fue un defecto. Pero si no tienes esa seriedad de conceptos se pierde el rumbo o te arrastra la tendencia”, concluye Emilio Arellano. O como dijera Ignacio Manuel Altamirano, discípulo y biógrafo de El Nigromante, “los ideales son una camisa de fuerza”.

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