Fue Thomas More, Tomás Moro, quien llamó a su obra magna Utopía, el espacio que no está. Que no está en ningún lugar. Que no tiene sitio. Apareció a inicios del siglo XVI. Thomas escribió primero el segundo volumen y un año después el primero. Por lo visto ya había perdido la cabeza mucho antes de ser decapitado.
Se trata, ya lo sabe usted, de la descripción de una ciudad ideal e imaginaria, en la que no existen los conflictos. Con el tiempo, el término y sus derivados fueron haciendo fortuna y hoy se emplea en el sentido de una jalada inalcanzable. Inalcanzable, tal vez sí, pero jalada en ningún caso. Se trata de uno de los textos más perspicaces y filosos de la historia de la reflexión social. A través de la ironía, Moro pone de manifiesto de manera flagrante, sanguinaria, diría yo, que a la sociedad le es inherente el conflicto.
Es un libro que se adelanta por lo menos dos siglos a su tiempo. No será sino hasta Jonathan Swift cuando podremos volver a ver una sátira semejante. Y tendremos que esperar otros dos siglos para que sea recuperada por los pensadores del XIX. Entre ellos destaca de manera brillante, por supuesto, Karl Marx, quien de la mano de Georg Wilhelm Hegel deja establecido para siempre que Utopía no existe. Ni puede existir.
El mismo Lenin fue preguntado alguna vez si, una vez superado el socialismo, en la sociedad comunista seguirían vigentes las leyes de la dialéctica y se producirían contradicciones y enfrentamientos. “Por supuesto”, respondió, sin titubear. “¿Y cuáles serán estos?”, inquirió a continuación el interlocutor, desconcertado. “Esto, joven camarada, deberá esperar a preguntárselo a los ciudadanos del comunismo”.
A mediados del siglo XX, el poeta francés Roger Fernay le puso letra a una bellísima melodía del gran Kurt Weill, y la llamó Youkali. “Con mi barca vagabunda salgo en búsqueda de Youkali, la isla de la felicidad perpetua. Se encuentra en el fin del mundo, pero no renunciaré en mi empeño. Youkali es el país de los amores correspondidos, de la armonía, del entendimiento y el bienestar permanentes. Sólo un problema tiene Youkali: Youkali no existe”.
Youkali es, pues, una utopía. Inalcanzable. También es generalmente considerado utópico el proyecto anarquista de una sociedad sin gobierno, sin leyes y sin dinero. Y sin dios, de pasadita. Ya lo he dicho y repetido, y hoy lo vuelvo a decir y a repetir: Si la acracia, la ausencia de gobierno, es una utopía, la democracia, el gobierno del pueblo, lo es en grado mucho más extremo y descabellado.
Los problemas empiezan desde la etimología misma. Demos y kratos. Pueblo y poder. Pero el pueblo, por definición, es aquello que carece de poder. Sobre el que se ejerce el poder. ¿A quién gobernaría un gobierno del pueblo? ¿A sí mismo? Variante curiosa del gobernar, ya no sé si especialmente fácil o especialmente difícil.
Desde hace unos años, digamos 30 o 35, la democracia ha sido instalada en un altar. Es Youkali. Es el ideal que nuestra barca vagabunda debe perseguir incansablemente. Con la diferencia de que los demócratas de pro están convencidos de que su Youkali sí existe. Y siguen remando. Y siguen esperando que lleguen esos vientos favorables que nunca llegan.
El término “democracia” (las comillas deberían ser consideradas un signo ortográfico obligatorio. Los niños, entonces preguntarían: “¿Papá, democracia se escribe con comillas?” Y el progenitor, cariñoso pero severo, les respondería: “Obviamente, hijo mío. ¿O si no, cómo?”). El término “democracia”, pues, se identifica hoy, de manera inextricable, con el de “libertad”.
¿Es necesario decir que se trata de un craso error? Esperaría que no, pero igual lo digo. Se atribuye a Alexis de Tocqueville la definición lapidaria: “Democracia es la tiranía de la mayoría”. Se trata de un esclarecimiento mucho mejor, más ajustado, pero aún insuficiente. ¿La mayoría de quiénes? ¿De veras creía el buen Alexis que las mayorías realmente gobiernan? El poder, el poder real, reside siempre en una minoría muy estricta. Del que alguna mayoría tal vez hace el coro.
Los crímenes cometidos en nombre de la democracia son incontables a lo largo de la historia y a lo ancho de los meridianos. Desde la Revolución Francesa al putsch de anteayer en Honduras. Pasando por la democrática destrucción de Irak y la no menos democrática persecución a los vascos, avaladas ambas con alborozo por los representantes del pueblo en Estados Unidos y en España.
Es preciso no hacerse demasiadas bolas. Sólo tantitas. La democracia no es la libertad. Lo asentó de manera transparente, y hace muy poco, el que es el principal apologeta teórico de la democracia, Jürgen Habermas. La democracia es el voto. Ni más ni menos. Si hay voto hay democracia y, si no, no. No es preciso darle demasiadas vueltas.
Es una forma particular de legitimación del poder actual, como antaño lo fueron la herencia dinástica o la voluntad de los dioses. En plural o en singular. Da lo mismo. En otra aproximación, Jorge Luis Borges dijo alguna vez que la democracia era una superstición, un abuso de la estadística. En otras palabras, la cuantificación de la razón. Eso sería, divino ciego, si el voto fuera libre, pero resulta que no lo es. Los mecanismos de control, condicionamiento y manipulación que hoy poseen los game masters han convertido el viejo sueño del ágora griega o de Montaigne en un simple acto más de consumo.
Y ya que voy de citas, permítame recordar al más ilustre publicista de México, el siempre añorado Eulalio Ferrer (don Eulalio era mucho más que eso). De él escuché que ya no existía ninguna diferencia entre la propaganda electoral y la publicidad comercial.
Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista. Sus promotores e integrantes, por otro lado harto respetables, insisten en que hay que votar, votar nulo, pero votar. Es imprescindible cumplir con la obligación ciudadana. Con el ritual democrático. Finalmente no hacen sino convertir el acto de protesta en una opción electoral más. Queremos participar del proceso. Queremos que nos cuenten. La cosa es contar: Quiénes son más y quiénes son menos, independientemente de la razón que les asista.
Hay una contradicción de fondo ahí. Hay un apoyo vergonzante al IFE y a toda su parafernalia. A fin de cuentas será el IFE quien les diga cuántos son. Y sería realmente chistoso que después de los comicios acusaran al Instituto Electoral de haber cometido fraude y de haberles escamoteado muchos de sus votos nulos.
A los abstencionistas también los va a contar el IFE. No le va a quedar de otra. Pero al menos no le van a hacer el juego. No lo van a usar. Y a los no empadronados, como yo, ni siquiera nos van a contar. Y a mucha honra. Ellos, que saben contar, no cuenten conmigo. Vayan a votar, amigos míos anulistas. Vayan a votar en blanco o por candidatos independientes. En la siempre reconfortante expectativa de que los políticos aprenderán la lección. Vayan a votar y esperen. Sentados.
bruixa@prodigy.net.mx
Me hace un poco de gracia el actual y vigoroso movimiento anulista.